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Editorial & Opinion

La realidad social, la diversidad y la democracia

Aldo F. Álvarez / Abogado y catedrático

Jueves 20, Octubre 2016 - 12:00 am

OPINIONRegresa nuevamente como tema de coyuntura, la propuesta sobre la despenalización del llamado aborto terapéutico –nadie ha propuesto la despenalización del aborto en general-, y ello ha comenzado a generar, como es costumbre, un gran revuelo en la clase política y en organizaciones sociales, tanto de aquellas que se identifican más con posturas “conservadoras” –más bien “regresivas” diría yo- y las que se identifican con posturas más abiertas a la imposición de la razón en cuanto a los casos y fundamentos propuestos en el llamado aborto terapéutico. Pero más allá de las consideraciones de orden moral y/o religioso propias, este punto debe verse y resolverse desde la perspectiva de la naturaleza del modelo político que hemos adoptado como República –el del Estado laico o secular- y desde el punto de vista de las realidades sociológicas estructurales, que son las que orientan la legislación y regulación de conductas en pro del orden social.

En tal sentido y en un modelo político de valores y principios verdaderamente democráticos, las posturas se fijan con ponderación, con medida y con amplio ejercicio de dialéctica colectiva, alejado de los “pasionismos” dogmáticos, sean religiosos o de cualquier otra especie, porque la religión, por definición parte del dogma, es esa su esencia más profunda y de ahí sus postulados que la definen. Pero en una verdadera democracia no pueden existir los dogmas, no pueden haber dogmas políticos porque ello haría colapsar el más elemental principio de ella: “En una democracia nadie tiene el monopolio ni de la verdad ni de la fe”.

De esto nace el carácter y el talante de la tolerancia como elemento unificador de la democracia, pues no puede haber democracia sin tolerancia, ni ésta puede vivir fuera del universo de la democracia, una es consustancial de la otra.

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El dogma religioso o cualquier otro que intente implantar una moral individual como moral de Estado que vaya en contra del respeto al Derecho de las minorías, es contrario a los valores realmente democráticos. Esto lo podemos ver por ejemplo en otro de los temas siempre polémicos en nuestra sociedad como es el del matrimonio entre personas del mismo sexo.

La tolerancia es consustancial a la democracia. Si la democracia presupone el pluralismo de opiniones, preferencias y proyectos políticos, y además aporta un procedimiento institucionalizado y pacífico para dirimir esas diferencias en el marco de la igualdad de derechos ciudadanos, entonces la tolerancia tiene en la democracia su mejor espacio de funcionamiento, pues ¿cómo concebir, por ejemplo, el diálogo, el pluralismo, la legalidad o la representación política sin tolerancia?

Es cierto, sin embargo, que si bien la tolerancia es indispensable para la democracia, no cubre por sí sola todo el espectro de esta última. La tolerancia es una parte de la familia de valores, principios, procedimientos, instituciones y prácticas políticas que dan vida a la democracia. Así, junto a la tolerancia están, de manera destacada: la libertad, la igualdad política, la soberanía popular, el pluralismo, el diálogo, la legalidad, la justicia, la representación política, la participación, el principio de la mayoría y los derechos de las minorías. La articulación de este cúmulo de principios y valores es lo que conforma el complejo sistema en el que la democracia cobra forma y operatividad.

No vivimos en un “universo social” en el cual algunos grupos son los “únicos depositarios de la verdad”, sino en un “multiverso social” que contrariamente, se integra por una sociedad compleja plural y abierta. Por su parte, la “sociedad cerrada” constituye aquel “monopolio de la fe” que ha caracterizado a los diferentes totalitarismos religiosos o políticos en la historia.

En este esquema, la tolerancia aparece en clara contraposición con la concepción de las “verdades absolutas”, en la que cada quien debe considerar como verdadera solamente su propia creencia. Consecuentemente, siendo muchas las “verdades” que existen en una democracia, cada una tiene un valor relativo. Dicho de otro modo, existe la posibilidad de que diversas interpretaciones convivan pacíficamente; su encuentro resulta benéfico justamente porque nadie posee la verdad absoluta. Al permitir la libre expresión de los diversos puntos de vista, la tolerancia favorece un conocimiento recíproco, es decir, un “mutuo reconocimiento” a través del cual es posible la superación de las verdades parciales y la formación de una verdad más comprensiva en el sentido de que logra establecer un acuerdo o un compromiso entre las partes. Con estas luces y no con otras posturas dogmáticas es que se debe discutir el tema del aborto terapéutico y cualquier otro tema de interés general social.




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