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Editorial & Opinion

Fiebre de oro

Rafael Domínguez / Periodista

Miércoles 6, Septiembre 2017 - 12:00 am

Los pioneros y conquistadores del oeste en Estados Unidos, a la mitad del siglo XIX, hablaban de la famosa fiebre del oro, que era producida por la ambición de poseer el metal precioso y convertirse de pronto en millonario, muchos llegaron a California y lo dejaron todo por encontrar la veta dorada que les cambiaría la vida, encontraban una pepita y eran como poseídos por el metal, padeciendo hasta la locura por el afán incansable de alcanzar la riqueza y mientras más oro lograban más ambicioso el minero o si no encuentra nada, cada día es una posibilidad y su vida gira en torno a la esperanza de hallarlo; esa fiebre, obsesiva, dedicada y hasta irracional es la que me parece están padeciendo aquellos que llegan a cargos públicos, ya que todos (quizá con muy pocas excepciones) en cuanto pueden y encuentran una pequeña pepita de posibilidad comienzan sin parar a drenar y tomar del dinero público, o usar lo público para fines personales.

Literalmente eso es también una fiebre de “oro” porque se trata de dinero, muchos buscan el cargo público para escarbar y robar, llegan hasta calculando cuándo y cómo es posible saquear al Estado; otros piden la oficina en la que desean explorar, como aquellos mineros que olfateaban el oro y compraban tierras en secreto para no tener competidor; se ha vuelto así el trabajo público, una suerte de “fiebre del oro”, donde cada quién saca lo que puede y lejos de saciarse es llenarse de por vida, casi como haciendo eterno aquel cargo.

Si no me cree hagamos un recuento desde los millones de Taiwán hasta los borrones de antecedentes policiales, o desde las corbatas y trajes Ferragamo hasta los cientos de millones en offshores en Nevada, o qué tal los millones en terrenos, los siempre presentes prestanombres, las compras amañadas, los contratos dirigidos, la mordida del policía de tránsito o los grandes negocios de la tregua; una corrupción a todo nivel que involucra a altos y bajos funcionarios, todos por igual metiendo la mano al río sacando “su oro”, enloquecidos y ansiosos. El caso más triste esta semana fue darnos cuenta que en la decidida acción de vivir de lo ajeno, los magistrados de la Corte Suprema, muy elegantemente vestidos, no han podido decir no al seguro médico privado ni al afán desmedido de seguir contratando gente, y eso que es la misma Sala de lo Constitucional la que ha mandado regular el gasto; es imposible, hay un ADN o una maldición como la del oro en los funcionarios, se hacen incapaces de tener un salario, servir y vivir con lo que hay, tienen que sacar “oro” y vivir como ricos con lujos, carros, sirvientes y sin pagar un cinco propio, todo quieren que lo pague el pueblo.

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Esta fiebre del oro público debe parar, no es posible que sigamos pagando impuestos, porque hemos pagado, si no revisemos los ingresos estatales que han crecido a razón de $1 mil millones anuales; calladamente hemos aportado desde lo privado para que se haga un reparto en lo público, pero no para enriquecer funcionarios, sino atender necesidades de los salvadoreños menos bendecidos. Esta fiebre en los funcionarios por usar lo público para vivir como no lo hacen desde lo privado y del esfuerzo propio debe detenerse, porque ya no alcanza; la producción del país es finita, somos una economía limitada que usa el 20 % del PIB en remesas para realmente sostenerse, ese dinero es sacrificio y tristeza de alguien por lo que con mucha razón deberíamos considerarlo sagrado o por lo menos respetarlo como tal, como un dinero que viene del sufrimiento y la desgracia de quienes no pudieron hacer nada aquí adentro.

La corrupción es sin duda un tema del que no se quiere hablar, porque todos los partidos han caído en el mismo pensamiento: que está bien tomar de lo público porque de eso se trabaja; pero no es cierto, a los funcionarios se les asigna un salario por su servicio a la nación, pero no puede ser el Estado el lugar y forma de volverse rico; para eso hay que trabajar, arriesgar, esforzarse, dedicarse e invertir; los que tienen esa fiebre que produzcan, pero no usen el Estado para sacar el oro que no merecen y tampoco les pertenece.  La corrupción en El Salvador necesita ser evidenciada y por todos rechazada; nos ha estado matando lentamente y agonizamos; el Estado en quiebra, en impagos, el ciudadano sin trabajo, sin destino, el único remedio para la “fiebre del oro” es amarrar al minero; amarremos a los corruptos y dejemos que el oro brille y sirva para todos.





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