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Editorial & Opinion

La marcha de los sueños

Juan José Monsant Aristimuño / Exembajador venezolano en El Salvador

sábado 24, febrero 2018 - 12:00 am

Fueron 15 jóvenes, apenas saliendo de la adolescencia, cambiando la voz, viendo crecer sus pechos apuntando al infinito, que esa noche no regresarían a dormir a sus casas; tampoco las maestras caídas a sus hogares, a preparar la cena de esa noche, recoger el desorden de sus hijos, ni acompañar al marido a beber la última cerveza antes de acostarse; ni el entrenador que pasó su existencia entre aulas y campos deportivos, hasta que murió entre las aulas y los campos deportivos, protegiendo sus recuerdos y razón de vivir.

Dicen que falló el sistema, y uno no sabe cuál sistema; son tantos que provoca irse a la playa para mirar las olas,  que son las mismas que caen y se retirar sin moverse del lugar, y uno cree que llegaron de lejos.

¿Cuál sistema?. Podremos pasar todo el día enumerando los sistemas: el educativo, el familiar, el policial, el político, el económico, el religioso, el moral, el consumista, el liberal, el socialista, el comunista, el confesional.

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Lo cierto es que el tipo era un tarado, no le digo en forma despectiva sino coloquial, el que hablamos los de a pie. Autismo, esquizofrenia, bipolaridad no podría definirlos y menos diagnosticarlos; así que era un disociado, un tarado, un inadaptado fruto de todos esos sistemas,  de ninguno o de una combinación de ellos. Es obvio que no tuvo afecto, ni hogar, de un lado a otro, sin continuidad ni guía, rodeado de cosas, y cosas y cosas, sin pertenencia a un grupo, de la ilusión de poder que dan las armas. Terminó siendo un inadaptado que necesitaba vengarse de tanta felicidad a su rededor, un enfermo del espíritu y la mente.

Los antiguos espartanos acostumbraban lanzar desde la cima del monte Taigeto aquellos infantes que nacían con defectos, a los ancianos e impedidos, a los diferentes, porque serían una carga para la ciudad. No lo hacían por asuntos de raza, sino porque eran guerreros, hedonistas, y los débiles eran simplemente una boca más que alimentar.


Nikolas Cruz, el joven de 19 años que irrumpió en la Marjory Stoneman Douglas High School en Parkland-Florida, fue uno de esos que los espartanos hubieran prescindido de él por ser una carga para la ciudad. Pero hay que preguntarse si Nikolas fue la causa o el efecto de una sociedad enferma, encerrada en sí misma, en el resultado, en el más fuerte, la supremacía blanca, la competencia y el éxito sustentado en lo externo, el prejuicio, el consumo. Una sociedad de soledades, hedonista que sacrifica al débil.

Esos maestros, y esos 15 jóvenes que no regresaron a sus casas a dormir ese fatídico día, fueron las víctimas finales del proceso; inocentes criaturas que nunca sabremos si dentro de ellos había un Steve Jobs, un Mandela, un Lou Gehrig, una Madre Teresa, que  dejaron en sus hogares una cama vacía, una silla en el comedor, un pupitre sin alumno.

De esa masacre surgieron héroes, maestros que dieron sus cuerpos para recibir las balas dirigidas a sus pupilos, el compañero de 15 años, hijo de un inmigrante, que expuso su anatomía para bloquear la puerta, y recibir siete disparos a los que sobrevivió. Héroes que dieron su vida por sus amigos, como lo hizo Jesús.

Y lo más importante, porque hay que asumir que del mal puede surgir el bien: la sociedad, los padres, los maestros y los estudiantes han iniciado su marcha  al Capitolio para decir: ¡Basta ya al poder de la Asociación Nacional del Rifle!, su marcha del cambio, rebeldía, oposición y afirmación,  tan significativa como aquella de los sesenta que se opuso a la Guerra de Viet Nam, y generó la Marcha de los Sueños del espíritu y voz de Martin Luther King.




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