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Editorial & Opinion

El valor del trabajo

Rafael Domínguez / Periodista

miércoles 14, diciembre 2016 - 12:00 am

OPINIONTrabajar, esforzarse, lograr algo con tus propias manos y por tu propio esfuerzo, sea cual sea la actividad, es no solo una necesidad para sobrevivir, es una razón de ser para ser persona, porque trabajar no es un castigo, es más bien una manera de servir a otros con las capacidades que cada quien tiene.

El Salvador necesita 60 mil empleos al año para generar un círculo virtuoso en la economía; si lo consiguiera, 60 mil nuevos trabajadores conseguirían no solo ingresos, sino algo más importante: sentirse útiles a la sociedad.

Trabajar no puede reducirse a entregar un servicio y recibir una paga, y menos centrarnos en la cantidad de la paga exclusivamente, porque ganar más es un anhelo infinito, como lo es el amor al dinero y siempre, por más que se gane, cuando solo ese es tu interés, nunca será suficiente. Trabajar es más que eso, trabajar es dignificarse, tener un sentido por el cual levantarte en las mañanas, es la posibilidad de aprender y de mejorar cada día. Trabajar es ser productivo, sentirse cazador y llevar a casa los recursos para alimentarse, es mejorar la condición de los que amas, es ganar el respeto de los que te rodean.

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El trabajo es un momento primordial para la vida del individuo, porque en los años previos se ha tenido que preparar, estudiar, aprender, practicar, hasta que llega la hora de tener ese empleo pleno de ocho horas, con salario, prestaciones y utilidad pública; porque cuando una persona trabaja lo hace para que los demás obtengan algo a cambio, ya sea un servicio o un bien, pero es algo en lo que el trabajador participa con su mano de obra, inteligencia y aportaciones.

Trabajar no es un sinónimo de esclavitud, al contrario, es un primer estado de libertad; porque aprendiendo a trabajar aprendemos a ser libres, aprendemos oficios, negocios y generamos nuevas ideas que nos llevarán a la independencia, a la apuesta por ser empresarios y futuros jefes; trabajar tiene un valor mucho más alto que el salario devengado.


Trabajar nos da disciplina, nos enseña el cumplimiento de los horarios, del empeño de la palabra. Trabajar nos activa el sentido de responsabilidad, de cumplimiento de lo solicitado; nos ayuda a administrarnos, a recibir un ingreso y administrarlo para que otros coman, vistan, se eduquen; nos enseña el valor de ser dependientes y tener dependientes de uno; trabajar nos compromete con el futuro y con nuestro propio bienestar.

Es por todo esto que necesitamos en el país crear más empleo; porque donde no hay disciplina, respeto, cumplimiento, palabra, esfuerzo y recompensa, existe tal vacío que llega el hombre sin empleo a deprimirse, a enojarse, frustrarse y así comienza la apertura al vicio, al tiempo de ocio, a la desvalorización de los demás, la envidia, el rencor y la creciente conducta del superviviente, que es aprovechar el momento y aprovecharse de los demás, cueste lo que cueste.

El trabajo está en el diseño de Dios para sus hijos, como dice proverbios: La mano diligente se enriquece, la mano del flojo se empobrece; trabajar es una manera de honrar a Dios, por ello cuando se activa el trabajo se activa la fe, se moviliza en cada uno la esperanza del mañana; el trabajo es una forma en la que Dios bendice, provee y educa.

En El Salvador necesitamos más trabajo, más trabajo y más trabajo; es importante que más allá de los discursos y palabras, de las opiniones y análisis, pasemos  a lo práctico, lo que nos hará crecer y mejorar: El Trabajo. No importa qué tipo o con qué paga, simplemente comencemos a trabajar.

Generar empleo y nuevas empresas debe ser el reto, no solo porque puede mejorar la vida de las personas –económicamente hablando– sino porque el trabajo trae consigo muchos beneficios, principalmente el de agrandar nuestro interior y nos vuelve parte en todo; por eso, cuando hablemos de mejorar, si el empleo no mejora, realmente no hay mejora y seguiremos viviendo de la limosna, la caridad o el subsidio; comiendo de lo que otro me dé y no de lo que yo soy capaz de obtener; sumiéndonos en el triste abismo de la desesperación.  El que quiera oír que oiga.




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