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Editorial & Opinion

La indecencia de los sobresueldos

Jaime Ramírez Ortega / Consultor legal y de negocios

sábado 24, junio 2017 - 12:00 am

El salvadoreño que es cachimbón y honrado, no se queja de la pobreza que le rodea, y no se queda quieto en un solo trabajo, siempre anda en búsqueda de unos dólares extras para completar el sustento de su hogar; por ello, decide honradamente emprender una tienda en su casa, vender artilugios, panes con frijoles o pan dulce en la empresa donde trabaja, con el fin de obtener un sobresueldo que le permita hacerle frente al alto costo de la vida, ya que de por sí nuestro país atraviesa por una crisis económica que ha generado inflación, desigualdad, miseria, desempleo y marginación.

Esa crisis golpea drásticamente a miles de familias salvadoreñas, provocando que algunos compatriotas emigren de forma ilegal a la unión del norte. También surgen resentimientos y crisis de valores que se convierten en crimen organizado, pandillas, narcomenudeo, corrupción, entre algunos antivalores que tienen a nuestra sociedad cabalgando por una inseguridad galopante que lleva más de una década sin que se pueda ver la luz del día ausente de homicidios.

Todo esto a la vista de los políticos reciclados (ARENA) y los de turno (FMLN) que tomaron juramento bajo la Constitución y al calor de la campaña electoral, donde prometieron que generarían empleos, oportunidades, que combatirían la corrupción, que trabajarían para una sociedad más justa y reducir así los niveles de pobreza que conducirían a El Salvador por el progreso, la paz y el desarrollo. No obstante, la historia nos ha demostrado que la derecha enriqueció a los suyos, fortaleció la oligarquía y marginó a los pobres.

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La izquierda, por su lado, con el discurso del antagonismo de clases, ganó simpatía, pero no pasó de la retórica: “el pueblo unido jamás será vencido”, ya que ha quedado en evidencia la incapacidad para administrar la cosa pública. Se esperaba más honestidad y transparencia que sus antecesores en el manejo de los recursos públicos, pero sobre todo, que se atrevieran a eliminar la partida secreta, para no tener la tentación de abusar deshonestamente como lo hizo ARENA.

Tiempo después y a fuerza de publicaciones, los salvadoreños nos hemos dado cuenta que algunos funcionarios del periodo de ARENA, que gozaban las mieles de un gran sueldo ($5,000.00) mensual o más, por hacer una labor de ocho horas diarias y 44 semanales, que cualquier salvadoreño en igualdad de condiciones profesionales podía realizar; pero por el hecho de haber nacido pobre, no tener un apellido de alcurnia y no tener un buen padrino dentro de las estructuras de ARENA, jamás pudo aspirar a un cargo de elección popular o a formar parte del gabinete de gobierno de ese entonces.


Pero como si el salario fuera poco, cada uno de los presidentes cruzaron la línea delgada que existe entre lo decente e indecente, y fue así que les otorgaban en concepto de emolumentos a sus funcionarios un sobresueldo jugoso, con la excusa de que el salario que se les pagaba era insuficiente con relación a lo que ellos percibían en sus empresas. De esta forma justificaban la indecencia, aduciendo que no era justo tratar así a sus funcionarios, con esa miseria de salarios, porque eso no les alcanzaría para el estilo de vida al que estaban acostumbrados.

Ahora bien, se esperaba que esta práctica corrupta se eliminara en los gobiernos del FMLN, por el discurso anticorrupción que manejaban; pero ha quedado claro que no solo continuaron con esa práctica oscura y corrupta de sobresueldos, sino que incrementaron la dosis y ampliaron el número de funcionarios que se nutren y enriquecen de la partida secreta, que, dicho sea de paso, estos recursos provienen de los miles de contribuyentes que hacen posible el patrocinio del estilo de vida de todos los funcionarios.

En consecuencia, el desviarse fondos públicos para otras actividades como los sobresueldos, y sin tasarse, se llama malversación de fondos y, por lo tanto, constitutivo de delito. Pero es importante recordarles a los gobernantes que la función pública es un servicio que se debe dar a la patria con decoro, hidalguía y pasión; sin esperar nada a cambio, sino ofreciendo los talentos al servicio de los más necesitados, ya que es mejor dar que recibir, tal como lo enseñó nuestro Señor Jesucristo.

Entonces, si no están preparados para servir bajo esas condiciones, ni están conformes con el salario, mejor renuncien, porque hay miles de salvadoreños con mejores capacidades y credenciales académicas, esperando hacer su trabajo por un tercio de su salario.




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