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Editorial & Opinion

Hacia el 2019

Eduardo Cálix / Embajador

jueves 16, agosto 2018 - 12:00 am

Las demandas en seguridad, mejora económica, creación de empleos y cohesión social son el hilo conductor del proceso electoral del 2019. La mayoría de los salvadoreños esperamos que de los resultados electorales sobrevenga la clave para la mejora de nuestra nación, con el apoyo mayoritario que le permita superar el insostenible drama de violencia e inseguridad en el que el país se encuentra, alimentado por quienes atentan y lucran con la vida y la integridad personal de los salvadoreños.

El clima de violencia social imperante va más allá de un problema de seguridad que puede solucionarse exclusivamente a través del uso de la fuerza pública. La multiplicación de oscuros poderes fácticos, antagónicos a las instituciones de la ley, tiene hondas raíces económicas y sociales, tales como la acumulación de décadas de crecimiento económico insuficiente; falta de inversión en infraestructura, en capital humano, en tecnología, en innovación, en educación, entre otros.

Todo esto, agravado por el entrampamiento de una transición democrática que, en aras de la pluralidad y la alternancia, ha aletargado indefinidamente reformas indispensables para culminar el proceso de modernización emprendido, la consolidación de la institucionalidad democrática y una respuesta eficaz a los retos estructurales.

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Estas complejas y persistentes condiciones han producido la desocupación masiva de mano de obra calificada, sobre todo entre jóvenes que no trabajan ni estudian; el empobrecimiento de comunidades enteras; la emigración forzada y la desintegración de familias; y sobre todo la erosión institucional, en cuya débil base estos movimientos ilegales encuentran el caldo de cultivo para sus nocivas actividades, vulnerando, amenazando y perturbando el estado de Derecho, la independencia judicial, la supremacía de los poderes y la conservación de la paz.

Sin respuestas eficaces y convincentes a estas causas, la persistencia de estos flagelos no solo atenta contra la incapacidad de restablecer la seguridad pública y la confianza de la sociedad, sino que conlleva el riesgo de ahondar, aún más, el desgaste del ya frágil tejido social y el inminente deterioro del andamiaje estatal.


El Salvador que acudirá a las urnas en el 2019 es un país con una democracia joven e imperfecta, con insondables contrastes. Un país que ha atestiguado como la esperanza de muchos, se ha transformado en desilusión. Un pueblo que busca desesperadamente una causa a la cual entregarse, con una sociedad cada vez más comprometida en la búsqueda de un candidato a la altura de las circunstancias, que refleje aptitud política, capacidad técnica, conciencia de estado, vocación democrática y privilegie entendimientos.

Los candidatos presidenciales están ya en la parrilla de salida. Quien mejor entienda los anhelos de los electores y dé respuestas convincentes, interpretando fielmente las nobles pretensiones de los salvadoreños, y con ello conquiste el voto de los miles de jóvenes y adultos esperanzados en un El Salvador con futuro, seguramente ganará las elecciones.

Por ello, es imperativo que los partidos políticos comprendan que, si no generan empatías, compromisos que funcionen en las dos vías sin caer en el fanatismo, si no escuchan lo que la sociedad les dice, y sus plataformas políticas contemplen un rumbo diferente que conduzca al país por la senda del crecimiento, la derrota será la única consecuencia lógica.

Habrá que confiar en quien demuestre ser capaz de acceder y trabajar en nombre del poder de manera legítima, transparente, recta y humana. Quien preserve la normalidad democrática, respete la ley, fortalezca legítimamente las instituciones, actúe por convicción y por principios, y le devuelva la esperanza a un pueblo que ha luchado por sus legítimas conquistas y aspiraciones, las cuales han costado sangre y que hoy por hoy se encuentran olvidadas.




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