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Editorial & Opinion

La grandeza de alma llevada al extremo de la generosidad (I)

Dr. Alfredo Martínez Moreno / Abogado, escritor, excanciller y expresidente de la Corte Suprema de Justicia.

miércoles 29, marzo 2017 - 12:00 am

En mi longeva vida me ha tocado decir infinidad de discursos necrológicos, para rendir homenaje fúnebre de respeto a personajes de alta jerarquía cívica y social, a mentores y colegas que han dignificado mi existencia y hasta servidores domésticos que prestaron ayuda a mi familia con desinterés y lealtad.

Ahora, al paso a la eternidad del doctor Abraham Rodríguez, que me ha dejado con profundo pesar por su inmensa valía cívica, intelectual humana, y especialmente por su hombría de bien y su devoción patriótica, he decidido abstenerme de expresar un rutinario homenaje póstumo, y en cambio recordar gestos y actitudes suyos, que lo acreditan como un ser superior en el límpido campo espiritual de la hidalguía y de la bondad.

Quiero regresar a mediados del siglo veinte, concretamente al año de 1967, cuando en reñida lucha compitió por la Presidencia de la República con un militar de alto rango, Fidel Sánchez Hernández, candidato oficial de cierta popularidad, y perdió, según el conteo electoral, por un pequeño margen, que hizo que la oposición impugnara el resultado, sin mayores consecuencias.

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Yo no pertenecía a partido político alguno y supongo que por mi experiencia como catedrático universitario de derecho internacional y como asesor en materia de límites y de derecho del mar, fui escogido por el Presidente electo como Canciller de la República.

El gobernante militar, además de otras cualidades, se distinguía por dos atributos principales: en primer término, por una modestia auténtica al reconocer sin ambages sus limitaciones personales en varias ramas relevantes de la actividad humana, en especial en el campo del derecho, y luego en algo todavía más importante, que lo diré con sus propias palabras, al indicarme que el poder del gobernante en El Salvador es tan vasto, que si no se hace un autocontrol riguroso, se pueden cometer las mayores tropelías y arbitrariedades.


Constantemente solicitaba consejos a personas entendidas en diversas materias y un día de tantos me sorprendió con una idea que manifestó que desde varios días le bullía en la cabeza. Me dijo aproximadamente lo siguiente: -como tú sabes, pronto ha de celebrarse un foro latinoamericano de representantes personales de jefes de Estado para tratar asuntos muy importantes, y se me ha ocurrido que nadie me podría representar mejor que el doctor Abraham Rodríguez, mi contendiente en los pasados comicios, pero que respeto por ser un hombre de ingentes valores como ciudadano y como patriota. Le respondí: -es una idea notable, pero habría que consultarle porque le podría afectar políticamente.

Me pidió que le hablara al respecto con el mayor índice de persuasión posible. Visité al doctor Abraham Rodríguez, quien favorablemente sorprendido me manifestó que él estaría muy honrado y agradecido por la propuesta y que él aceptaría si su partido se lo autorizara, el cual lógicamente rechazó la propuesta. Llamo él al Presidente Sánchez Hernández y le agradeció vivamente el gentil ofrecimiento. Posteriormente, en asuntos delicados, el mandatario me pedía que solicitara el criterio de su antiguo contendiente y siempre se sometió a la lúcida opinión del doctor Rodríguez.

Es importante traer a cuento un asunto totalmente diferente, pero que es significativo por sus alcances cívicos y políticos. Una noche, a altas horas, tocaron el timbre de la puerta de mi casa y yo personalmente salí a abrir. Se trataba nada menos que de Monseñor Arturo Rivera y Damas, Obispo auxiliar de San Salvador, y del entonces sacerdote Alejandro Duarte, hermano del líder de la democracia cristiana José Napoleón Duarte. Me explicaron que llegaban a esa hora enviados por el señor Arzobispo, Monseñor Luis Chávez y González, quien confiaba en mí y estaba hondamente preocupado por el secuestro, en horas de la tarde, en un jeep de la Guardia Nacional, del sacerdote Inocencio Alas, al salir del Palacio Nacional, luego de participar en un foro sobre la reforma agraria.

Añadieron que había muchos testigos, la mayoría profesionales respetables que se encontraban en la Farmacia Aguirre, esquina apuesta al Palacio Nacional y que habían presenciado el atropello.




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