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Editorial & Opinion

Las maras y la raigambre en sus comunidades

Carlos Alvarenga Arias/Abogado y MAE

martes 29, agosto 2017 - 12:00 am

La semana pasada apareció publicado en un rotativo la opinión de una socióloga que establecía como verdad un hecho el cual yo no me lo hubiera imaginado, pero que poniéndome a meditar un poco no me suena descabellado ni improbable, al contrario, entre más lo pienso me resulta irrefutable: que las pandillas han logrado el apoyo de sus comunidades.

De ser cierto eso, si los datos que arrojan las investigaciones lo corroboran, el combate contra las pandillas y los males que provocan en la sociedad está más cuesta arriba de lo que pensaba.

A los hechos de que perfeccionaron su actuar aprovechando la maldita tregua y que se hicieron más fuertes, ahora hay que añadir ese dato para el análisis.

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El personaje que se me vino a la mente al terminar de leer la breve nota periodística, fue la del narco colombiano, Pablo Emilio Escobar Gaviria. A pesar de haber sido la presencia del diablo mismo en la tierra, con su difusión del odio, la propagación de la muerte, causante de tanto dolor, fue un hombre harto querido por sectores pobres de Medellín. Tanto fue el agradecimiento que la gente sentía por él que a la hora de sus exequias fúnebres, las muestras de auténtico dolor y luto, fueron intensas y multitudinarias.

No creo que las maras hagan lo que hizo Pablo Escobar a favor de los pobres, ni que sea parte de su filosofía, tampoco que esté dentro de sus políticas de relaciones públicas ni creo que tengan el dinero para apoyar a los más necesitados.


No obstante, si es cierto lo que dice la socióloga, me suena en consonancia con lo que he leído en varios lados, y es que las maras no tienen una organización central propiamente dicha, no hay un comité formado como las familias de Chicago en los años de la Cosa Nostra. Hay pocas reglas sobre la cohesión que sostiene a las pandillas, así que esto da un buen margen de libertad para actuar y “administrar” sus territorios, o como diría yo, “hay clicas de clicas”.

Cuando una de ellas está manejada por un mal líder la comunidad sufre cualquier tipo de vejamen, en el cual se me hace imposible concebir que la mara tenga un raigambre en los corazones de las personas y el silencio de éstas o la falta de colaboración con las autoridades es más bien por terror, por saber que pronto el sistema de administración de justicia los dejará sueltos y cobrarán venganza contra los “soplones”.

Estos líderes, que son el engendro del diablo, quitan viviendas, se toman prestados vehículos de los vecinos para cometer sus fechorías, las muchachas bonitas son tomadas a la fuerza y utilizadas para todo tipo de menesteres, entre ellos, obviamente, servir de esclavas sexuales y los jovencitos son incorporados si o si a la organización.

Pero también existen los buenos líderes, aquellos que se dedican a administrar bien su zona, hasta incluso cobrando “lo justo” en extorsiones. Proporcionan vigilancia, cuidan a los vecinos, respetan a todo el mundo, incluso, si por alguna razón, algunos de sus miembros cometen un delito contra uno de los parroquianos, son ajusticiados de forma expedita y no pocas veces con pena capital.

Si estos buenos administradores son muchos, entonces puedo pensar que lo dicho por la socióloga es cierto y eso me da pie a la conclusión de este artículo.

Lo más importante en el combate de las pandillas es la colaboración de la comunidad que señala nombre, viviendas, acciones ilícitas cometidas por los delincuentes pandilleriles. Ello junto con una efectiva y eficiente labor de inteligencia de parte de las autoridades, desemboca en la captura de los pandilleros, al desmantelamiento de la clica y recobrar la paz y tranquilidad en la comunidad, pero si la gente no ayuda porque se han ganado su corazón, la cosa es prácticamente imposible, es una tarea perdida.

Es algo así como la guerra perdida de los EE.UU. en Vietnam.

 




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