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Editorial & Opinion

La Dalia y el Centro Histórico

Fidel López Eguizábal / Docente e investigador Universidad Francisco Gavidia

viernes 20, julio 2018 - 12:00 am

Esa tarde estuve escuchando a la Directora del colegio en donde estudia mi hija, la reunión informativa terminó pronto. Luego tomé rumbo hacia el centro de San Salvador, a pie, sin sentir miedo alguno. Primero contemplé las flores naturales que venden en la entrada del mercado San Miguelito, también me quedé un momento viendo el río El Arenal, sucio y descuidado. En otros países los ríos que cruzan las ciudades llevan su ruta con limpieza.

Siguiendo el camino hacia el Centro Histórico de San Salvador, las voces de los mercaderes se confundían. Mi primer estación fue la tumba de Monseñor Romero, primero le tomé una foto al altar de la emblemática Catedral de San Salvador, bajé a una especia de sótano y encontré a muchos turistas con cámaras y celulares en mano tomando fotos a quien pronto será Santo. Unos devotos encendían velas, otros oraban; quizá, para que sane una enfermedad o para tener una plaza laboral. Eran las cinco de la tarde, pensé que era el momento justo para visitar  la iglesia El Rosario. A esa hora, el sol atraviesa los cristales y se producen mágicos colores. Pareciera que los rayos del sol entran cantando poemas. Una iglesia singular.

En tiempos de la guerra, eran lugares peligrosos, actualmente los que somos salvadoreños y exturistas entramos a esa zona con cierto miedo. Ya adentro, no sentí temor alguno y con celular en mano seguí tomando fotos a las estatuas de cemento y personas que se disfrazan de estatuas. En el centro convergen: vendedores, bailarines, grupos musicales y un torbellino de emociones. El cine Libertad, el museo del Banco Central de Reserva, la Biblioteca Nacional, son otros lugares para aprender de historia.

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Pregunté a un vendedor, ¿En dónde está la Dalia? Y me contestó ¡en ese pasillo suba!. El pasillo es estrecho y no parece que sea el idóneo para llegar en donde está ese lugar emblemático. Al entrar se ven mesas de billar, el bar y unas “maquinitas” para jugar estilo Las vegas. Unas personas extranjeras departían y las tertulias se entrecruzaban. Todas las mesas de billar estaban ocupadas. Se tenía que pagar tres dólares por hora, las cervezas nacionales se dejan ver en las mesas. En sí, yo pensaba que era una cantina de tercera categoría; empero, habían también personas extranjeras. Una persiana indica que adentro está la diversión, un lugar bohemio para olvidar las penas por un momento. Por cierto, el edificio en donde está ese club de billar lleva el mismo nombre “La Dalia”. Un lugar histórico, en donde sus primeros visitantes eran personas de alcurnia y se reunían para jugar billar y cartas. El piso, las paredes y otros detalles hacen transportarse a los forasteros a través del tiempo.

Le pedí permiso a un billarista para que me prestase un taco, quería tomarme una foto jugando billar. Mientras algunos jugaban dominó. La Dalia está en un edificio antiguo y en ese club, también se presentan grupos musicales. Lo más interesante es dejar la huella o firma en una pared. Se leen apellidos de muchas partes del mundo. Pues, con plumón en mano plasmé mi firma “Fidel Tacuba”. En ese billar jugó Lucha Villa, Pedro Infante, Aniceto Porsisoca y otros famosos. Ese rinconcito es mágico, es una ventana para los artistas y para conocer nuestra historia.


Al filo de las seis de la tarde visité el Teatro Nacional, un grupo de hip hop estaba en plena actuación. No era una obra teatral. La cuestión es que a los teatros también los ocupan para otros shows. Una arquitectura de admirar, hasta el baño hace un llamado de entrar y salir con educación. Salí alegre, y me dirigí otra vez a admirar el Palacio Nacional. Compré un café y una “novia”, me senté en el anden en donde albañiles, electricistas,  se sientan todos los días esperando les contraten. Mientras disfrutaba la tarde, unos evangélicos repartían comida y daban un mensaje de fe.

Me sentí un forastero, un turista. Muchos le infunden miedo a las personas para no ir. Es hermoso contemplar el Centro Histórico y visitar la Catedral, el parque Libertad, la Plaza Cívica Gerardo Barrios, etc. Mi idea era esperar la noche; así, pude tomar las fotos con la nueva iluminación. En verdad, parece un pedazo de Europa anclado en el centro de San Salvador. Hay mucha vigilancia y los turistas disfrutan la visita. Se me concedió conocer La Dalia. Es una antesala para visitarla en las fiestas agostinas ¡Volveré y tal vez me salga una carambola en el billar!




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