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Política

La calle, el púlpito y la sangre

Federico Hernández Aguilar / Escritor

sábado 11, agosto 2018 - 12:01 am

Ganar la calle, patearla, ocuparla, es crucial para el éxito de cualquier rebelión. En Managua y otras ciudades las calles fueron alcanzadas por los ciudadanos antes que el régimen de Daniel Ortega pudiera reaccionar. En esos primeros días de revueltas espontáneas se tuvo la oportunidad de demostrarle al oficialismo que ya las carreteras, avenidas y barrios no le pertenecían.

Uno de los primeros jóvenes en participar en las protestas fue Diego Guadamuz, mejor conocido como “El chamán”. Diego ya estaba familiarizado con los plantones ciudadanos, porque en 2016, cuando el régimen empezaba a externar su deseo de hacer reformas al INSS, él y sus amigos habían custodiado las primeras manifestaciones de los ancianos afectados. Perteneciente a la comunidad indígena de Sutiaba, en León, Guadamuz es además un activo defensor del medio ambiente, por lo que el 3 de abril de 2018, ante el misterioso incendio que consumió unas 5 mil hectáreas de “Indio Maíz” —impresionante reserva biológica ubicada en la zona del río San Juan—, él toma la decisión de trasladarse a protestar a Managua.

“Quisimos reunirnos en el monumento a Alexis Argüello”, me relata Diego, “pero unas turbas de la Juventud Sandinista, conocida ahora como la Juventud Salvatrucha, se instalaron en aquel lugar al enterarse que íbamos para allá. Entonces desarrollamos nuestro primer plantón, el día 13, en la Universidad Centroamericana (UCA)”.

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Cuando pocos días después, a través del director ejecutivo del INSS, Roberto López, el gobierno anuncia las reformas que incrementaban el aporte de los trabajadores al sistema, Guadamuz y sus amigos corren a acompañar a los ancianos que iban a protestar el 18 de abril. Es entonces cuando ocurren las primeras agresiones de los grupos de choque orteguistas que dejan como saldo varios heridos, incluyendo ancianos.

“Esos grupos violentos”, cuenta Guadamuz, “llegaban con palos, piedras, cascos de moto, hasta cuchillos… Nosotros en ese momento actuamos defensivamente, retrocedemos, tratamos de hacerles ver que nos manifestábamos pacíficamente; pero ellos no entienden de racionalidad sino que actúan por instinto. Al golpearnos también golpean a los ancianos, incluyendo a una señora a la que le rajan la cabeza y cuyo video se viralizó la misma noche del 18. Y eso a los jóvenes nos molestó, despertando en nosotros ira, tristeza y vergüenza. Es entonces cuando nos volvemos a manifestar al día siguiente, y el dictador no solo manda a paramilitares sino que envía a la misma policía a reprimirnos”.


El resto es historia conocida. Los estudiantes tratan de hacer frente a los ataques y son obligados a buscar refugio en la UPOLI (Universidad Politécnica de Nicaragua), recinto que los muchachos se toman de manera cívica, con la autorización de los decanos. Así es como aquel se convierte en el primer bastión de lucha fuerte, organizado, estructurado, al cual la población empieza a trasladar, solidariamente, insumos médicos, víveres, ropa, en abierto y desafiante apoyo a quienes observan como los líderes emergentes de una lucha desigual contra la injusticia. En los próximos días, estudiantes y ciudadanos empiezan a construir barricadas para defenderse, como en los mejores tiempos de la resistencia contra el dictador Somoza.

 

El púlpito

Nicaragua ha sido tierra pródiga en poetas. Uno de los más queridos por el gran público es un sacerdote leonés, Azarías H. Pallais (1884-1954), que tiene un poema dedicado a la doble naturaleza, civilizada y salvaje, del ser humano: “Libres. Esclavos. Paz. Balas… La barbarie nunca falta”.

