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Editorial & Opinion

Estado laico

Rafael Domínguez / Periodista

miércoles 21, marzo 2018 - 12:00 am

Dejar por fuera la religión del Estado es sin duda  un deber, porque la religión cualquiera que sea tiene sus intereses y principios, los cuales no pueden trasladarse a las actividades del Estado, no sin correr el riesgo de convertir la administración pública en una extensión de la misma religión. Sin embargo, los principios de cada creyente son indudablemente inseparables de la persona y por ende de aquellos que gobiernan, puesto que esos principios espirituales condicionan el ser de aquel funcionario y le determinarán a la hora de tomar una decisión.

El estado laico en un país eminentemente cristiano, donde el 95 % de la población nos declaramos creyentes y seguidores de Jesús, El Salvador del mundo, es sin duda un objetivo correcto, porque la religión no une, más bien divide, y hay que comprender que la religión es cosa de los hombres y de sus reglas para vivir la fe, pero esto último es imposible de desaparecer porque la fe une, la fe sostiene, la fe nos hace caminar a todos hacia un mismo ideal espiritual, es muy diferente hablar de religión y de fe, aunque todos seamos cristianos no todos somos de la misma religión y por ello el Estado no puede contaminarse de esta situación, pero la fe y principalmente la fe cristiana está dentro de los salvadoreños y ésta no puede pedirse que quede fuere del gobierno si es un gobierno, repito, para el 95 % de ciudadanos creyentes.

Nuestra Constitución, nuestras leyes secundarias, nuestro himno, nuestros símbolos patrios, el nombre de la nación, todo viene de la fe, de esa relación íntima con Dios, no podemos separarnos de esta realidad, si no veamos los considerandos de la Constitución, nuestra bandera, todo contiene esa fe: Dios, Unión y Libertad.

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Tampoco se constituye un estado teocrático por excelencia, pero un estado cuyos líderes están más cercanos a Dios, a Jesús y los principios del evangelio más cerca está de obtener mejores resultados , porque un verdadero cristiano ama, y el amor lo puede todo, igualmente no mata, no roba, no miente, no envidia, no codicia y si cae pide perdón, enmienda, se transforma, pasa de lo vil y sucio a nueva criatura, este es el verdadero cambio para la nación, el que brota del espíritu, por eso no podemos dejar de lado que nuestros líderes profesen no solo una fe sino la fe que nos libere, nos sane y nos prospere, porque si de verdad consideramos a Dios en nuestra vida todo eso pasa y pasará también para la nación.

De la fe brota el amor y por el amor nuestra Constitución defiende la vida desde la concepción, la familia, al ser humano, tenemos la más hermosa y completa Constitución que podamos imaginar: humana, sensible, correcta y firme, bajo los principios que inspira la fe en Dios, en Jesús y en la redención de la maldad aplicando el bien y la bondad.


Si tan solo viéramos con los ojos de la fe lo que ya construimos y tenemos veríamos que no es por política derecha o izquierda la posibilidad de mejorar el país, sino en el verdadero ejecutar de la ley que tiene de fondo los principios de la fe cristiana. Por ello no veo incompatible que el liderazgo nacional demuestre su fe, su amor y su capacidad de anteponer sus principios de fe a sus acciones, por eso es importante que no involucremos la religión, que el Estado sea laico y que éste no corresponda a los intereses religiosos, sino a principios de la verdadera fe y la sana doctrina.

Monseñor Romero, que será pronto santo con devoción universal traído a Casa Presidencial como modelo es lo más cerca de un estado religioso en el que podemos estar, pero traer lo que Romero predicaba es diferente, porque Romero no es santo por él mismo, sino por a quién buscó imitar y ese es Cristo, por ende entender la diferencia y el impacto de esa diferencia es importante y visualizarla en estos tiempos también lo es, porque muchos pregonan lo que no son y otros son lo que no pregonan por eso lo religioso oculta lo real y lo real es el testimonio del creyente, lo que dice, lo que hace, lo que no hace y lo que comparte con los demás.

La fe en Dios no puede separarse de nuestros corazones y espero que quienes aspiren a gobernar comprendan que nada malo hay en tenerla y más si por esa fe caminan, lo malo es que la religión y que las iglesias denominacionalmente hablando se metan al gobierno, pero cuando hablemos de estado laico es importante que comprendamos que no se trata de sacar a Dios a Jesús nuestro Señor del gobierno sino invitarlo a gobernar desde nuestro corazón.




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