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Editorial & Opinion

¿Hacia la destrucción del Estado?

Dr. Mauricio Eduardo Colorado / Abogado

lunes 4, junio 2018 - 12:00 am

Las noticias que el diario vivir nos trae, son simplemente preocupantes. De hecho, han rebasado por mucho los límites normales de una sociedad civilizada que se precie de desarrollarse con normalidad en un ambiente en el cual la persona humana pueda buscar la satisfacción de sus necesidades naturales- alimentación, vestido, vivienda-, sin recurrir a extremos que lo introduzcan en la comisión de hechos delictivos e ilegalidades que le impidan el desarrollo normal de sus actividades.

Ya no es un hecho extraordinario conocer en el día a día, la muerte de parejas que dejan en la orfandad a criaturas inocentes, producto del amor de sus padres, que han intentado formar hogares dentro de la vida de pandilleros, lo que acarrea casos espeluznantes que cada vez con más frecuencia resultan en ajustes de cuentas, ajusticiamientos o venganzas, entre rivales de territorios que se disputan a muerte, productos que se comercializan en el bajo mundo, y se han hecho el “modus vivendi” de familias enteras que han abandonado las formalidades tradicionales de los trabajos formales, para dedicarse  a los trabajos fuera de la ley, como la comercialización de ilícitos, las extorsiones, el cobro de “rentas ilegales” y demás ilícitos que de no pagarse “voluntariamente” exponen a las víctimas de cualquier clase social, a sufrir toda clase se amenazas, incluyendo perder la vida.

Las autoridades, por su parte, declaran que cada día mejoran las estadísticas del control del crimen, en una comparación dudosa con las fechas de lo sucedido a las mismas fechas de años anteriores, pero muy pocas personas se los toman con seriedad, ante la aflictiva realidad que a diario se vive. Ciertamente se observan despliegues y operaciones en gran escala de operativos que producen aparentes grandes resultados y capturas de muchos involucrados en ilícitos, pero que de alguna forma, se tiene la impresión que a los pocos días regresan a la libertad debido a falta de pruebas, o a presiones o amenazas a las autoridades judiciales o administrativas que se ven presionadas a liberarlos, y regresarlos a sus delictivas actuaciones.

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Es frecuente leer noticias de apresados que recién han salido de las cárceles, donde acaban de cumplir condenas, y de nuevo regresan a cometer fechorías, ante el fracaso de los programas de reinserción a la sociedad trabajadora. Ya hemos expresado en otras oportunidades que las iglesias tienen una labor pendiente dentro de la sociedad salvadoreña, y en muchos casos porque han desviado los fines para los que deberían enfocarse, buscando satisfacer necesidades mundanas, y descuidando necesidades espirituales de trascendencia.

El factor político, actualmente en álgidos momentos de campaña electoral, es otro elemento que incide en los descuidos del factor seguridad nacional, ya que el enfoque de la búsqueda del poder, logra involuntariamente descuidar los aspectos normales en mantener los niveles de seguridad civil en la población, lo cual causa un efecto multiplicador en la delincuencia que, al observar deficiente control, provoca y estimula a más población a considerar unirse a la vía fácil de la forma de vida por los senderos de la delincuencia.


Sabemos que el momento que El Salvador vive es crítico, y que algunos sectores de la autoridad procuran imponer métodos para contener el avance del mal. Pero también se hace evidente que el crimen que cada vez toma posiciones no es ocasional, y definitivamente existen mentes dolosas detrás de tales avances criminales, que están ahogando nuestro país. Lo han demostrado algunos operativos que han desarrollado –por fin– las autoridades honestas. Bien por la Sala de lo Constitucional, que desechó las reformas a la ley de extinción de dominio decretada por malos diputados. Bien por la Fiscalía que en conjunto con la PNC desarrolla actividades que desmantela estructuras criminales organizadas. El estado de El Salvador no puede ser sometido por el mal. La corrupción tiene que ser derrotada.




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