Editorial & Opinion

La teoría sueca del amor y las finanzas públicas

Ana Ruth Cevallos / Economista investigadora @Cevallob Icefi @whpena

jueves 7, junio 2018 - 12:00 am

El documental “La teoría sueca del amor” del director Erik Gandini narra cómo la instauración de una idea revolucionaria sobre el amor inspiró el modelo de bienestar sueco, promulgando que: “la persona debe ser considerada como un individuo independiente, no como un apéndice de otra”.

Se preguntarán ¿qué relación tiene «la teoría sueca del amor» con la economía y las finanzas públicas? Pues tiene que ver todo, al punto que para 1972 en Suecia se publicó el “Manifiesto de la familia del futuro” donde se reconocía que para crear tal modelo de sociedad era necesaria la generación de condiciones económicas y sociales que permitieran alcanzar el objetivo de contar con personas autónomas a lo largo de su ciclo de vida.

De esta forma, por medio del diseño de políticas públicas orientadas a este fin, se propició que ninguna persona tuviera que depender de otra para sobrevivir; implicando la sustitución de la protección de las familias (y amigos) por la del Estado, a través de la provisión de guarderías (para atención desde la primera infancia), residencias para personas adultas mayores, entre otras ayudas.

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En la actualidad, el modelo sueco constituye un referente y se ubica entre las primeras 10 posiciones del ranking mundial: en el 2017, séptima posición en competitividad y para el 2018, novena posición en felicidad y quinto puesto en igualdad; esta última incluso, muy próxima al ideal pretendido de “personas sustentadoras–cuidadoras en igualdad”, en donde tanto hombres como mujeres son valorados de la misma forma (reconocimiento y goce de derechos), desarrollan roles indistintamente de su sexo biológico y obtienen resultados equiparables en el ámbito público y privado.

Traigo a colación el documental por dos razones fundamentales. La primera porque resume la experiencia sueca, que constituye una verdadera muestra de cómo los regímenes de bienestar se entrecruzan con los regímenes de género, en la medida que para lograr la autonomía de las personas a lo largo de su ciclo de vida, es necesario romper con la división sexual del trabajo (por medio de un sistema de impuestos y prestaciones sociales) que se encuentra a la base de los vínculos que se establecen en las relaciones humanas con carácter de dependencia.


La segunda razón, y quizás la principal, es que llama particularmente la atención el retrato que Gandini hace de la sociedad sueca, afirmando que los costos de dicho modelo de sociedad (que atribuye a las medidas implementadas), serían el individualismo y la soledad.

En contraposición, ofrece una imagen idílica de Etiopía y de la felicidad de su gente, valorando la existencia de familias numerosas que proveen la asistencia y cuidado de sus familiares.

No obstante, a mi parecer, el retrato de dos países antagónicos y sobre todo la interpretación que se hace de los mismos además de contener fallos metodológicos importantes (pues compara peras con manzanas), obvia la influencia determinante de la cultura y la religión en la cosmovisión de las personas; adicionalmente contiene un sesgo políticamente pernicioso y patriarcal, en la medida que se idealiza un modelo de sociedad (el de Etiopía) basado en lo que me atrevería a denominar “la teoría familiarista del amor”, o más bien del «desamor», pues se enaltece un esquema de sociedad basado en redes de protección social informales, donde incluso cabe la esperanza en la protección divina.

De esta cuenta, el bienestar de las personas se supedita a las relaciones de dependencia y, en la práctica, esto se traduce en precariedad en la atención (al no disponer de servicios especializados), demanda de trabajo no remunerado y por ende, menor autonomía de las mujeres y desaprovechamiento de su capital productivo; pues, en estos esquemas el “amor” que más se demanda es el de ellas.

Por tanto ¿qué teoría queremos que impregne la ingeniería social salvadoreña? Desde las finanzas públicas, seguramente una que propicie una sociedad igualitaria, con garantía de derechos universales que promuevan la independencia de las personas a lo largo del ciclo de vida.




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