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Editorial & Opinion

La Guerra Fría del Hospitalito

Aura Jarquín / Antropóloga Política auricjar@gmail.com

jueves 24, agosto 2017 - 12:00 am

Quien nombra tiene poder. En el contexto que celebra el centenario del natalicio del beato Óscar Arnulfo Romero, cambiar el nombre a Ciudad Barrios que le vio nacer es más sencillo que cambiárselo a una Escuela Militar que le hizo padecer.

El verdadero reto de la Iglesia Católica que, pretende colonizar una ruta de peregrinación, comienza en el reconocimiento de la Guerra Fría que todavía incendia la Capilla del Hospital Divina Providencia: hospedaje del perseguido, escena del crimen, cuna del Martirio.

Después de acogerlo con tanto cariño como resignación, las Carmelitas descalzas sobreviven con el futuro Santo de espaldas. Mientras convivieron físicamente nunca lograron convencerle de bajar el tono a sus prédicas que diera por perdidos a los desparecidos o renunciara a exigir derechos, libertades, justicia para sus hermanos en Cristo. Menos ahora que se condensó en El Evangelio.

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El Hospitalito agoniza al ritmo cardiaco de sus pacientes abandonados en cuidados paliativos, pero sin acabar de morirse. En plena resistencia como la voz del Profeta. Toda obra benéfica vive de la fe, esperanza y caridad. Se multiplica con el llamado a la conversión de instrumentos de Dios que se persignan con la pezuña del diablo. Crece de la confianza en que los bienes ensangrentados también son de bendición. Así funciona la limosna, cuando lava conciencias y dinero, no ofrece ni le piden explicación.

A diferencia de los romeristas, las Carmelitas añoran aquella “época dorada” del Hospitalito cuando las donaciones edificaban sin culpa, recibían sin oración, cuando la generosidad de los ricos permitía una muerte digna sólo para una decena de pobres con cáncer. Desde 1964 esta maravillosa obra de Dios sólo iba creciendo porque conquistó a zurdos y diestros con la oferta libertaria del sufrimiento de pudientes y empobrecidos hasta que la Teología despellejó la llaga estructural, un francotirador declaró la guerra y nunca reconocieron los Acuerdos de Paz.


Fue entonces cuando la Guerra Fría se instaló en la condición de pobreza de los moribundos. Un diagnóstico abrumador para religiosas con vocación de servicio en el cuidado de enfermos no en la asistencia de soldados heridos en línea de fuego.

La llegada de un Arzobispo debió anunciarles prosperidad para el Hospitalito. Ninguna vio venir la santidad ni imaginaron que llegaba para apropiarse de aquella tierra donada y más tarde, bañada por la sangre del mártir al que le resguardó sus entrañas. Una tierra tan fértil donde se pudre el virtuoso noni y dulces guayabas porque ahí nadie llega con hambre.

Tierra santa en una colina que veneran turistas, peregrinos y curiosos pero de la que reniegan residentes, patrocinadores y vecinos que entre murmullos aún desprecian la memoria de un santo incómodo acusado de rechazar mansión para dormir entre sus colonos.

Los donantes continúan resentidos con el discurso del Profeta y siguen castigando al “Hospitalito” por recibirlo con amabilidad y autonomía. Ponen a prueba la fe de la Congregación para que les siga resolviendo la Divina Providencia. Las monjitas se quejan en la web de carencia de cheques y para recuperarlos eligen marcar distancia de la religiosidad popular, al menos en su culto de la Capillita que, separa al fino casero de fieles necios que se consideran herederos del Pastor.

Quien tiene poder nombra, descalifica, excluye. Hoy ni religiosos ni laicos saben cómo desalojar una sombra que sigue recordándoles los límites institucionales y juzgándoles por su interpretación sobre la OPCIÓN preferencial por los pobres justo donde salpicó con el ejemplo antes del cambio de moneda que sigue comprando baratas las voluntades.

No es personal. Como en Oriente Medio, es un conflicto simbólico entre un modelo económico y su cría bastarda. Un performance donde los actores no pueden improvisar porque vaciarían el personaje. La pregunta es cuándo cambiarán el nombre a ese teatro de operaciones, donde no faltan mercenarios, treguas, heridos, bajas y un solo Mártir que da sentido a esa paradoja histórica.




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