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Editorial & Opinion

Inconsecuencias Ateas (I)

Federico Hernández Aguilar / Escritor

Jueves 12, Mayo 2016 - 12:00 am

Comienzo esta serie de artículos diciendo que la fe es una experiencia humana muy singular. Tanto para escépticos como para creyentes, el debate sobre la trascendencia constituye un desafío. Los agnósticos, por ejemplo, no se atreven a descartar la posibilidad de que Dios exista, sino que niegan haber hallado pruebas de su existencia. La postura de los ateos, en cambio, parte de un supuesto de fe, porque ellos sí creen que Dios no existe. Y esta afirmación negativa, desde la perspectiva materialista, viene a tener idéntico valor objetivo que la postura del creyente religioso, porque afirma algo que tampoco puede probar.

Estamos delante de un argumento circular: ni los creyentes podemos demostrar, científicamente, que Dios sea una realidad, ni los ateos han logrado confirmar lo opuesto. La diferencia se encuentra, me parece, en los campos (claramente distintos, pero no forzosamente antagónicos) que ambos grupos invocamos para sostener nuestras creencias. El ateo pretende decirnos que el campo ideal de esta “lucha” es el de la ciencia; los hombres de fe consideramos, sin descartar la ciencia, que las pruebas de Dios no pueden ser únicamente materiales.

En su “cancha”, la de la ciencia, los ateos mantienen una postura compleja y un poco resbaladiza. Además de la imposibilidad de aportar pruebas científicas de todas las experiencias humanas –por mucho que me esfuerce, por ejemplo, me es materialmente imposible “probarle” a alguien cuánto quise a mi abuelita–, son los escépticos quienes deberían sentirse obligados a ofrecer las evidencias que nos reclaman a los creyentes. ¿Por qué habríamos de ofrecer esas evidencias nosotros, puesto que jamás hemos reducido los márgenes de extracción de las pruebas de la existencia de Dios a la pura materia?

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En la época en que milité en las filas de los ateos me topé con esta disyuntiva y confieso que ya no pude dormir tranquilo. Si era cierto que el debate sobre la divinidad se “salía” del terreno científico, la imposibilidad de la ciencia para responder a las más antiguas y profundas interrogantes humanas constituía un argumento a favor de la fe, no del ateísmo. Fue así como entendí que la afirmación “Dios es una ilusión” es puramente filosófica, por mucho que la diga un científico.

Cuando hace algunos años Stephen Hawking aseveró que la física no ha encontrado evidencias de la divinidad, muchos creyentes hicimos notar que las deducciones ulteriores del célebre astrofísico rebasaban el campo de su observación científica, haciéndole recalar en la especulación filosófica. De igual modo, el creyente médico que observa la curación inexplicable de un cáncer no debe concluir que la ciencia ha “demostrado” la existencia de Dios. La medicina, si acaso, le permitirá afirmar que la enfermedad, en efecto, ha desaparecido; y será su fe la que le brindará la explicación última detrás de aquel prodigio, que él ha reconocido científicamente inexplicable.

No obstante las observaciones y hallazgos de científicos relevantes que han terminado aceptando la existencia de Dios, ninguno de ellos afirma que la ciencia es el campo del que se obtiene el conocimiento de las realidades trascendentes. Su coherencia intelectual les impide caer en ese simplismo. Viene al caso una muy ilustrativa cita de Francis Collins, que por casi una década (hasta 2008) estuvo a cargo del famoso Proyecto del Genoma Humano: “Hay buenas razones para creer en Dios, incluida la existencia de principios matemáticos y un orden en la creación. Son razones positivas, basadas en el conocimiento, más que en suposiciones fundamentadas en una falta provisional de conocimiento”.

En efecto, para el materialista, todo lo que existe se halla dentro de los límites que imponen el espacio y el tiempo. Creer en Dios le obligaría a concebir una realidad que previamente descarta. Los creyentes, por nuestro lado, no entendemos a Dios reducido al espacio y al tiempo, motivo por el cual nos resultan tan opacos y hasta infantiles algunos de los más socorridos “argumentos” materialistas.




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