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Editorial & Opinion

La muerte de treman y el dolor de una madre

Jaime Ulises Marinero / Periodista

martes 10, julio 2018 - 12:00 am

La tarde del aquel martes 4 de abril de 2017  Treman Adonay Cardona Castaneda, un joven de 24 años de edad, recién graduado de licenciatura en Administración de Empresa y propietario de una naciente agencia de publicidad, abordó su motocicleta y salió hacia la calle Los Sisimiles de San Salvador para visitar a un potencial cliente.

Ese mismo martes, por la tarde, Héctor Antonio Chacón Cerón, también de 24 años de edad, exconvicto con apenas tres días de haber salido libre tras purgar una condena de cinco años en un centro penal, tomó un arma de fuego y salió a la calle Los Sisimiles para asaltar a cualquier potencial víctima.

Treman hizo un alto, cerca de un kínder y justo en ese momento Héctor le apuntó con su arma y le pidió los dos teléfonos celulares. En una reacción instintiva Cardona se opuso y el joven exconvicto le hizo varios disparos. Agentes policiales del puesto de la colonia Miramonte escucharon los disparos y salieron corriendo al lugar. Ahí encontraron a Héctor tratando de robarse la motocicleta del joven licenciado, y, al verlos, les hizo varios disparos hasta que el arma se le atascó. Los agentes lo apresaron y auxiliaron a Treman, quien alcanzó a señalar a su atacante, antes desvanecerse y ser trasladado hacia un hospital donde instantes después murió.

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Jacqueline, la madre de Treman, se encontraba en la oficina de la agencia de publicidad, a pocos metros del lugar del incidente. Ella recuerda que al escuchar los disparos lo primero que hizo fue marcarle al celular de su hijo para prevenirlo, pero éste no le contestó y ella supuso que era porque iba conduciendo la motocicleta. Apenas minutos después alguien subió a las redes sociales la fotografía de Treman agonizando en la acera y fue entonces que Jacqueline corrió despavoridamente para tratar de auxiliar a su único hijo varón.

Para Jacqueline la muerte de su hijo ha sido lo peor y más desgraciado que le ha ocurrido en su vida. Treman era un joven profesional y visionario, amante del gimnasio, inteligente, sociable, respetuoso y siempre estaba dispuesto a servir a Dios y a sus semejantes. Tenía el sueño de convertirse en un  gran empresario al frente de una empresa transnacional de publicidad. Soñaba con dar empleo a muchas personas, especialmente a jóvenes como él.


Como madre abnegada Jacqueline estuvo pendiente del proceso judicial. Estuvo en la audiencia inicial, en la audiencia preliminar y la semana pasada en el juicio que celebró el Tribunal Sexto de Sentencia de San Salvador. “Le quiero ver la cara a ese criminal, quiero saber por qué le disparó a mi único hijo, quiero que se haga justicia terrenal”, me dijo antes de que el homicida fuera ingresado a la sala de audiencias.

Cuando Héctor, esposado, ingresó a la sala, Jacqueline palideció y comenzó a temblar y a llorar. Vio fijamente al homicida de su único hijo varón y éste, al reconocerla, alcanzó a bajar la mirada. En el juicio el homicida aceptó los cargos, pidió perdón a Dios, a su familia y a la madre de Treman. Cuando la juez le preguntó si aceptaba los cargos dijo que sí a secas. Sobre los motivos, simplemente respondió que estaba asaltando y que disparó a su víctima “porque no le quiso entregar los celulares”.

Jacqueline está consciente que los 30 años de cárcel que le impusieron a Héctor no le devolverán la vida de su hijo, pero al menos piensa que se hizo justicia terrenal. Ella asegura que cada día oraba y suplicaba a Dios que el asesino aceptara los hechos y que fuera condenado, por eso tuvo el coraje y el humanismo de perdonar al asesino.

“Acepto su perdón, ojalá que dentro de la cárcel pueda encontrar a Dios y arrepentirse de lo que hizo con mi hijo”, expresó mientras lloraba sosteniendo la foto de su Treman, el joven licenciado  y visionario que soñaba con ser un gran empresario para dar trabajo a muchos jóvenes, tal vez hasta a su asesino Héctor.

Hoy Treman vive por siempre en la memoria de su madre, su padre  y sus hermanas, en tanto que Héctor esperará 30 largos años para ser libre, cuando ya haya perdido la juventud. ¡Qué desperdicio de juventud!




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