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Editorial & Opinion

Iglesia y política

Mauricio E. Colorado/Abogado

Lunes 23, Enero 2017 - 12:00 am

“Mi reino no es de este mundo”. “Dar al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios”. En ocasión de las “celebraciones” por haber llegado a 25 años de la firma de los acuerdos de paz, que impusieron el cese de fuego de la guerra de salvadoreños contra salvadoreños, observamos muchas manifestaciones relativas al tema, de los más variados colores y con los más diversos comentarios. Se quiera o no, o como dijo un conocido personaje “les guste o no” lo cierto es que la firma en Chapultepec, puso fin a las hostilidades armadas y El Salvador pasó a una nueva etapa en su lento desarrollo político.

Personalmente me llamó la atención, que un dignatario católico conocido en el pasado por su constante intención por figurar en las noticias políticas de El Salvador, y aprovechando la ausencia del representante titular de la Iglesia Católica salvadoreña, la ofreció como mediadora en una supuesta y necesaria segunda ronda para darle vigencia a un nuevo acuerdo de paz para nuestra nación. Como si la Iglesia no tuviere tanto trabajo pendiente en su misión pastoral, a esta hora busca nuevamente involucrarse dentro del ajetreo político nacional, para “meter su cuchara” en política.

Hay varios casos que deberían ser ejemplares  para las autoridades religiosas, que sugieren la abstención de intervenir en forma directa en cuestiones políticas. El caso del asesinato del ahora Beato Monseñor Romero es el más importante, y lo mencionamos por varias razones. El beato, descuidando su labor pastoral, dejó de hacer uso del poder de la palabra en el púlpito de Catedral, más bien lo utilizó como instrumento incendiario para combatir al gobierno de turno. Y pese a que ante Roma el caso se presentó como de odio a la fe, en El Salvador todos saben que el crimen tenía causa y efectos políticos: Se quería evitar la toma del poder de un grupo político, alzado en armas.

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Mucho después, se conoció además que el promotor de la causa de Romero para elevarlo a los altares de la Santidad, fue un sacerdote que por tener oculto un pasado cuestionado, fue expulsado de su oficio pastoral, por una inclemente autoridad eclesiástica. Otro ejemplo que demostró un nuevo error, fue la participación en la malhadada tregua entre pandillas, en la cual se involucró –de buena o mala fe, no sabemos- a un representante de la iglesia, con la intención de elevar la gestión a un nivel religioso de “santidad” aunque todos hemos conocido la instrumentalización de la falsa tregua, para favorecer únicamente a las pandillas. En la actualidad, la iglesia aparentemente se auto propone para integrar una mediación en “un segundo acuerdo” de paz, como si no tuviera, repetimos, una enorme carga en su función pastoral.

Con solo lograr convencer a la grey de respetar el mandamiento NO MATARÁS, sería un gran avance para el agobiado pueblo salvadoreño. Pero la realidad es que aca pareciera que la Iglesia (o por lo menos algunos de sus dignatarios) no digieren el hecho de que la separación de Estado e Iglesia, fue producto natural del desarrollo de la humanidad. Finalmente, es necesario establecer, que la manera de pensar de muchos católicos diferente a autoridades religiosas, no es sinónimo de rebeldía, ni apostasía, sino más bien de razonar con lógica moderna, para engrandecer la fe. El centro del universo no es precisamente la tierra, y científicamente se comprobó hace años que es la tierra la que gira alrededor del sol (y sin embargo se mueve), y por lo tanto no procede aplicarle la hoguera al disidente. Nuestro país se merece un futuro luminoso, no oscurantista, que nos deje progresar, y no encadenarlo a criterios confesionales dogmáticos intransigentes.

Finalmente, un nuevo acuerdo de paz implicaría dialogar con las pandillas, lo cual es inaceptable para la doctrina religiosa, ya que lo moral o lo religioso no permite dobleces ni concesiones. Zapatero a tus zapatos. La iglesia a su misión de evangelizar, y el pueblo a resolver entre ellos las formas de convivencia social. Los políticos, a regenerarse y después a hacer política.




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