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Nacionales

Es necesario explorar el subsuelo de la plaza Libertad

Carlos Cañas Dinarte / efemeridesSV@gmail.com

lunes 6, marzo 2017 - 12:02 am

En 1992, dentro de uno de sus números, la prestigiosa revista National Geographic presentó un espectacular mapa de los sitios mayas de la región mesoamericana. En esa publicación, la entidad responsable de esos contenidos señaló que sólo en el territorio salvadoreño había unos 3,000 sitios arqueológicos prehispánicos, la mayor parte de ellos ocultos bajo las tierras arcillosas y volcánicas de nuestro subsuelo. Así, en una burda operación aritmética, a cada municipio del país le corresponderían más de 11 sitios con potenciales contenidos culturales precolombinos, una cifra bastante consistente con la registrada en el siempre cambiante Atlas arqueológico e histórico de El Salvador.

En 1994, en la zona de Madreselva-Santa Elena, en el municipio de Antiguo Cuscatlán, se produjo el hallazgo de una serie de estructuras y vestigios culturales, mientras se realizaban labores de terracería para la posterior construcción de diversas colonias, residenciales, edificios, sedes empresariales y sedes diplomáticas. Cuando se señaló la necesidad de parar las obras para realizar un trabajo de rescate arqueológico, la empresa procedió a la demolición completa del lugar y, en menos de 24 horas, no dejó ningún resto visible en la superficie del terreno. Así desapareció lo que incluso ahora se supone fue la sede de la capital del Señorío de Cuzcatán, el territorio de los pipiles.

En esa misma zona, fueron destruidos campos de cultivo sepultados por la gigantesca erupción del volcán Ilopango (ahora lago), en el siglo VI de nuestra era. Otras amplias muestras de esos campos sepultados por el Ilopango fueron descubiertas en las labores constructivas de la entrada del parque Saburo Hirao, de diversos tramos del bulevar monseñor Romero (unos, muy visibles, estaban varios metros debajo del templo mormón), del Denny´s de la Zona Rosa, etc. Esos campos y demás vestigios arqueológicos han sido localizados a profundidades que oscilan entre los 50 centímetros y 5 metros, bajo capas diversas de tierra laborable y ceniza volcánica, tierra blanca o talpetate.

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Otro atentado contra el patrimonio cultural de todo el pueblo salvadoreño ocurrió con la devastación del sitio arqueológico El Cambio, en la jurisdicción de San Juan Opico, en el que un funcionario del ahora desaparecido Consejo Nacional para la Cultura y el Arte (Concultura) autorizó amplias obras de terracería, bajo el falso argumento de que aquella zona estaba repleta de “basura arqueológica”. Por esas erradas decisiones y sus efectos, ese funcionario -recientemente fallecido- y el empresario dueño de las obras fueron condenados en un tribunal capitalino.

Para la ciencia arqueológica no existe algo que se pueda considerar basura, pues todo vestigio material, por muy pequeño o insignificante que parezca, sirve para la reconstrucción y mejor entendimiento de la sociedad que lo empleó en algún momento de la historia. De hecho, los concheros (basureros de conchas) del golfo de Fonseca han servido para dimensionar a los pueblos que vivieron en la zona oriental del actual El Salvador


Es importante destacar que la arqueología no sólo contribuye a la exploración y reconstrucción de las comunidades prehispánicas de El Salvador. También, hay vestigios materiales de las etapas coloniales y republicanas que son estudiados y cuyos restos también abarcan la totalidad del territorio nacional. Así, hay restos coloniales desde varias islas del golfo de Fonseca, templos del siglo XVIII, imaginería religiosa, catacumbas y diversas estructuras más que merecen la pena ser estudiadas y conservadas. Por desgracia, también hay muchísimos restos que aún permanecen en el subsuelo y se desconoce mucho de sus usos en el pasado, a la vez que otros tantos se pierden por el saqueo indiscriminado (como en Cara Sucia, Ahuachapán) y el tráfico ilícito de bienes culturales muebles, que es un delito perseguible, en casi todo el mundo.

Gracias a la arqueología desarrollada en diversas campañas de trabajo y con la colaboración de expertos internacionales, en los últimos 20 años se ha podido dimensionar la importancia de Ciudad Vieja, el sitio arqueológico histórico donde, en 1528, fue establecido el segundo asentamiento de la villa de San Salvador, a siete kilómetros al sur de Suchitoto. Esos trabajos han permitido hacer sondeos con equipo electrónico para determinar los cimientos de edificios y casas aún existentes bajo muchas hectáreas de campos dedicados al cultivo de granos y pastoreo de animales. Fue mediante la arqueología que se supo, que ahí se construyó el primer taller de fundición de metales del territorio, ahora salvadoreño, se trabajó la cerámica mayólica con motivos pipiles, se realizaron las primeras ceremonias religiosas católicas y del gobierno hispánico, etc.

