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Editorial & Opinion

Gus… le decían

Benjamín Cuéllar / Colaborador

miércoles 1, marzo 2017 - 12:00 am

Gus…le decían; se llamaba Raúl Gustavo Paredes. A sus 27 años cobraba en un bus que partía del cantón El Pedregal, municipio de Olocuilta, departamento de La Paz, rumbo a San Salvador. Lo cosieron a balazos varios tipos cuando el 29 de noviembre del 2016, bien de mañana, salió esperanzado de su humilde morada asentada en el cantón La Esperanza para dirigirse a trabajar; iba a ganarse pocamente la vida, haciendo el primer viaje de una jornada que ya no pudo realizar. Más allá de la violencia y la impunidad extendidas, ¿alguien sabrá el por qué de su trágica muerte? ¿Sería por su segundo nombre?

Iniciando ese año, tres jornaleros laboraban en la finca Adelaida ubicada en Comasagua, La Libertad; fueron asesinados con arma de fuego el 4 de febrero. Apenas comenzaban a fumigar arbustos de café, ese era su oficio, cuando unos desconocidos los atraparon y condujeron a otro sitio dentro de la propiedad para ejecutarlos. Allí falleció Gustavo Ávalos, de 48 años, junto con dos jóvenes de 28 y 25.

Dieciséis días después,‒aprovechando la nocturnidad en el caserío del departamento de La Unión llamado Los Pocitos, cantón El Zapotal, municipio de El Carmen, dos hermanos de 21 y 24 años fueron despachados de este mundo. Eran Elmer Eliú y José Gustavo Guevara, respectivamente; otro “Gus” más. “De acuerdo con la versión policial –se lee en la reseña periodística– los fallecidos estaban en el sector conocido como El Carreto y fueron atacados por varios hombres desconocidos que se conducían a bordo de un vehículo color negro, del cual se desconocen otras características”. ¿En qué país y por qué pasaba eso antes? “¡Que alguien me diga!”, gemía Gilberto Santa Rosa en el concierto por los 25 años de la “pax salvadoreña”. Ni uno ni la otra llegaron hasta abajo; se quedaron arriba.

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Luego, a altas horas de la noche del lunes 23 de ese febrero, supuestos pandilleros fuertemente armados, vestidos de negro, con gorros “navarone” cubriéndoles el rostro‒parece que fue ayer, cantaba Manzanero ejecutaron otros dos jóvenes e hirieron a uno. El presunto móvil: ser parientes de un policía. Entre las víctimas fatales estaba Gustavo Rafael Sandoval, estudiante y goleador en los torneos futbolísticos que realizaban en el municipio de Atiquizaya, Ahuachapán. Los criminales dispararon a mansalva contra un grupo de personas, entre las cuales estaban las víctimas, frente a una iglesia evangélica en el cantón Joya del Platanar.

En noviembre del 2015, unos gemelos aparecieron ejecutados en un caserío del municipio de Panchimalco, San Salvador. René Gustavo y Ovidio Edgardo Deodanes, se llamaban;  tenían apenas 16 años. Dicen las autoridades que colaboraron con pandilleros, pero ya estaban “retirados”.

Un enérgico opositor a la minería, fue desaparecido forzadamente el 18 de junio del 2009 en San Isidro, Cabañas; semanas después lo hallaron sumergido en un pozo. También era dirigente del entonces estrenado partido de Gobierno. ¿Quién se acuerda de él? Seguramente quienes creían en su liderazgo y confiaban en su persona. La dirigencia del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), ¿quién sabe? El actual director general de la Policía Nacional Civil, Howard Cotto, siempre declaró que se trataba de un delito común. Cierto o no, tal Quijote de tan estratégica causa se llamaba Gustavo Marcelo Rivera.

Gustavo Adolfo Beltrán tenía 29 años; nació con síndrome de Down, pero no murió por eso. Murió después de que lo desaparecieran, quién sabe quién, el 24 de julio del año pasado; había salido de su casa a caminar, como solía hacerlo frecuentemente. Encontraron su cuerpo sin vida el 30, en una finca situada en San Antonio Abad, San Salvador. Dicen que lo habían golpeado. Las personas que lo conocían, afectuosamente le decían “Gustavito”.

Así se llamaba el hipopótamo recién ejecutado en el Parque Zoológico. “Gustavito” solo, solito, a manos de tus victimarios. Toda la gente te recordará y hasta, quizás, un monumento te erigirá; de los otros “Gus”, quizás solo sus familias los evoquen. Fue terrible y aberrante tu muerte, ciertamente, en un país donde ese es el pan amargo de consumo diario entre sus mayorías populares. El sube y baja  del “muertómetro” nacional, según los vaivenes electoreros, te llevó de encuentro.

Usted, vos y yo, después de esto y de todo lo de siempre, ¿respiramos seguridad en la tierra donde se ensañan matando niñas, niños, adolescentes, adultos y hasta hipopótamos? “Patria idéntica a vos misma, pasan los años y no rejuvenecés”. Así cantó el Roque. Deberían siquiera, siguió a renglón seguido, “dar premios de resistencia por ser salvadoreño”.



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