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Editorial & Opinion

Guns & Guitars

Juan José Monsant A./Exembajador venezolano en El Salvador

sábado 7, octubre 2017 - 12:00 am

La casa al final de una pequeña colina no dice mucho, es una de esas construidas en serie con las comodidades estándar propias para una clase media elevada o semi elevada, vaya uno a saber; pero podría estar rondando los 300.000 dólares, quizá un poco más. Sus paredes exteriores marrón tierra no se diferencian de la aridez que la rodea, pero es la única en esa calle ciega.

No hay grama en la entrada, ni siquiera palmas que se podrían dar, solo un arbusto del desierto y tres plantas de hojas aciculares, como si fueran pequeñas lanzas amontonadas, sembradas sobre grava. Es todo lo verde que se observa. De su interior no se sabe nada, pero debe ser muy frío, climáticamente frío me refiero, producto de un poderoso aparato de aire acondicionado central, para continuar viviendo en ficción. Aunque igualmente debe ser fría su apariencia, sin calidez. Quizá unos cuernos de venado colgados de la pared, algunas litografías, o una manta indígena para darle color al vestíbulo. No sé.

A pocos kilómetros de allí, en la pequeña villa Sun City, que suple de servicios a los repartos que la rodean se encuentra una tienda, pegada a otras de igual simpleza, sobre cuya fachada color ladrillo y vidrio, sobresale el número 1085 y un anuncio de letras blancas que indican el tipo de negocio, Guns & Guitars. Curioso, ¿qué tienen que ver las guitarras con las armas de fuego?

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Uno relaciona las guitarras con Paco De Lucía, Carlos Santana, Jimmy Hendrix, B.B.King, Manitas de Plata, Alirio Díaz, Antonio Lauro, Berta Rojas, los juglares florentinos y, por supuesto, con las serenatas pasadas de moda con las que cortejábamos aquellas bellas jóvenes de nuestros tiempos estudiantiles. Es decir, con lo bello, lo armónico, y el amor cortesano.

Pero las armas también llaman la atención, quizá por su perfección, la precisión que sugieren, las líneas pulidas del acero empabonado o no, y hasta la sobrevivencia que podría conllevar. Es una pasión ignota que el hombre siente por ellas desde que dominó el metal con el fuego, y le aseguró alimentación y vida.


La primera arma que conocemos fue una quijada de burro, utilizada para asesinar a Abel; otra pasión ignota, los celos, aún no dominada por quienes se les conoce como animal superior. Entonces, quizá entonces, es que el nombre de la tienda situada en Sun City, Nevada, no se encuentre alejado de la realidad existencial de ese animal superior, que decimos ser el hombre, obviamente en su sentido universal, para que no salte de su silla una feminista de Podemos.

Solo le vendí un fusil, que recuerde, afirmó el dueño de la tienda de armas. Pero tenía 42 cuando se suicidó momentos antes que un pelotón Swat de la Policía de Las Vegas irrumpiera en la suite del piso 32 del Hotel Mandalay Bay. Allí lo encontraron tirado en el piso, junto a cientos de casquillos disparados, y 18 armas cortas, largas, automáticas, semi automáticas, culatas especiales, municiones, muchas municiones. Había pasado 10 minutos disparando sobre la multitud congregada en el estacionamiento del hotel que oía y bailaba música country. Y se repite lo de Guns and Guitars. Stephen Paddox, un hombre con cara de pastor, que no llegó a ser abuelo, disparó sin fallar, no había como; como si estuviera en una feria de pueblo disparándole a patitos que pasan en una correa sin fin, y al final le darían un peluche enorme. Solo que su peluche fueron 60 seres humanos asesinados y otros 500 heridos, que no estaban en guerra, no amenzaban a nadie ni eran patitos de feria.

Y la pregunta clave que no podemos responder es ¿Por qué lo hizo, qué demonio tenía su espíritu, qué misterio encierra la mente de un ser humano, dónde ha fallado la evolución de la civilización o todo es una ficción?

 




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