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Editorial & Opinion

La corrupción

Rafael Domínguez / Periodista

miércoles 6, diciembre 2017 - 12:00 am

¿Quién es el corrupto?  ¿Por qué y cómo nace un corrupto? Estas son preguntas que me imagino cualquiera se ha hecho a lo largo de su vida o al encontrarse con las noticias recientes de grandes hombres y mujeres de la política nacional e internacional metidas en la corrupción; si no, es momento de hacerlas y de plantearnos frente a esto alguna solución.

Lo interesante es que el corrupto es todo ser humano, toda persona, que faltando a sus principios, o no teniéndolos, abusa de su posición de poder para provecho propio, tomando recursos, bienes, personas o cualquier cosa para su propio fin. Pero el corrupto no solo es el funcionario público, lo es también el empresario, el comerciante, el estudiante, el motorista, el periodista, el médico, abogado, el policía, el maestro, en fin, no hay profesión o actividad que se escape de la corrupción, porque tiene que ver con la persona y no con su actividad económica; tiene que ver con su educación, principios, valores, con su adaptabilidad a la realidad económica y a la capacidad de control frente a la ambición de poder y riqueza.

Corruptos somos todos cuando nos pasamos el semáforo, al evadir impuestos, al fotocopiar un libro, al mentir en algún dato personal, al enamorar con mentiras. Somos corruptos cuando no damos el vuelto cabal, cuando no queremos pagar lo justo y cuando regateamos por algún servicio teniendo para pagar. La corrupción está en todos lados, pero se magnifica cuando las personas llegan a los cargos públicos porque aprovechan las debilidades del sistema, y obtienen recursos y beneficios personales a costa de los contribuyentes.

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Ser corrupto no es difícil, se necesitan solo dos elementos: la falta de principios sólidos y una legislación no aplicada; es decir, que la debilidad humana presente en todos solo puede contenerse cuando se sabe que el castigo es real, inmediato y suficientemente drástico o se contiene por la fuerza de los principios bien arraigados a la conciencia de tal forma que robar o corromperse no es una opción. Entonces la pregunta de “¿cómo nace un corrupto?” se responde hurgando en la preparación emocional, espiritual y de principios que las personas hemos tenido. Un corrupto nace cuando esos principios han sido flojos o, aunque presentes, son erosionados por los malos ejemplos, por la facilidad con la que vemos a otros romper las reglas y no recibir castigo. En el caso de la política, incluso, vemos corruptos que reciben reconocimiento y mejores puestos aun cuando se sabe que no son sujetos de buen actuar . Eso golpea a la sociedad, desmotiva al honesto, al que teniendo principios cree que puede deshacerse de ellos por un momento, por tan solo una ocasión y aprovecha a robar.

Así de sencillo: si  nuestro hogar y la escuela, los grandes educadores naturales, dejaron de ser ejemplo positivo y los principios y valores pasaron a la gaveta de los recuerdos, los corruptos se reproducirán por miles, eso es lo que ha pasado en las últimas décadas. Y como dice el Departamento de Estado de los Estados Unidos: en El Salvador, la corrupción tristemente es generalizada.


Los efectos de la corrupción son ahora notables,  cuando ya no hay recurso público para lo esencial como la medicina, servicios básicos, infraestructura de desarrollo y calidad de educación, porque la corrupción no solo implica que alguien se lleve lo que no es suyo, sino implica muertes, letargo y pobreza en el mediano plazo. Eso nos está pasando la factura y el ciudadano lo sabe, pero también la corrupción está hoy en los contratos, en las iglesias, en las compras y negocios, está en el que se roba el parqueo de otro con un cono, en el que se mete a la fila o el que pide prestado y no paga.

De tal manera que en esta semana de la transparencia, los ciudadanos debemos nuevamente exigirnos menos corrupción, reconociendo que los corruptos de hoy son parte de lo que no se hizo en sus hogares en el pasado.  Es la pérdida de los valores y de un sistema judicial que no aplica la ley a la corrupción como debería, porque creemos que es un delito de menor relevancia que el asesinato, la violación o el robo a mano armada. Creo que el reto está en revalorizar la corrupción como delito y darnos cuenta de que es el peor delito que puede ocurrir en un país lleno de pobreza.




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