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Editorial & Opinion

La oratoria, los maestros y la educación

Roberto Meza / Colaborador

miércoles 20, diciembre 2017 - 12:00 am

Quiero hablar de un tema que, naturalmente, me apasiona: la oratoria. Por lo general, las primeras reacciones no son positivas. Quizá, porque su mismo nombre suena algo acartonado y medio oscuro. Difícil de entender.

Tal vez sería más fácil llamarlo: hablar en Público. Sin embargo, la oratoria es un arte y como tal merece conservar su nombre original. Más bien, entonces, se debe cambiar la percepción en torno a lo que significa. La disciplina de la oratoria busca conmover, persuadir y convencer a partir de la palabra. Pero es más amplia, además del contenido del discurso, comprende aspectos formales, como la modulación de voz y los ademanes o movimiento de las manos.

Un orador es un comunicador completo: sabe qué decir y cómo decirlo. Si analizamos que todos los acuerdos y desacuerdos en nuestra vida dependen de la comunicación que empleamos, vemos entonces la importancia de que todos seamos buenos oradores. Por ello, varios han propuesto que la oratoria forme parte de la educación de niños y jóvenes.

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Se dice, por ejemplo, que con ella los estudiantes se vuelven seres más cultos y más críticos. Que se volverán buenos ciudadanos, como sucedía en la antigua Roma, cuando la oratoria era enseñada con ese propósito. Pero hay más que alumnos. La oratoria en las escuelas también debe ser apoyada desde y por los docentes, por importantes razones que ahora exponemos.

En primer lugar: la voz. Si bien es cierto, que no necesariamente un maestro es un orador nato, sí es un orador diario: su voz es su principal instrumento de trabajo. Al recibir clases de oratoria, el profesor aprende a modular su voz, a aprovechar su respiración y a cuidar su garganta, a potenciar su principal herramienta al máximo. Ligado a ello, está la emoción que debe existir en todo proceso de enseñanza y que la oratoria logra en las clases de aquel docente que la domina. Para que el alumno aprenda, tiene que desarrollarse en él la voluntad de hacerlo y esto se logra con clases atractivas y emocionantes.


Hace poco, oí una charla en la que el ponente hablaba de la necesidad que los maestros aprendan más de la cultura Hip-Hop, de los pastores de iglesias anglo-africanos y de los cantantes callejeros, debido a que todos ellos despiertan una chispa en su auditorio y esa chispa está ausente en las escuelas, provocando en los alumnos tedio y aburrimiento, lo cual, desde luego, se traduce en rechazo a aprender.

La persona que domina la oratoria se vuelve un poco poeta, un poco actor, un poco  amante de interactuar y conectar con quienes lo escuchan. Necesitamos maestros que conecten con sus alumnos y, así, los motiven a aprender. Además, la oratoria exige claridad y brevedad en las ideas. Pues, si divagamos mucho y nos extendemos en tiempo, la audiencia se confunde y termina aburrida. Lo mismo pasa con los alumnos. El maestro orador sabe emplear sus explicaciones de la manera más eficiente posible.

La última razón, para abogar con este tema, es un poco inexplorada. Se refiere a la similitud que guarda la planeación lógica de un discurso con la planeación lógica de una clase. Los docentes organizan la clase en tres secciones: inicio, desarrollo y cierre. En la primera, se despierta el interés de los alumnos y se rescatan sus conocimientos previos del tema a abordar. Esto es similar al Exordio, o la primera parte de un discurso, donde es preciso  cautivar el interés de la audiencia e introducirlos ligeramente al tema, jugando con lo que ellos ya conocen.

Posteriormente, en la segunda parte de la clase, o desarrollo, sin importar el enfoque empleado, el maestro otorga a los alumnos los argumentos necesarios para que adquieran el nuevo aprendizaje, y es lo mismo que sucede en la segunda gran parte del discurso: la narración y argumentación. Éstas exponen las razones por las que el orador adopta una postura determinada, le da los argumentos a su audiencia para que adquiera los conocimientos de ella. Para finalizar la clase se llega al cierre, en donde se presenta la síntesis y se ofrecen alternativas de acción o práctica en la vida diaria con los nuevos conocimientos. En un discurso la parte final, o peroración, busca lo mismo: sintetizar y mover a la acción. Como vemos, es tanta la similitud entre la preparación de una clase y  un discurso, que el maestro no tendría mayor complicación en lograr la estructura lógica de éste.

Para educar, una de las máximas inviolables es predicar con el ejemplo. Si pretendemos que la oratoria, con todos los beneficios que implica, sea una cultura en nuestra sociedad, empecemos por inculcarla en quienes pueden dar el ejemplo: los maestros. Los beneficios son muchos, las complicaciones no tantas y para las presentes y futuras generaciones representa una inversión con ganancia segura. Recordemos que es la palabra, finalmente, la que educa.




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