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Editorial & Opinion

Fracasados sistemas penitenciarios

Carlos Alvarenga Arias / Abogado

miércoles 11, enero 2017 - 12:00 am

Al parecer el único sistema que funciona es el de completo encierro, o sea, aislamiento total, 23 horas encerrados, una hora al sol, visitas de solo parientes cercanos y bien documentados sin contacto alguno, separados por plexiglás, un vidrio blindado, rejas. Al parecer solo esto hace que los internos más peligrosos dejen de delinquir desde adentro de las penitenciarías. Solo a ese tipo de cárceles les tienen miedo. El resto de centros penales es una extensión de su oficina, su casa, su trono. Solo quiero responderme una pregunta: ¿por qué en nuestros países siguen delinquiendo los grandes líderes de las pandillas y el crimen organizado, aunque estén presos?

En primer lugar, porque las circunstancias lo permiten.

En segundo lugar, porque sus organizaciones se basan en un sistema simple y sencillo de lealtades, que mantienen el compromiso de servir aun cuando materialmente no tienen las facilidades de imponer respeto e infligir castigos. A pura amenaza hacen temblar a los lugartenientes y soldados y éstos cumplen. Esas lealtades hacen que el siguiente requisito sea eficaz: el acceso a la comunicación.

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Al Capone lo hacía mediante telegramas cifrados, la mafia siciliana con mensajeros, ahora las maras y los narcos con internet y telefonía móvil. La capacidad de gerenciar el delito desde las cárceles se potencia a tal punto de ser suficiente para seguir extorsionando, actuando, amenazando, sancionando y ejecutando, desde pequeñas clicas hasta territorios completos.

Como penúltima circunstancia está un sistema penitenciario raquítico y arterioesclerótico, empezando por los directores y terminando por los custodios; endeble, sin capacitaciones, mal preparado, pésimamente armado, espantosamente pagado, sin protección, sin seguridad para ellos ni sus familiares. Custodios chaparritos, gordos y sin personalidad, que ante la amenaza de un gran toro de la cárcel solo pueden bajar la cabeza, cumplir las órdenes y rogar a Dios porque no sepan dónde viven sus familias, cosa que para un  marero o un narco, por cierto, es cuestión de minutos para averiguarlo ya que tienen una red inmensa, bien administrada, de contactos en todas las instituciones públicas y privadas capaz de conseguir información importante más rápido que cualquiera, sin papeleo, sin burocracia, sin sobornar. Solo basta amenazar de muerte.


Finalmente, políticas criminales y carcelarias inexistentes, que van sacando decretos y ocurrencias según amaneció el día o el tamaño de la luna. Cárceles que son apropiadas para el delito, para la confabulación, la premeditación de actos criminales y su total impunidad. Cárceles que son un premio para el que tiene poder, y el mismo infierno en la tierra para el que no.

Leyendo sobre la historia del Primer Comando de la Capital (PCC), la organización criminal más poderosa de Brasil, relacionada a las dos recientes matanzas en las cárceles en ese país, una en Mantogrosso y otra en Sao Paulo, me motivó a escribir este artículo.

11 internos, a principios de los 90, hicieron el pacto de sangre que no volverían a soportar más torturas ni maltratos de la policía militar encargada de las cárceles en el país del sur, y desde allí, desde la cárcel, desde su confinamiento han logrado arrodillar una de las potencias económicas de América Latina y ahora son 20 mil miembros. El Salvador, Honduras, Guatemala no son casos aislados. Solo expresiones de un mismo fenómeno para el cual, al parecer, no existen cerebros con voluntad dentro de los políticos para cambiarlo. A veces hasta pareciera cierto lo que dicen algunos: que a los políticos les conviene la delincuencia porque no hay nada que consiga más votantes que la venta de miedo en las campañas electorales.




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