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Editorial & Opinion

Las fiestas Agostinas

Jaime Ramírez Ortega / Consultor Legal y de Negocios

jueves 3, agosto 2017 - 12:00 am

San Salvador se encuentra de fiesta, en honor al Salvador del Mundo. De acuerdo a una crónica del siglo XVII, en 1526 ya existía la celebración del Divino Salvador del Mundo en San Salvador; de igual manera, el Doctor Alberto Luna la establece desde el mismo año de fundación de la ciudad, es decir, en 1525. En ese tiempo la fiesta era de carácter cívico y tenía lugar el 6 de agosto, probablemente en memoria de la victoria definitiva de los españoles sobre los indígenas.

De hecho, el historiador Pedro Escalante Arce afirma que antes de 1777, predominó la devoción a La Santísima Trinidad, y no al Divino Salvador del Mundo, ya que la villa de San Salvador se estableció en 1528 en el lugar conocido como “Ciudad Vieja (El Salvador)” La Bermuda, siendo puesta bajo aquella advocación, y la celebración consistía con un desfile del “pendón real”  que se hacía  alrededor de la  “Plaza Libertad” Plaza de Armas.

A través de la historia, las fiestas agostinas se han venido modificando al grado que se han saturado de preceptos y tradición religiosa que muy poco han ayudado en la formación de valores que transformen por dentro y fuera a cada ciudadano, lejos de esto a la gran mayoría de salvadoreños no les interesa participar en estas celebraciones. Y algunos asisten por compromisos sociales o por limpiar la conciencia de algunas prácticas inmorales. Es decir, que la Biblia enseña. “Porque si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados, sino una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios” (hebreos 10:26-27).

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De manera que, aunque se cargue sobre los hombros una imagen, o se mutile la espalda en señal de sacrificio, no significa nada. Si después se estará en la playa bebiendo con los amigos hasta embriagarse, bailando casi desnudos como lo hacía Sodoma y Gomorra, o quizás dándole rienda suelta a los placeres en orgías que solo envenenan el alma y transgreden el santo estado del matrimonio.

Todo ello acarrea destrucción en la familia y perversión de los más altos valores que separa lo bueno de lo malo, lo correcto de lo incorrecto, lo decente de lo indecente. Por lo tanto, la religión como tal no vuelve al hombre más santo, sino más cauto para pecar. El Señor Jesucristo conocía muy bien estas prácticas religiosas, por ello las combatió, ya que cuando le tocó enfrentar las tradiciones religiosas que vivía el pueblo judío, les dijo lo siguiente; “Así que, todo lo que os digan que guardéis, guardadlo y hacedlo; mas no hagáis conforme a sus obras, porque dicen, y no hacen” (Mateo 23:3).


En una ocasión los judíos le preguntaron: ¿Por qué tus discípulos no proceden de acuerdo con la tradición de nuestros antepasados, sino que comen con las manos sucias?  Jesus les respondió: ¡Hipócritas! Bien profetizó de ustedes Isaías, cuando dijo: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinde culto: las doctrinas que enseñan no son sino preceptos humanos.

Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios, por seguir la tradición de los hombres y por mantenerse fieles a su tradición, ustedes descartan tranquilamente el mandamiento de Dios. Porque Moisés dijo: Honra a tu padre y a tu madre, y además: El que maldice a su padre y a su madre será condenado a muerte. En cambio, ustedes afirman: Si alguien dice a su padre o a su madre: Declaro corbán, es decir, ofrenda sagrada todo aquello con lo que podría ayudarte. En ese caso, le permiten no hacer más nada por su padre o por su madre. Así anulan la palabra de Dios por la tradición que ustedes mismos se han transmitido. ¡Y como éstas, hacen muchas otras cosas! (Marcos 7:1-13).

Es hora de reflexionar y vivir en la gracia y la fe en el Señor Jesucristo, que dijo; misericordia quiero y no sacrificio. Lo bueno de Jesús es que no es, ni será jamás una religión, sus brazos siempre están abiertos para todo aquel que desee buscarlo de corazón.




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