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Editorial & Opinion

La sociedad ante la delincuencia

Armando Rivera Bolaños / Colaborador

jueves 17, mayo 2018 - 12:00 am

Decía el educador y filósofo salvadoreño don Alberto Masferrer que “el pecado del hombre es siempre colectivo. Sea quien sea el pecador y su pecado, con él pecamos todos, pues ni se formó ni vive solo”. Y continuaba discurriendo sobre el pecador o infractor de las normas, que “el hambre, la injusticia, la miseria, el desamparo, la ignorancia, el mal ejemplo, el menosprecio, le indujeron a pecar.

El orgullo y la impunidad de otros, le alentaron en el camino del pecado”. Con estas reflexiones, que forman parte de su libro “El rosal deshojado”, don Alberto soslayaba la influencia social en la conducta humana, tal como lo comprobaron después la psicología y la sociología, en el sentido de que las pautas culturales, es decir, las normas de comportamiento propias e inherentes de cada sociedad, se integran consciente o inconscientemente a la personalidad de los individuos y de allí surge la llamada “personalidad básica de la sociedad”. Esta tesis era un punto obligado que nos enseñaba nuestro maestro, doctor José Humberto Velásquez, en el sentido de que hay “elementos de personalidad común” en una sociedad determinada, o sea, que todos los individuos nos condicionamos socialmente a esas pautas culturales, integrando en nuestra conducta todo aquello “con que se enriquece o empobrece” un conglomerado, en una época determinada, advertido por Masferrer.

Para algunos colegas, sean psicólogos o abogados, estas ideas les parecerán poco científicas, o quizás muy idealistas. Sin embargo, hoy se habla mucho sobre la importancia de la psicología social, porque se ha demostrado que la actividad personal no puede ser reducida a la exclusiva participación individual en las actividades de la sociedad correspondiente, sin considerar lo que dijimos antes, las llamadas “pautas culturales”, así como las relaciones interpersonales. Los seres humanos, dijo Platón, somos sociales por naturaleza y, por ende, no podemos vivir aislados. Asentadas estas premisas, todo problema social como el de la delincuencia, y dentro de esa esfera criminológica, los feminicidios o muertes violentas de mujeres, deben ser enfocados con una visión multifactorial, o multidisciplinaria. No es un problema que atañe únicamente a la seguridad pública y los juzgadores. Hablando a lo masferreriano, este pecado debemos compartirlo todos los salvadoreños, sin distingos de ninguna naturaleza y la primera esfera que debe ocuparse del problema es, precisamente, la comunidad educativa, entendida como la conjunción armónica y dinámica de educadores, padres de familia, educandos y las alcaldías municipales. Debemos tener muy en cuenta, que el individuo aprende a vivir en sociedad por medio de un proceso de normas que se inicia en el grupo familiar, hasta llegar al ámbito escolar, laboral, etcétera. En este punto, el rol de los diversos medios de comunicación y ahora, las redes sociales, es de crucial importancia, que no debemos dejar de lado en lo que denomino “culturización del bien”. Lo último en que deberíamos pensar sería en la represión policial, o en las condenas severas de los tribunales. En este sentido creo que hemos puesto la carreta delante de los bueyes y así no vamos a encontrar soluciones, especialmente, porque la pauta cultural de nuestra sociedad es la preponderancia masculina, donde la mujer es considerada inferior. Tenemos que revertir esos patrones desfasados y asegurar, para las nuevas generaciones, una pauta cultural nueva, basada en la igualdad de géneros, con mutuo respeto y consideración para hombres y mujeres. Es necesario, para una vida social libre de violencia y delincuencia, que además de mejorar la educación, urgen más fuentes de trabajo, diversificar técnicas laborales y habilitar sitios de recreación sana y deportiva; con apoyo educativo y familiar, debemos desterrar esa cultura diabólica del machismo y su mantenimiento, con sus rasgos de prepotencia e imposición brutal. La mujer, recordemos, es el vaso de la vida y por tanto en ella se encuentra invívita la perpetuación de la especie, el cuidado maternal, la dulzura de la esposa y el consuelo angelical para nuestra cansada vida, cuando nos llega la ancianidad, o nos quebranta una enfermedad. Recuerdo, a propósito, que en 1957, el Papa Pío XII declaró en una encíclica que “Hombre y mujer son personas iguales, sin que se pueda sostener jamás que la mujer sea inferior”.

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