Y esa barbarie de que hablaba el padre Pallais campea hoy en su amada Nicaragua. Y han sido otros sacerdotes los que han puesto el pecho entre esa brutalidad y el pueblo nicaragüense, “armados”, no con versos modernistas, sino con el rosario, la custodia y un verbo encendido que haría enorgullecer al cura poeta de León.

Figura central del coraje con que la Iglesia Católica nicaragüense ha acompañado la resistencia pacífica contra Ortega es un carmelita descalzo de 60 años al que Benedicto XVI, en 2009, lo elevó al cargo de Obispo Auxiliar de Managua: Silvio José Báez, uno de los intelectuales más lúcidos con que cuenta el catolicismo latinoamericano en la actualidad.

Por línea materna, Báez ostenta el apellido Ortega, lo que le hace primo hermano del dictador al que hoy enfrenta. Jamás pensó estar en la dura situación en la que le ha colocado la historia. Su vida transcurría plácidamente en Roma, como reconocido exégeta bíblico, cuando el papa Benedicto le envió a auxiliar a monseñor Leopoldo Brenes, arzobispo de Managua y futuro Cardenal. Fue la obediencia al pontífice lo que le hizo aceptar aquella responsabilidad. Báez hubiera preferido quedarse en el Vaticano, entre otras cosas porque no abundan los sacerdotes que puedan traducir la Biblia desde los textos originales en griego o hebreo. Y él no solo hace eso, sino que sus investigaciones han sido catalogadas como ejemplares por los eruditos romanos.

A monseñor Báez le cabe el mérito de haber sido uno de los primeros líderes de la Iglesia en denunciar los desvíos autoritarios que estaba presentando el gobierno de su primo hermano. Trató de evitar la censura pública concurriendo a diálogos privados en los que compartió sus temores con funcionarios de todo nivel. Cuando tuvo claro que nadie en el gobierno le iba a tomar en serio, el obispo auxiliar empezó a usar el púlpito como medio para exigir los cambios.

En las fraudulentas elecciones de 2016, Báez ya no tuvo reparos. “En Nicaragua”, clamó, “estamos ante un sistema viciado de raíz, autoritario y antidemocrático”. De manera natural, y ante la escasez de dirigentes confiables, el liderazgo moral del obispo auxiliar de Managua llegó a su culmen cuando las iniciales refriegas en las calles arrojaron los primeros muertos.

 

La sangre

La sangre joven que corrió a raudales en Nicaragua, y que hizo llorar públicamente a Silvio Báez varias veces, ha terminado anegando hasta a las conciencias más aletargadas del mundo. A estas alturas ya no es posible defender al régimen de Ortega, a menos que se tengan pactos oscuros con él o que las afinidades ideológicas sean más fuertes que los escrúpulos.

Diego Guadamuz, “El chamán” del MA-18 (Movimiento Autónomo 18 de Abril, como se da en llamar ahora su grupo juvenil), está convencido de que la sangre derramada por la dictadura de Ortega no será en vano. “Los chavalos están bravos”, me afirma desde su exilio en Canadá. “Su nobleza no tiene precedentes. Luchan por justicia, por democracia, por libertad. Una de nuestras consignas dice que preferimos ser león un día que ser una cucaracha 100 años. Si es necesario dar la vida por la libertad, pues la damos”.

La vicepresidente y esposa del mandatario, Rosario Murillo, ha querido minimizar la causa estudiantil menospreciando su poder de convocatoria. Daniel Ortega ha llamado “golpistas” a los miembros de la Conferencia Episcopal de Nicaragua. Guadamuz me asegura que la “Chamuca” —así se refieren a Murillo, comparándola con el mismo demonio— está desvariando si piensa que los jóvenes van a rendirse. “Le espera un duro despertar”, me asegura. En tanto, a las acusaciones de Ortega ha respondido monseñor Báez en Twitter: “La iglesia no sufre por ser calumniada, agredida y perseguida… sino por quienes han sido asesinados, por las familias que lloran, por los detenidos injustamente…”.

Nadie parece dispuesto a retroceder. Y los ejemplos de heroísmo se multiplican, encadenando episodios que un día figurarán en los libros de historia.




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