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Editorial & Opinion

Él

Lourdes Molina Escalante / Economista sénior Icefi @lb_esc

jueves 26, octubre 2017 - 12:00 am

Él era su papá y la violó cuando era solo una niña. Él era un desconocido y un día decidió “robársela”, no importó que fuera una niña de 12 años; la violó y luego la forzó a ser la madre de sus hijos. Él era su cuñado y un día se la encontró en el bus, no iba sola, pero la presencia de una niña de 13 años no le impidió acercarse y quedarse mirándola lascivamente hasta que el autobús llegó a su destino, esto fue adicional a los “roces accidentales” que ocurrían cada vez que la veía. Él era un desconocido caminando en una acera, en sentido contrario a él caminaba una adolescente; cuando estuvo frente a ella decidió tocarle los pechos y salir corriendo. Él era su novio, estaban en una esquina discutiendo, en medio de la pelea creyó que la mejor forma de demostrar que él tenía razón era dándole un puñetazo en la cara. Él era su maestro en la universidad y creyó que sería “divertido” ejemplificar frente a toda la clase una función asintótica acercándole la mano a sus pechos, acercándola cada vez más, pero sin llegar a tocarla. Él era su esposo y en medio de una pelea decidió que la forma de ganarla y humillarla era exigiéndole que le entregara las tarjetas de crédito y el celular, porque claro, él trabajaba y pagaba todo. Él era un agente de ventas en un banco, le preguntó por el hombre con el que iba a solicitar el préstamo para comprar una casa, porque ¿a quién se le ocurriría que ella era una profesional con la solvencia financiera para pagar un préstamo hipotecario? Él era un extraño y eso no impidió bajar la velocidad del carro, sacar su mano por la ventana y darle una nalgada mientras esperaba cruzarse la calle. Él era un empresario, todo un emprendedor, cuando la entrevista finalizó, la mejor forma de despedirse fue sugerirle que como buena mujer mejor debería casarse y así no tener que preocuparse por estudiar.

Me gustaría decir que todas las historias de él son producto de mi imaginación, que ocurrieron en otro país, en otro tiempo y que no afectó a ninguna mujer que conociera; pero no, son reales, ocurrieron en El Salvador y son las historias de cómo él se cruzó en la vida de mi bisabuela, abuela, madre, tía, hermana, prima, amiga, compañera, vecina, incluso en la mía. Él es ellos, él es todos los hombres que en algún momento han decidido abusar, agredir, discriminar, acosar o violentar a una mujer. Sí, lo han decidido por cuenta propia. La excusa de que no pueden controlar sus instintos es simplemente absurda e inadmisible.

Estoy segura que, como éstas, hay miles de historias más en las que él ha violentado e incluso arrebatado la vida de una mujer. Y no, no estoy siendo exagerada, ni me estoy poniendo histérica o paranoica, tan solo para 2015, el Instituto Salvadoreño para el Desarrollo de la Mujer registró 6,514 casos de violencia contra la mujer en todas sus dimensiones, esto equivale a una mujer violentada cada 80 minutos; ¿y si sumáramos todos los casos que no son denunciados y por lo tanto no aparecen en los registros?

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Me temo que seguramente él seguirá irrumpiendo en la vida de las mujeres, hasta que dejemos de justificar que todo esto ocurre por la forma en que las mujeres nos vestimos, hablamos o vivimos. ¡No!, nosotras no lo provocamos. Por cada víctima hay un agresor. Él es la raíz del problema, él es quien cree que puede y decide violentar a una mujer, porque le enseñaron que es lo normal, que es lo que sus instintos y condición de hombre le mandan hacer. La próxima vez que conozcamos uno de estos hechos, tengamos el cuidado de reconocer el origen del problema, tal vez así transformemos nuestra sociedad machista e hipócrita y empezaremos a defender a la víctima y castigar al agresor.




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