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Editorial & Opinion

Jerusalén, capital de Israel

Rafael Domínguez / Periodista

miércoles 23, mayo 2018 - 12:00 am

En mi visita a Israel la semana pasada como invitado por la organización Friends of Zion a los actos de celebración de los 70 años del estado israelí y los movimientos de las embajadas de EE.UU. y Guatemala a Jerusalén, pude constatar que hay un pueblo que reclama justamente su capital “eterna e indivisible” y que no hay derecho alguno en el mundo que pueda darle a una entidad, cualquiera que sea, el poder de definir sobre dicho pueblo.

Jerusalén es y ha sido la capital de Israel y el pueblo hebreo desde hace más de tres mil años, desde cuando David la determinó la ciudad de su reinado en 1003 aC., fue así por los siguientes 400 años y nunca en toda su historia fue capital de ninguna otra nación; más bien, fue ciudad conquistada y destruida, reconstruida y derribada muchas más veces que ninguna otra ciudad en el mundo; pero siempre fue y es considerada por el pueblo judío la capital de su nación. Aún bajo el dominio musulmán, Jerusalén nunca fue una capital o ciudad principal ya que fue dominada y administrada desde Damasco, Bagdad y el Cairo, incluso en los tiempos Otomanos hasta 1917 fue administrada desde Constantinopla.

Además del territorio, en juego están las relaciones espirituales y religiosas, las que se acrecentaron en las ocupaciones diversas que ha sufrido la ciudad santa, pues el pueblo israelí ha sido muchas veces sojuzgado y sometido y con ello sus creencias y tradiciones, pero su derecho a existir nunca ha dejado de ser y no se le puede negar; fue así que en 1947, cuando Palestina estaba bajo la dominación inglesa que se determinó la posibilidad de crear un estado judío y un estado árabe, dejando Jerusalén como un territorio separado bajo un régimen especial internacional, pero fueron los árabes quienes rechazaron esta propuesta. Israel fue creado en 1948 y adoptó Jerusalén como su capital, aunque ésta se encontraba dividida en Este y Oeste, una parte controlada por Jordania y la otra, por Israel. Fue hasta 1967, luego de la guerra de los seis días, que Israel avanzó con su ejército y conquistó la Jerusalén Este y en 1980 la declaró su capital “eterna e indivisible”.

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El reconocimiento internacional se volvió la zona del debate. En 1995 EE.UU. definió que reconocería a Jerusalén como capital de Israel, pero el Congreso dejó a decisión de los presidentes el momento para hacerlo; cada presidente fue pasando sin tomar decisión, hasta que Donald Trump emitió el acuerdo ejecutivo para el traslado y la semana pasada cumplió la promesa; eso arrastró a Guatemala, quien dos días después también abrió su nueva embajada en Jerusalén y este lunes fue Paraguay que también tomó acción; Israel ya tiene la promesa de Honduras y otros países lo están también contemplando.

En el lado contrario de la opinión, Israel ocupa territorio palestino que también dice que Jerusalén Este es su capital, lo que permanentemente aviva el conflicto; sin embargo, Israel convive y permite el desarrollo pleno de todos los habitantes dentro de la ciudad y de su territorio; está claro que lo que dramatiza el problema no es un elemento solo territorial ya que hay suficiente tierra como para que palestinos y judíos vivan ampliamente en el sector; lo que lo dramatiza es el encarnizado combate por hacer desaparecer al estado judío en una lucha étnica y religiosa sin límites que lleva a Israel a su constante estado de defensa, y a los árabes palestinos a su constante estado de ataque. El problema se concentra en la franja de Gaza, un espacio conquistado por Israel en 1967 y devuelto a la administración palestina tras los acuerdos de Oslo en 1994, son unos 360 kilómetros cuadrados, donde habitan más de 1.5 millones de palestinos y es gobernada por Hamas que se opone al estado de Israel y niega todos los acuerdos previos logrados por la OLP con Israel, convirtiéndose en una organización terrorista y así considerada por la comunidad internacional.


El contexto histórico y espiritual de Jerusalén para las religiones monoteístas es relevante porque musulmanes, judíos y cristianos tenemos el ombligo espiritual en esa ciudad, pero a las legales no puede negarse que es la capital del Estado de Israel, le respalda la historia y ahora el reconocimiento internacional; El Salvador pronto deberá sumarse y mover su embajada a Jerusalén, para que de una vez por todas la paz pueda llegar a la región, y tanto palestinos como israelitas puedan determinarse su destino, cada uno en sus territorios y con sus recursos; no hacerlo es mantener el soplo sobre las brasas y alentar la búsqueda de solución por medio de la violencia.




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