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Editorial & Opinion

El Salvador sí vale la pena

Ana Giralt / Periodista

Sábado 9, Septiembre 2017 - 12:00 am

“¿Por qué El Salvador?”, pregunta recurrente en mi vida cuando quienes acaban de conocerme identifican que no nací aquí, pero que por decisión propia decidí desarrollar mi vida profesional y personal hace más de dos décadas.

Las razones que respondo las resumo exponiendo que a El Salvador le debo muchísimo. Me ha dado malos (pocos) momentos de los que he aprendido; y constantes y enormes gratificaciones (la principal me dice mamá y me da Paz).

Pero muy a pesar de mis argumentos, siempre surge el contraataque acuerpado por el imparable problema de seguridad. Sí, El Salvador es violento y las autoridades tienen una deuda inmensa con la sociedad por no ser capaces de controlar a las pandillas, el narcotráfico y las extorciones, etc. Pero en comparación a otras realidades mundiales, aquí no estamos tan expuestos al odio desmedido.

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En El Salvador no se asesinan masas por motivos religiosos. No detonan bombas, estallan aviones contra edificios y atropellan a inocentes para enviar mensajes al mundo. No convierten zonas turísticas en memoriales. O adiestran a personas para que sean camicaces. Sí tenemos muertos y duelen, porque se derramó mucha sangre en busca de una paz que no termina de consolidarse; pero en términos comparativos estamos igual (o quizá mejor) a otras naciones donde operan terroristas de cepa.

Minimizar lo que aquí ocurre sería irresponsable e inhumano, en especial cuando las víctimas son hombres y mujeres (y sus familias) que apuestan por defender el bienestar social contra los que se inclinan a vivir al margen de la ley. La muerte de cualquier inocente debe indignar siempre, y nunca quedar impune.


Lo que es incomprensible es cómo a pesar de las atrocidades que ocurren fuera, se acepte con tanta resignación el calificativo de vivir “en uno de los países más violentos del mundo”. ¡Por favor… aquí no se reciben a los extranjeros con balas, como algunos allá afuera creen!

La culpa de esa percepción no es de quién ignora lo que El Salvador realmente es, sino de quien lo conoce y calla. Piénselo… ¿cuál fue la última vez que habló de El Salvador? ¿Qué dijo, además de que es un país con funcionarios y ex funcionarios salpicados por la corrupción, que hay más muertos que estudiantes bien formados al día, que tenemos un gobierno deficiente, que la economía está a un paso del desastre y que nos quieren robar las pensiones?

Se ha caído en el maldito círculo vicioso de lo negativo. Pareciera como si nada bueno pasara en el país y cuando ocurre, es porque algo dudoso e inmoral está relacionado.

Para que este país sea mejor se requiere que quienes habitan en él lo crean y lo hagan posible. Y no, no es una tarea de los políticos, sino de los ciudadanos comunes y corrientes que sostienen e impulsan la economía, los mismos que hacen grande al país.

¡Basta de hablar mal de El Salvador! ¡Basta del conformismo frente a los excesivos señalamientos negativos! Hay que pasar de la pasividad a la acción (pacífica). A exigir resultados, respeto y transparencia. Hay que comenzar a influir para que haya cambios. El 2018 puede ser un buen comienzo. El país lo necesita, porque el país vale la pena.




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