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Editorial & Opinion

La excelencia de la magistratura de la Corte Suprema de Justicia

Instituto Iberoamericano de Derecho Constitucional / Autor: René Fortín Magaña

viernes 4, mayo 2018 - 12:00 am

Ser Magistrado de la Corte Suprema de Justicia es la máxima posición a que pueden aspirar los profesionales del derecho por la sencilla razón que a ella están llamados los más probos y los más capaces, para administrar con sabiduría y rectitud la “pronta y cumplida justicia” de la que habla con imperio la Constitución de la República.

En ningún lugar como en el campo de la justicia cabe la trepidante frase de José Ingenieros: “Los grandes cerebros ascienden por la senda exclusiva del mérito; o por ninguna”. Y agrega: “La vanidad empuja al hombre vulgar a perseguir un empleo en la administración del Estado, indignamente si es necesario; sabe que su sombra lo necesita. El hombre excelente, por el contrario, se reconoce porque es capaz de renunciar a toda prebenda que tenga por precio una partícula de su dignidad.”.

Frente a las sombras históricas, diremos que para los tiranos y los déspotas que han abundado en nuestro continente, el Órgano Judicial ha sido su presa más codiciada, porque bajo el ropaje de justicia que muestran las sentencias judiciales, (verdaderas pieles de cordero) se han cometido las mayores atrocidades. ¿Qué respeto nos merece la Corte Suprema de Justicia de Venezuela, por ejemplo? ¿Y la de Bolivia, que con “sesudos” argumentos le otorga un cuarto periodo de gobierno al presidente de aquel país? y ¿Qué decir de la hondureña? ¿Son ellas representantes del derecho? ¿O amanuenses del absolutismo?

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En nuestro, país, estamos por elegir a cinco nuevos magistrados, cuatro de la Sala de lo Constitucional. De todos ellos exigimos lucidez, independencia, coraje, sabiduría y probidad. En cuanto a la lucidez, esperamos el amplio conocimiento no sólo de las leyes sino del Derecho en general que está axiológicamente iluminado por los valores de justicia, libertad y seguridad.

De la independencia, que es la cualidad fundamental, reclamamos se respete el  artículo 172 de la Constitución de la República, que expresa: “Los magistrados y jueces, en lo referente al ejercicio de la función jurisdiccional, son independientes y están sometidos exclusivamente a la Constitución y a las leyes”. Ojo: no son independientes para hacer lo que les dicta su albedrío, sino que están sometidos. ¿Sometidos a qué?, a la Constitución y a las leyes.  Sin embargo, hemos visto a lo largo de la historia magistrados que, envanecidos con la toga virtual que los distingue, han creído más que en la Constitución y las leyes, en su propio criterio e interés personal, cayendo impunemente en el perjurio y el prevaricato.


A la nueva generación de diputados, a quienes tocará elegir a los nuevos Magistrados de la Corte Suprema de Justicia, corresponde dar un paso más en el camino del progreso, no sólo material, sino en el de nuestras instituciones, para que la caravana de la vida siga un rumbo ascendente.

Dejemos atrás los contubernios, los combos, los cambalaches, los pactos bajo la mesa y los toma y daca, a que nos tenían maniatados los diputados del pasado en un perenne quid pro quo, que para nada tenía en cuenta el interés general. Existe un rayo de luz para los Magistrados probos y competentes: sus sentencias deben estar tan bien fundamentadas, lógica y éticamente, que por su elocuencia estén llamadas a ser modélicas, a sentar jurisprudencia y a convertirse en doctrina legal. Lo demás es rutinario, o escrito sin convicción o mala fe, en una hoja de papel que no abona la confianza popular en la justicia pública.

En algún momento tiene que llegar la hora que avancemos en la superación de nuestras instituciones. Y esa hora es la actual. La sociedad civil, en cuya vanguardia florece la juventud, está despierta y dispuesta a tomar su lugar en la historia. No esperemos más. Y actuemos como deben hacerlo los ciudadanos de un país libre, soberano e independiente, pues, como dice Will Durant en su libro “Filosofía, cultura y vida”: “Tras muchos errores y muchas dudas, llegaremos a comprender que, aunque en escala pequeña, también nosotros participamos en la actividad del mundo y que, si lo deseamos, podemos escribir con imaginación y saber, algunas líneas del misterioso drama que vivimos.”.




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