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Editorial & Opinion

Jóvenes víctimas y victimarios del odio sin sentido

Jaime Ulises Marinero / Periodista

martes 14, febrero 2017 - 12:00 am

El martes 8 de marzo de 2016 Carlos Eulises López Mejía, de apenas 15 años de edad, se levantó temprano, se despidió de su madre y abordó el camión que desde el cantón San Laureano de Ciudad Delgado lo iba a trasladar hasta el Instituto Nacional General Francisco Menéndez (Inframen), donde estudiaba primer año de bachillerato general.

A eso de las 6:30 a.m. al llegar a la comunidad Santa Gema, cerca de la carretera de Oro, varios pandilleros armados interceptaron el camión, bajaron a Carlos y frente a los pasajeros le dispararon hasta matarlo. El cuerpo quedó en la calle polvosa hasta donde llegó su madre para reconocerlo.  Las imágenes de la mujer llorando desconsoladamente mientras recogía los útiles escolares y los zapatos de su hijo hicieron llorar hasta a los periodistas que cubrían el hecho. Apenas dos días antes del asesinato de su hijo pandilleros le habían matado a un hermano, cuyo cadáver no había retirado de Medicina Legal porque no tenía para el ataúd.

Algunos testigos identificaron a los homicidas y colaboraron con las autoridades que lograron arrestar en flagrancia a Walter Ernesto Ramírez, quien el año pasado fue condenado a 20 años de prisión por este homicidio. Posteriormente fueron arrestados Luis Fernando Pérez López, Óscar Saúl Mejía Cortez y José Antonio Mejía Alvarenga, quienes el jueves pasado también fueron condenados a 20 años de prisión por la muerte del estudiante, a quien mataron solo porque se negó a integrar las pandillas y decidió seguir estudiando. El sueño de Carlos era obtener su bachillerato y luego trabajar para ayudar a su madre y costearse la universidad.

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Los cuatro homicidas son jóvenes cuyas edades oscilan entre los 21 y 23 años, es decir, que si cumplen a cabalidad su pena saldrán libres cuando sus edades oscilen entre los 41 y 43 años. Habrán desperdiciado 20 años de su vida, tal vez la mejor edad del ser humano.

Durante el juicio, sus abogados defensores hasta se pelearon con periodistas a quienes culparon de mediatizar un “simple homicidio” con el afán de dañar la imagen de tres jóvenes que, según ellos, eran inocentes. No obstante, las pruebas fueron tan contundentes y el juez no tuvo más que condenar.


En otro juicio, el viernes pasado, otro juez condenó a 25 años de prisión a los pandilleros Dimas Rosales Aguirre, de 21 años, y David Alexander Escoto, de 22, por haber participado en la muerte de Candelaria del Carmen Villatoro de Flores, de 56 años.  Los dos jóvenes, junto a otros cuatro pandilleros, mataron a la mujer, el 27 de febrero de 2016, en su vivienda en la avenida 29 de Agosto, a pocos metros del mercado central capitalino. Los pandilleros la mataron porque era la madre de un agente policial y estaba casada con otro policía.

Con estas dos condenas son seis los jóvenes, con edad de universitarios, que irán a la cárcel a pagar sus crímenes. Ninguno de los seis trabajaba o tan siquiera ha superado el noveno grado y cuatro de ellos proceden de hogares evangélicos. Todos, tras ser condenados, aceptaron ser pandilleros y pidieron a los jueces que los mandaran a un penal donde yacen presos miembros de sus pandillas. Literal-men———–te son seis vidas desperdiciadas por el crimen. Es una lástima que nuestra juventud esté en peligro permanente. Víctimas y victimarios suelen ser jóvenes motivados por odios fútiles y sin sentidos sociales, debido a la falta de valores en nuestra sociedad. En el país se mata por el simple placer de quitarle la vida a otros, porque hemos dejado crecer el odio entre los mismos jóvenes y hemos permitido que crezca la violencia a niveles insospechados. Por supuesto que se hace necesario mayor represión contra el delito y el delincuente, pero también de una política de prevención sistemática y desideologizada que proteja a los jóvenes. Es necesario endurecer las leyes contra la criminalidad.

Nuestra juventud se merece una esperanza. Hay que evitar que más jóvenes sigan muriendo por la criminalidad generada por otros jóvenes que a la postre también son víctimas de sus propios odios sin sentidos. Los cementerios y las cárceles no deberían ser morada de nuestra juventud y para ello la prevención es la clave.




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