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Editorial & Opinion

Las madres de los homicidas también sufren

Jaime Ulises Marinero / Periodista

martes 20, marzo 2018 - 12:00 am

José Ricardo Martínez Jiménez, tiene 37 años de edad y es miembro activo de una pandilla. La semana pasada fue condenado a 60 años de prisión por haber participado directamente en tres homicidios agravados cometidos en 2015 en Soyapango. Tras escuchar el fallo  hizo una mueca de desprecio y agachó su cabeza. Dos cómplices fueron sentenciados a 40 años.

Afuera del Centro Judicial Isidro Menéndez, en San Salvador, estaba María Antonia, una mujer de unos 60 años, acompañada de una mujer de unos 35 años y dos adolescente. Biblia en mano, María oraba porque el tribunal declarara inocente a su hijo primogénito. La esposa y las hijas de José Ricardo se unían a las oraciones.

Cuando el procurador público que defendía al imputado salió  e informó a María el resultado del juicio, la mujer lloró hasta desvanecerse; mientras que la esposa e hijas del sentenciado se abrazaban y lloraban juntas. Los familiares de los otros dos imputados despotricaron contra la justicia, porque, según ellos, sus parientes fueron condenados injustamente.

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Estas escenas se repiten a diario en las afueras de los juzgados. Las madres y padres, esposas e hijos y demás familiares de los imputados llegan para abogar por sus hijos; muchos saben que sus parientes son culpables, pero aún así albergan la esperanza de que serán declarados inocentes.

María, una mujer menuda, evangélica, viuda y vendedora ambulante, sabía que su hijo había participado en por lo menos un homicidio. “Mi hijo mató a un muchacho, pero fue por defenderse porque mucho lo provocaba, pero es falso que haya matado a los otros dos” me dijo, al tiempo que aceptó que José Ricardo es miembro de una pandilla.


En el juicio, con suficientes pruebas se comprobó que los imputados participaron en las muertes de las tres víctimas, porque éstas se negaban a pagar extorsión. Las víctimas eran un panadero, un comerciante y un albañil, tres hombres trabajadores que no tenían vínculos con pandilla alguna y que dejaron viudas y huérfanos.

La madre de José Ricardo había viajado desde la zona rural de Usulután. Había madrugado porque el juicio de su hijo estaba programado para las 8:00 de la mañana y albergaba la ilusión de verlo. Ella no sabía que la audiencia iba a ser virtual porque su hijo y los otros dos imputados guardan prisión en un penal bajo medidas extraordinarias. La esposa y las hijas abandonaron Soyapango y se fueron a vivir a un municipio del interior, por temor a represalias por lo que hizo su esposo y padre, respectivamente.

Zoila Beatriz, la esposa del condenado, trabaja lavando ropa ajena y con lo poco que gana sostiene a sus hijas. “Mi vida cambió estando él preso, su madre, sus hija y yo sufrimos mucho”, señaló la mujer, al tiempo que también aceptó que su esposo es pandillero, pero niega que sea extorsionista u homicida. Los tres imputados tienen tatuajes pandilleriles.

Las pruebas fueron contundentes. En un homicidio hubo testigos directos, en otro la misma víctima reconoció a sus atacantes antes de morir cuando era trasladado a un hospital. En el tercer crimen se contó con testigos y se decomisó el arma homicida.  En total tres mujeres viudas y 11 hijos huérfanos entre los tres homicidios. Esto sin contar con los hermanos y padres de los fallecidos, quienes sufren por la muerte de sus parientes.

El juez, al leer el fallo del juicio, reprochó la conducta de los homicidas, al tiempo que señaló que las víctimas no solo son los muertos, sino también quienes quedan sufriendo la ausencia de sus parientes. “Ustedes mismos deben tener familia que ahora sufrirán por su no presencia en sus hogares”, les dijo.

Milton González Murillo, un psicólogo, sostiene que los daños a terceros originados por la conducta delictiva de una persona, son incalculables. Los primeros afectados son los hijos de las víctimas, pero el dolor de los padres, especialmente las madres, de víctima y victimario, son detonantes de un sufrimiento de consecuencias mayúsculas e insuperables.

Para una madre sus hijos siempre serán inocentes o habrán actuado bajo presiones o motivados por las circunstancias, así éstos hayan cometido atroces delitos. Desgraciadamente los delincuentes nunca piensan en sus hijos ni en su madre cuando cometen un delito. Son desalmados.




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