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Editorial & Opinion

La decencia, que conduce a la honestidad, puede vencer a la corrupción

Sherman Calvo / Publicista

viernes 1, septiembre 2017 - 12:00 am

En un contexto de acentuado desapego de la ciudadanía frente a la clase política, los escándalos ligados a casos de corrupción política contribuyen a exacerbar reacciones populistas y demagógicas.

No todos los políticos deben ni merecen ser demonizados o estigmatizados. Es peligroso e injusto afirmar de forma generalizada, que toda la clase política se corrompe y que todos los partidos reaccionan del mismo modo ante escándalos de corrupción. Pero colocar la pantalla de humo de la generalización de corruptelas dura el tiempo de una “llamarada de tuza” y carece de efecto balsámico, frente a la falta de credibilidad de aquellos dirigentes políticos que miran hacia otro lado o contemporizan ante escándalos de tal magnitud.

Decencia, es el recato, la compostura y la honestidad de cada persona. El concepto permite hacer referencia a la dignidad en los actos y en las palabras. Por ejemplo: “Encontrar un político con decencia es tan difícil como hallar una aguja en un pajar”. Puede definirse a la decencia como el valor que hace que una persona sea consciente de la propia dignidad humana.

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El concepto de decencia no es subjetivo. Un político alcanza el nivel de la decencia, el decoro, la dignidad, no cuando él se lo atribuye, sino cuando los demás se lo conceden. Un interesante ejemplo que registra la historia política norteamericana es el de Joseph McCarthy, quien era un político oportunista que había llegado discretamente al Senado. Joe McCarthy, que ciertamente era un individuo despreciable, agitó fantasmas, pero no logró llevar a juicio ni desenmascarar a nadie. En realidad se dedicaba a elegir víctimas fáciles y temerosas, a las que aterrorizaba con sus amenazas en las célebres sesiones radiales del Subcomité de Investigaciones del Senado, del cual era presidente.

A comienzos de 1954 McCarthy había rebasado los límites y ya nadie parecía estar a resguardo de las salpicaduras rojas del senador. Sin embargo, el verdugo fue Joseph N. Welch. El 9 de junio de 1954, McCarthy encontró su destino en la dignidad y las palabras de este abogado. La televisión registró el momento y hoy puede verse en YouTube. Welch no reacciona en esa entrevista, escucha tranquilamente, luego se acomoda, toma apuntes, pide la palabra y le exige con firmeza a McCarthy que lo escuche. El senador se hace el desentendido: “…puedo escuchar con un oído y hablar con…” Pero Welch le interrumpe: -”No, esta vez, señor, quiero que usted escuche con ambos oídos”, Welch dispara: “Al fin y al cabo, ¿Tiene usted sentido de la decencia? ¿No tiene sentido de la decencia? ¿Ha perdido el sentido de la decencia?” Esta vez McCarthy baja la cabeza, pero más bien como un toro; intenta un contraataque con una monótona perorata, pero ya está perdido. A Welch solo le basta con dar por terminada la discusión: -“Sr. McCarthy, no seguiré discutiendo con usted…” La sala estalla en aplausos, McCarthy baja la cabeza y Joseph N. Welch se convierte en un héroe nacional.


Moraleja: ¡Se necesitan muchos Joseph Welch en el mundo, se necesitan muchos Joseph Welch en El Salvador! Todos sabemos cuáles son las carencias que tiene la política en este país, todos hemos reflexionado en algún momento sobre ello, pero, ¿podemos hacer algo los ciudadanos para solucionar de una vez por todas la tremenda cantidad de deficiencias de nuestro sistema?

Llenémonos de valor y de los valores que hemos perdido como sociedad, usemos esos valores para reflexionar y cambiar lo que no está bien. El verdadero poder reside en la población. Defendamos cada día nuestros principios, utilicemos los verdaderos valores para vencer todo antivalor. La decencia, que conduce a la honestidad, puede vencer a la corrupción.




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