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Editorial & Opinion

¡Estamos contigo Nicaragua!

Armando Rivera Bolaños / Abogado y Notario

miércoles 30, mayo 2018 - 12:00 am

Desde la época del coloniaje español, los territorios que conforman el istmo centroamericano son considerados como pertenecientes a una misma ubicación geográfica y política, cuando constituíamos la Capitanía General de Guatemala. Posteriormente, a inicios del siglo XIX, los prohombres forjadores de nuestra independencia, al consumarla el 15 de septiembre de 1821, hicieron nacer a la nueva República bajo la denominación común de “Provincias Unidas del Centro de América”. Aunque históricamente lo ignoramos, pero lo suponemos por las huellas arqueológicas que se encuentran diseminadas, muy seguramente los pueblos originarios de esta parte del continente americano tuvieron también lazos comunes de comunicación, identidad y pactos comerciales.

Ese espíritu y firme convicción de que constituimos una sola nación centroamericana, se refleja en los colores simbólicos del azul y blanco que fueron los escogidos para la Bandera Federal y que ahora flamean airosos en cada uno de los cinco pabellones de nuestros países; de igual manera, en los postulados constitucionales vive palpitante el anhelo de volver a ser una sola República, tal como la soñaron nuestros próceres y que, en determinadas épocas, casi se ha logrado rehacerla, aunque en formas parciales.

Si bien cada región, cada territorio, tiene su propia identidad local y que en cada provincia, sus diversas zonas también tienen sus características internas, la identidad común de ser originarios y pertenecientes a una sola nación centroamericana pervive en cada habitante, sin ninguna diferencia, motivo por el cual todo lo que acaece en El Salvador, por ejemplo, repercute en el resto del istmo. Esta es una verdad indiscutible para todos nuestros países y no necesita de mayores argumentos. Se vive y experimenta a cada instante, en el diario quehacer de nuestras ocupaciones y tenemos a Centroamérica en el pecho, como la patria común que nos interesa y pertenece a guatemaltecos, hondureños, salvadoreños, nicaragüenses y costarricenses. Viajamos, comerciamos, estudiamos o turisteamos por el istmo sin muchas restricciones migratorias. Muchísimas familias centroamericanas, incluso, tienen lazos comunes con parientes de otros países hermanos, como en mi caso personal, que tuve a mi abuela materna originaria de Santa Rosa de Copán (Honduras), o de mi bisabuelo paterno con ascendencia en Quetzaltenango (Guatemala). Estas razones las expongo, porque desde el 18 de abril los centroamericanos estamos observando, lamentando y sintiendo en carne propia los dolorosos acontecimientos  que aún suceden en la hermana república de Nicaragua, país que en ciertas oportunidades hemos visitado con felicidad y agrado, sintiendo como en todos los demás, ese calor fraterno, la amabilidad amigable tan propia de los “chochos” y disfrutando, al máximo, de sus platillos típicos y de sus innumerables bellezas naturales, comenzando por su gran lago que es el punto referente para la nomenclatura muy original de Managua. De hecho, nicaragüenses y salvadoreños hemos mantenido muy estrechas y fraternales relaciones desde épocas antiguas. Incluso, formamos un ejército común cuando William Walker, un médico estadounidense, quería establecer en la “Tierra de los Lagos” una república esclavista. Entre las huestes del general Augusto César Sandino hubo varios elementos salvadoreños acompañándolo en su gesta revolucionaria, con la salvedad que nunca fue comunista.

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Que los salvadoreños estemos consternados por la violencia genocida del régimen de Daniel Ortega y su consorte, Chayo Murillo, desatada contra la gente indefensa y la juventud universitaria, hasta el punto de amenazar a la jerarquía católica nicaragüense, con un saldo que lleva más de seis decenas de fallecidos y centenares de lesionados a manos de turbas gubernamentales y tropas policiales, no “son actitudes injerencistas”, como tontamente lo afirmó hace poco un diputado efemelenista. Pedir a los Ortega que renuncien al poder que detentan en forma arbitraria y antidemocrática es un derecho legítimo que nos asiste como centroamericanos, o ¿ya olvidó ese diputado que, desde Nicaragua, el gobierno de Ortega enviaba toneladas de armas y municiones para la guerrilla efemelenista, de la que su progenitor fue uno de sus máximos comandantes? En nuestra calidad de ciudadanos de una nación común y única, exigimos al dictador Ortega que cese la represión, las violaciones a los derechos humanos del noble pueblo nicaragüense y que abandone el mando ilegítimo, ejercido a su antojo, únicamente sostenido sobre la base de actos inconstitucionales y crímenes de lesa humanidad.




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