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Editorial & Opinion

El Salvador seguro: avances y expectativas

Bernd Finke/Embajador de Alemania

viernes 8, diciembre 2017 - 12:00 am

Desde hace un año, tomo parte en las sesiones del Consejo de Seguridad y quisiera compartirles dos  apreciaciones.

Primero:

El Plan El Salvador Seguro y el trabajo del Consejo de Seguridad son criticados frecuentemente. La crítica puede resumirse en dos puntos:  los avances de la implementación son considerados o muy escasos o muy lentos. Y al Consejo de Seguridad se le reprocha que aquí se habla mucho – y siempre lo mismo –, en lugar de manejar políticas operativas e impulsarlas hacia adelante.  El Consejo de Seguridad, según lo que se demanda,  debería ser un foro de hechos, no de palabras sin fin.

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Y bien, ¿están justificadas la crítica y la impaciencia? Sí y no.

Sí, porque debido al todavía muy alto nivel de violencia en el país debemos ser impacientes. La alta cantidad de homicidios, extorsiones, violaciones y otras formas de violencia nos obligan incluso a ser impacientes, a querer más y a exigir más, cuando se trata de combatir a aquellos que han traído tanto sufrimiento a El Salvador e intentan tener a toda la sociedad como un rehén con sus acciones violentas.


Al mismo tiempo la crítica, me parece, es injustificada: El Plan El Salvador Seguro realiza en general un análisis acertado de los retos actuales y enfatiza que solamente podemos obtener avances sostenibles en la lucha contra la violencia, si de igual manera tomamos medidas de prevención, de represión y de reintegración.

Es un plan que está a la medida de los desafíos existentes; y tampoco hay un plan alternativo que cumpla con esto.

Y en lo que concierne aquí a nuestro trabajo en el Consejo de Seguridad: sí se habla mucho y hay muchas repeticiones elocuentes. Pero eso es una falta de nosotros, los participantes. Si queremos un Consejo más operativo, entonces debemos discutir más operativamente y concretamente.

Por otro lado, tenemos aquí un gremio, a cuyos miembros el Gobierno debe responder,  explicando y responsabilizándose de  su “hacer o dejar de hacer” frente a representantes de la comunidad internacional, de la sociedad civil, de las iglesias, etc. ¡Este es un bien altamente democrático!

Segundo:

El Salvador no produce muchos titulares internacionales, pero noticias sobre la violencia endémica en el país y los excesos de violencia corren por el mundo.

Muchas veces se critica que en el transcurso del combate a la violencia  –sobre todo en relación a las medidas extraordinarias– se violan los derechos humanos fundamentales.  Palabras clave: homicidios extrajudiciales, denegación del acceso a los derechos fundamentales de la justicia para las maras, condiciones inaceptables en las cárceles.

Esta crítica no recibe la aceptación unánime en círculos del Gobierno, de la Asamblea y de la población. Se hace la pregunta: ¿porqué, en el combate contra la violencia, debemos preocuparnos por los derechos humanos de aquellos que día a día patean nuestros derechos humanos y causan tanto sufrimiento al país?

La pregunta es comprensible y es humana. Y, por cierto, hay preguntas similares en Europa respecto a la lucha contra los terroristas. Pero bajo mi punto de vista no considera un aspecto central: ¡El Salvador no es un estado renegado, un estado proscrito!

El Salvador se debe a una Constitución, la cual amarra toda autoridad estatal al cumplimiento de los principios del estado de derecho y los derechos humanos.

Los derechos humanos son válidos sin diferencia, como ya lo dice el nombre, para todas las personas –delincuentes incluidos–. Los derechos humanos no terminan frente de los muros de las cárceles. Por ello, un estado de derecho debe otorgar derechos humanos fundamentales también en el transcurso del combate de la criminalidad o del terrorismo.

Existe un grave peligro: si comenzamos a ablandar la protección de los derechos humanos y nos permitimos cada vez más reglas excepcionales, entonces  perderemos nuestro rostro humano como sociedad, perderemos el respeto por la dignidad humana, y al final seremos iguales a aquellos que estamos combatiendo –criminales y delincuentes–.

Una última reflexión:

En tres semanas es Navidad, la fiesta del nacimiento de Cristo, el salvador.

El Salvador –ningún otro país del mundo adorna su nombre con Cristo El Salvador–; y me parece que casi ningún otro espera con tanto anhelo el momento de finalmente ser salvado.

Entonces, a El Salvador le deseo que aquí finalmente se cumpla la gran promesa de Navidad: que termine la violencia, que se instale la reconciliación, que llegue la paz.

 




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