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Entretenimiento

El Sumpul de Carlos Cañas ya tiene quien lo robe

Tomás Andréu

viernes 20, julio 2018 - 12:00 am

Santos Antonio Hernández Laínez apareció en este mundo para iluminar. Y no es gratuito el comentario. Él es electricista de profesión con varios años de luminosidad. Lo suyo es escalar paredes y adentrarse en cualquier recoveco para instalar una luz. Es tan bueno en lo que hace que donde trabaja no le aceptarían la renuncia.

Ahora todos lo conocen como Toñito, pero hace más de 15 años andaba por un terreno baldío atestado de bambú, zacate y piedras. Aquel lugar inhóspito por el que deambulaba es lo que ahora se llama Museo de Arte de El Salvador (Marte). Si hay un testigo clave dentro del museo que puede hablar de Toño Salazar pasando por Dalí hasta llegar a Joan Miró es él. La experiencia del tiempo le ha dado la sabiduría de apreciar lo que pasa por sus manos.

Antonio Hernández sonríe más de lo que habla a la hora de hacer memoria de sus años en el Marte. A lo mejor ha de ser por esas pequeñas lecciones que en algún momento aprendió en el museo a fuerza de necesidad: qué tipo de clavo pondrá en la pared, qué argolla detrás del marco. O qué tipo de bombillo en el techo y su respectiva distancia reglamentaria entre la dirección de la luz y la obra. O ha de ser por esa vez que se le cayó una obra de arte. Igual: él solo sonríe.

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El electricista comenta que la egolatría artística no estorba a la hora de montar exhibiciones. Incluso los mismos artistas son parte de los montajes y no se dedican solo a dar órdenes. Colaboran hombro a hombro con él. Su lista de ejemplos incluye a Walterio Iraheta, Alexia Miranda, Mauricio Kabistan, Verónica Vides, Crack Rodríguez, Dalia Chévez. Y el inventario sigue.

A los 44 años de edad, Antonio Hernández ya es padre y abuelo. Vive en Lourdes, Colón. El viaje de su hogar al museo —y viceversa— es arduo durante la semana, pero cuando hace el recuento de los beneficios que ha obtenido durante estos más de 15 años en su trabajo, pues la faena ha valido la pena. Incluso tiene una anécdota al respecto después de tanto tiempo:


En 2008 le llegó el mensaje de que el viaje hacia Estados Unidos como indocumentado estaba listo. Era ahora o nunca. Así que a Antonio Hernández no le quedó más remedio que decirle a las autoridades del Marte que muchas gracias por todo, que muy buenos y muy finos pero otro puerto lo esperaba, que la vida en El Salvador es cualquier cosa menos vida. Pero en vez de un adiós recibió por respuesta un rotundo no. Y no es no. Que fastidiar la vida de un museo solo porque sí no se hace ni en broma. A cambio de que reculara le mejoraron el sueldo y le dieron algo vital: un televisor para ver el Mundial Sudáfrica 2010.

El ojo ecuménico de Antonio Hernández ha apreciado grandes obras universales de todos los tiempos. Su lista es larga, pero la resume quedándose solo con una: El Sumpul (1984) de Carlos Cañas (1924-2013).

El Sumpul es un homenaje a las víctimas de la guerra civil que vivió El Salvador. Unos meses antes de su muerte se le consultó a Carlos Cañas qué le agregaría o quitaría a esa obra. Fue tajante y dijo que nada porque ahí había padres, hijos, hombres, mujeres, niños, jóvenes, ancianos, es decir: la sociedad víctima de la violencia estatal. Cuando ese óleo fue adquirido por el Marte y puesto en exhibición, la pieza se volvió para los visitantes en una especie de monumento a la memoria histórica. Y eso aún pervive.

 

— Dejemos la diplomacia a un lado y dígame: si pudiera robarse una obra de arte de este museo, ¿cuál sería?

 

— Ja, ja, ja, ja… ¡El Sumpul de Carlos Cañas¡ ¡Toda la vida!

 

*Periodista. Colaborador del Museo de Arte.




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