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Editorial & Opinion

¿Hay paz política?

Aldo Álvarez / Abogado y catedrático

jueves 18, enero 2018 - 12:00 am

¿Cuál es el rumbo de la nación? Parece a veces tan obvio, tan claro, tan evidente, que me cuesta cada vez más entender por qué no se hace, o quizá sí o comprendo, pero lo encuentro tan injustificado, tan poco afable frente a las mayorías y a la vez tan mezquino frente a la responsabilidad histórica de hacer de este país un país organizado en forma política, económicamente desarrollado y socialmente ordenado.

En forma natural no nacen los desarrollos de las naciones como “agua del manantial”, ni surgen los Estados y la política por “generación espontánea”. Los Estados, su organización política, su sistema y su modelo económico, la forma en que se desea distribuir la riqueza generada, la forma en que se va a tratar a los menos favorecidos por la vida, la forma en que se van a esquematizar las leyes en pro de un visión política, de una causa, eso y todo lo que tiene que ver con la vida social, todo ello se decide y se plasma, se le da vida y forma en un orden de cosas cuya naturaleza es política, que ordinariamente se presenta en cartas fundacionales y se les suele llamar constituciones.

En nuestro país se ha creado una clase política que funciona en forma antidemocrática, funcionando “torcidamente”, y lo más grave es que se está afectando las grandes mayorías, a pesar de que su representatividad es muy baja, producto del abstencionismo y la baja votación que termina favoreciendo al bipartidismo, pues el voto duro y los clientes políticos –o sea una minoría- finaliza determinando las elecciones. Todo el futuro del país termina “engullido” por la sectaria y fundamentalista forma de la partidocracia, de defender intereses sectoriales económicos, tomados en forma de intereses partidarios de apariencia política, siendo incapaces de pactar un nuevo rumbo de la nación.

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Pero en el fondo, en el fondo, es una incapacidad simulada, pues lo que está detrás de eso es interés, un interés perverso de mantener el “status quo”, porque de ese estado se benefician mutuamente los polos, pues se “lucran” de la “enemistad” mutua para impedir los acuerdos y los cambios a posteriori. Ellos tienen fieles “amanuenses”, no hay ahí visión ni compromiso, sino interés también, pero uno más mercantilista, más personalizado, más privado quizá.

Y por el otro lado de la perversidad, un pueblo mayoritariamente apático al proceso electoral, en franca indiferencia a lo que la partidocracia y sus desmanes hagan, a los insultos, a los teatros, a la romería de tropelías que a la democracia le hacen en ese circo que montan seguido en la mal llamada “casa del pueblo”, que parece que no acciona, sino quizá hasta tener “el agua un poquito más arriba del cuello”. ¿Es que acaso debe ser así en un contexto en el que el impulso de los cambios sociales y políticos necesitan de una vigorosa y portentosa confluencia de fuerzas y apoyos colectivos para lograr no sólo quebrar la partidocracia, sino reformar el sistema político y electoral completo?


Muchas cosas en este país se han modificado en los últimos tiempos, por ejemplo, los grupos antiguos de vagos e inadaptados juveniles de los barrios que se peleaban por “bagatelas” hace tres décadas, ahora son poderosas organizaciones criminales que controlan territorios y amedrentan hasta la autoridad pública. Asimismo, también la clase política mutó y también la forma de hacer “negocios” desde el Estado, del descarado “gavetazo” de las arcas públicas en los tiempos de “conciliación”, pasando por la creación de leyes con dedicatoria a la adquisición de activos para “amigos del sector” —económico por supuesto—, como el del célebre “presidente de la paz”, hasta llegar al “diezmo” para las obras públicas —la llamada “máquina de hacer dinero”—.

Pero en todo eso la clase política de la post-guerra también mutó y llegó la “partidocracia”, esa especie de Estado sobre Estado, gobierno de las cúpulas, el gobierno de los sectores —de turno —, adonde el de la oposición se mira cual reflejo en su antípoda. Y no quieren dialogar, o más bien con señas, con “amagos”, viendo al público, pensando en las próximas elecciones, sin aparente compromiso con las mayorías, sólo con su sector económico ¿económico? Banderas, símbolos, marchas, “slogans”, brazos levantados de un lado y de otro, abiertos o empuñados, colores, etc., todos es “marketing”, el país parece que ha dejado de ser su principal prioridad, más bien las mayorías. Pero, bueno, ¿qué nos extraña? Si así es la esencia fundamental de la rancia partidocracia…




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