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Editorial & Opinion

Hermanos tepesianos

Carlos Alvarenga Arias / Abogado y MAE

martes 7, noviembre 2017 - 12:00 am

Hasta ese apelativo tan horrible parece extraterrestre, y es que, por desgracia, eso son nuestros compatriotas que viven allá.

Por eso surgieron las maras o pandillas, en los barrios de California, porque nunca vieron a los salvadoreños como emigrantes que llegaban a engrandecer a “América”, como dicen ellos, los otros. Y siempre sufrieron menosprecio, marginación, y golpes y hasta la muerte. Tuvieron que unirse y organizarse, y cuando los enviaron de regreso ya venían mejor preparados que el mismo Estado. Por eso han tenido tanto éxito, macabro éxito.

Tal vez si se hubieran unido los beneficiados al TPS hubiera sido otra la historia. Quién sabe, todo queda en la especulación, pero la Historia es así, y ahorita da miedo lo que nos dice: entre 156 mil a 200 mil compatriotas están por ser “devueltos”, como producto de tercera categoría, inservible, “out let”, saldos invendibles, no reciclables.

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Nuestra gente no es apreciada por el actual gobierno porque pareciera que toda esa mano de obra no la necesita. ¿La querremos y ayudaremos nosotros?

Tal vez si se hubieran unido para apoyar a Hillary Clinton, ¡Ah!, perdón, si ya me acordé que quienes apoyaban a Trump fueron los salvadoreños que ya estaban con su estatus migratorio en regla.


Bueno, para que vean la cosa, que no hay tal solidaridad, que el ser humano -se confirma en esto-, es egoísta por naturaleza, solo vela por sus intereses; y los salvadoreños con el estatus temporal o sin papeles algunos, son un bagazo sin rostro, apátrida, sin vínculo sanguíneo, ni cultural, ni afectivo.

¡Fuera espaldas mojadas! Así era el grito de los salvadoreños con papeles cada vez que votaron por Trump.

Ni queridos por sus compatriotas (es un eufemismo), en los EE.UU., ni deseados en El Salvador.

Pero lo que me motivó a escribir este artículo es otra cosa, otra situación. ¿Qué tipo de país es ahora el que los va a recibir a diferencia del país que los expulsó? Un país peor.

El país con el índice de crecimiento más bajo en la América hispanoparlante, el más violento de la región, un país gobernado por narco pandillas, un partido político en el gobierno señalado por actos de corrupción con un angelical y honesto presidente que no sabe para dónde queda el Norte. Sin inversión extranjera, una inversión doméstica inexistente, aniquilada por las extorsiones, y por lo tanto, cero fuentes de trabajo para los que viven en el país, menos para ese pueblo que vaga por el desierto.

¡Óiganme! No es ser pesimista, es ser realista, y no lo digo yo, lo dicen los números. Ahora la pregunta del millón: ¿Qué vamos a hacer? ¿Tiene alguna idea el gobierno efemelenista qué es lo que va a hacer con toda esta nuestra gente?

Mi lejanía y ocupaciones no me dejan estar más al tanto de lo que los pensadores, intelectuales, tanques de pensamiento han hablado al respecto, pero por lo que ojeo en los diarios digitales, no veo que haya algo concreto, solo la preocupación generalizada, las críticas desgarradoras, sacando agua del pozo para su molino en el permanente y deprimente espectáculo que nos brinda nuestra clase política.

Los “tepesianos” (como detesto ese apelativo), fueron aliens en una tierra que no los absorbió. Fueron extraterrestres y hasta cierto punto irritantes, a pesar de su trabajo, su esfuerzo, su honestidad (me refiero a los que fueron así). Y encima los de las maras han llegado a hacer de las suyas. O sea, como si el demonio necesitara razones para odiar.

Nuestra gente dejará sueños, trabajos, amigos, parejas. Tantas cosas que al final no solo vienen miles de salvadoreños de regreso, sino que vienen miles y miles de problemas económicos, familiares, psicológicos, sociológicos, demográficos.

Aquí me veo obligado a ser pesimista: eso sí es apocalíptico.




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