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Editorial & Opinion

Llort, el mural y la catedral de San Salvador

Vanessa Núñez Handal / Periodista

miércoles 29, noviembre 2017 - 12:00 am

Construida entre 1956 y 1999, luego de que el anterior templo de madera fuera consumido en 1951 por un incendio, la Catedral Metropolitana “Del Divino Salvador del Mundo” ha sido testigo silencioso de la historia de nuestro país.

Ubicada en la Plaza Barrios, dicho templo fue testigo de la destrucción de San Salvador debido a terremotos e incendios, y de protestas populares, tomas por parte de bloques revolucionarios, asesinatos cometidos en sus puertas por fuerzas estatales, las homilías de Monseñor Óscar Arnulfo Romero, su entierro, estampidas ocasionadas por francotiradores, masacres, la celebración popular de los acuerdos de paz, alegrías, mítines, visitas de jefes de estado, como Barack Obama, entre otros.

En su cripta yace, por otro lado, la tumba del hoy beato y mártir Óscar Arnulfo Romero, frente a la cual Juan Pablo II oró, luego de romper el protocolo militar que le había sido impuesto en 1983. En la misma, también se encuentran sepultados obispos y arzobispos de la iglesia católica salvadoreña, así como algunos laicos, entre los que figura Enrique Álvarez Córdova, hacendado asesinado por el ejército debido a sus ideas sociales.

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Tras la firma de los acuerdos de paz en 1992, entre el gobierno del entonces presidente Alfredo Cristiani y la guerrilla, el entonces arzobispo de San Salvador, Fernando Sáenz Lacalle, aceleró la finalización de la obra y, en marzo de 1999, la consagró e inauguró un hermoso mural con motivos indígenas y cristianos, elaborado por el reconocido artista Fernando Llort.

Llort, que había fundado una cooperativa escuela en La Palma durante los años 60, diseñó el templete papal para la visita de Juan Pablo II en 1983, así como los objetos rituales, entre ellos la estola con que el sumo pontífice oficiaría la misa, era ya para aquel entonces reconocido como el creador de la obra artesanal que a la fecha brinda identidad a nuestro país: el estilo palmeño.

Convocado por los arquitectos españoles contratados en 1997, Llort presentó propuestas para la fachada del templo. El diseño final fue aprobado por Sáenz Lacalle.  Su elaboración, que conllevó la colocación de tres mil azulejos, duró un año y fue denominado “La armonía de mi pueblo”, en referencia al nuevo período histórico que entonces se abría en nuestro país. Motivos como la espiritualidad, el amor, el trabajo y el reconocimiento a Monseñor Romero estaban incluidos en su simbología.

Sin embargo, y pese a lo emblemático del mismo y a estar en proceso de ser declarado como bien cultural por la Secretaría de Cultura, el 26 diciembre del 2011 (ya el Fmln había asumido el gobierno con Mauricio Funes como presidente), con gran secretividad y apuro, el arzobispo de San Salvador, José Luis Escobar Alas, ordenó su demolición.

Los motivos fueron poco claros. Uno de ellos fue que el mismo contenía símbolos masones. Otro, que Llort utilizaba aquel mural para hacerse propaganda. La Secretaría amenazó con sanciones. Sin embargo, pese a las quejas y a la solicitud de retirar los mosaicos sin dañarlos y entregarlos al artista, éstos fueron arrancados y terminaron hechos añicos en el suelo de la entrada principal del templo.

“Es la cosa más triste que me ha pasado en la vida”, afirmó Llort tras la destrucción de su obra.

A la fecha, seis años más tarde, la catedral sigue siendo una anodina mole de concreto pintada de blanco. El mural no fue reemplazado. Sus paredes deslucidas y sin identidad nos recuerdan lo que ha sido una constante en nuestro país: carecer de un patrimonio cultural que, aparte de reivindicar nuestra historia, nos brinde identidad. La iglesia está pues en deuda con nosotros y ya es tiempo de que ésta se salde, dándonos a los salvadoreños un mural que nos compense uno de los capítulos más tristes de nuestra historia cultural reciente. (La Catedral de San Salvador) está estrechamente ligada a los gozos y esperanzas del pueblo salvadoreño, Juan Pablo II (1983).



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