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Editorial & Opinion

La grandeza de alma llevada al extremo de la generosidad (II)

Dr. Alfredo Martínez Moreno / Abogado, escritor, excanciller y expresidente de la Corte Suprema de Justicia.

jueves 30, marzo 2017 - 12:00 am

Debo manifestar que por circunstancias inexplicables, acaso por mi posición apolítica, en contra de mi voluntad, yo había sido escogido por la Asamblea Legislativa para el cargo de Presidente de la Corte Suprema de Justicia, en una esfera importante para la cual yo casi no tenía experiencia.

Temprano de la mañana siguiente llegué a mi despacho en el Tribunal Supremo y tuvieron que permitir mi ingreso con una llave  maestra. Afortunadamente yo tenía en mi escritorio los números telefónicos de los magistrados, quienes ante mi llamada, llegaron lo más pronto posible a mi despacho. Les expliqué la situación y les indiqué que yo iba a hacer la gestión arzobispal en mi carácter de ciudadano, pero que me agradaría llevar el respaldo de la Corte Plena, a lo cual todos accedieron.

Me dirigí a Casa Presidencial, y el Presidente Sánchez Hernández, que no tenía conocimiento del ultraje al Padre Alas, pero que yo firmemente le indicaba que si le pasaba algo a dicho sacerdote, yo lo haría responsable a él, no por acción, sino por omisión, al tener en los cuerpos de seguridad a colaboradores de baja estirpe moral, violadores sistemáticos de los derechos humanos y de la libertades públicas.

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El gobernante, con dignidad y parsimonia ante mis andanadas, sinceramente apenado, llamó a varios militares de su confianza y a los directores de la Policía Nacional y de la Policía de Hacienda. Realmente, mis críticas eran severas y el gobernante evidentemente se interesó en la liberación del sacerdote secuestrado.

Al regresar yo a la Corte y cuando me aprestaba para informar sobre mi gestión al señor Arzobispo y a los magistrados, recibí una llamada del Presidente Sánchez Hernández, para informarme que habían encontrado al Padre Alas en una playa, en donde había sido ultrajado física y moralmente, que lo habían llevado a un hospital para su recuperación y que se esmeraría en que hubiera una fuerte sanción a los secuestradores.


He contado lo anterior, porque el doctor Rodríguez se enteró de ese caso por el propio señor Arzobispo, otro varón realmente santo, y llamó al Presidente Sánchez Hernández y a este servidor para solidarizarme ante el problema e inquirir si él podría ayudar en el asunto. Era notorio que ambos candidatos presidenciales mantenían una relación de amistad estrecha.

Cuando el general Sánchez Hernández falleció, sin que nadie me lo pidiera, recordando que él siempre respetó al Poder Judicial y que me había  distinguido con su honrosa consideración intelectual, decidí expresar mis sentimientos con un discurso sincero que se apartaba de lo usual y cité ejemplos de la hidalguía con que había enaltecido a su antiguo contendiente electoral, el doctor Rodríguez.

El distinguido jurista, que se encontraba en el cementerio entre los dolientes, delante de mí, tuteándola porque ya existía afecto entre ellos, le expresó sus condolencias realmente sentidas a Marina, la digna viuda del militar fallecido, y agregó que a él le encantaría hacerse cargo de las consiguientes diligencias sucesorales, lo cual realizó con gran celeridad y eficacia, sin cobrar un centavo y cubriendo de su peculio los gastos de esos trámites judiciales.

Cuando la viuda y sus hijos le dieron las gracias por su nobleza de ahora, simplemente les expresó que iba a llegar a su casa a tomarse un cafecito y a recordar a su amigo recién fallecido.

He citado esto, en un instante en que, con el pesar genuino prevalece la sinceridad, para expresar que la actitud munífica del doctor Rodríguez, una grandeza de alma llevada al extremo de la generosidad, consolidada con sus profundas creencias católicas, hace pensar que con hombres y conductas así, es probable vislumbrar en lontananza, en la lejanía con irradiaciones de concreción, la redención del pueblo salvadoreño, acosado por violencias y criminalidad incalculables, que no pueden destruir las virtudes sacrosantas de su espíritu atlacátida y de ejemplos renovados como el de José Simeón Cañas.

¡Que el doctor Abraham Rodríguez, hombre de ciencia y de bien, descanse en merecida paz y que el paradigma de su existencia fecunda y por mil títulos útil, ilumine y oriente el porvenir de la patria!




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