También, fue gracias a la arqueología que se pudo rescatar un antiguo trapiche colonial de añil en el sitio arqueológico de San Andrés, el cual, fue reconstruido en su totalidad y ahora se muestra a los visitantes y turistas. Ojalá se pudiera hacer lo mismo con otros trapiches existentes en Quezaltepeque. También, es tarea pendiente la reconstrucción y documentación plena de muchos de los talleres de fundición y forja de hierro que hay en Metapán y otras localidades del occidente salvadoreño, donde hay mucho más que flores, café, volcanes y restaurantes.

En 1539, la villa de San Salvador fue trasladada desde Ciudad Vieja hasta sus nuevos asentamientos en La Aldea (ahora barrios La Vega y Candelaria) y en el valle de Quezalcuatitán (su sitio actual). Desde entonces, un solo predio de la antigua villa y ciudad ha permanecido fijo, con muchos cambios de fisonomía y nombre. Fue plaza del ayuntamiento, plaza del cabildo, plaza de la independencia, Plaza de Armas, parque Dueñas y ahora la llamamos plaza Libertad, nombre con el que también ha sido registrada por la literatura nacional, como ocurre dentro de la pieza teatral “Luz negra”, del escritor Álvaro Menén Desleal.

Desde hace 475 años, la plaza Libertad ha sido escenario de motines e invasiones, incendios, revueltas e insurrecciones, golpes de estado, represión de manifestaciones populares, festejos de paz, desfiles militares y escolares, actos populares de compraventa de productos, etc. En ella, se realizaban los tiangues dominicales para comprar y vender frutas, verduras y demás productos traídos desde las localidades cercanas. Además, se festejó la llegada del siglo XX en la última medianoche de 1900 y se produjeron muchos de los grandes eventos salvadoreños de la época independentista y republicana.

A partir del 5 de noviembre de 1911, en su centro se alza un ángel que corona a los próceres de la independencia del Reino de Guatemala y su histórico movimiento insurreccional de noviembre de 1811. Esa estructura conmemorativa ya fue dañada por varios terremotos, entre ellos el del 7 de junio de 1917, que obligó a una amplia remodelación y reconstrucción del monumento. En la década de 1970, Además, se colocó una fuente luminosa al pie del monumento, cuyas filtraciones de agua hicieron peligrar la estabilidad del mismo.

Por todo lo anterior, es necesario que levante la mano la arqueología nacional y se apreste a excavar y explorar en ese predio histórico. ¿Por qué no se había hecho antes un trabajo así? Porque en un siglo, sólo se había removido en dos ocasiones el terreno completo y en ambas aún no existía un Departamento de Arqueología en ninguna dependencia gubernamental. En ese sentido, la oportunidad de hacer investigación científica urbana dentro del perímetro de la la plaza Libertad se constituye en una oportunidad única de colaboración activa entre el gobierno local de la capital salvadoreña y las autoridades culturales del gobierno central de la república.

Al hacer esos trabajos, es casi imposible que no se vaya a encontrar algún tipo de vestigio valioso para ampliar nuestro conocimiento del pasado común, ese terreno de la historia y de la memoria que nos pertenece a todos los hombres y mujeres de El Salvador. Hacer pozos de prospección, trabajos arqueológicos de rescate o ventanas arqueológicas en ese predio son posibilidades para que podamos reencontrarnos con diversos elementos de nuestro pasado precolombino, colonial e independentista, para así dimensionar nuestro presente republicano y proyectar de mejor manera nuestro futuro dentro del mundo globalizado.

Confío en que, en esta oportunidad, la prepotencia, el cemento y la maquinaria pesada no nos impidan conocer más de nuestro patrimonio cultural común. En 1994 perdimos los vestigios de la capital del señorío pipil y no tuvimos ocasión de conocer más de esa civilización que floreció en las orillas de la hoy desecada laguna de Antiguo Cuscatlán. Ahora es cuando debemos rescatar lo que podamos de la herencia capitalina que aún tenemos y la que desconocemos, porque yace entre 50 centímetros y 5 metros bajo nuestros pies, lejos aún de nuestros ojos y mentes, pero cerca de aquello que se pueda realizar mediante arqueología preventiva, que es la que se puede aplicar en las demás plazas y predios históricos de la capital.




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