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Lo que debes saber sobre la boda entre Enrique y Meghan

AFP

sábado 19, mayo 2018 - 5:45 am

El príncipe Enrique de Inglaterra y la estadounidense Meghan Markle se casaron este sábado en Windsor, en una iglesia San Jorge llena de celebridades y con miles de personas esperándolos en las calles.

El príncipe Enrique de Inglaterra y la estadounidense Meghan Markle, desde hoy duques de Sussex, se casaron este sábado en Windsor, en una iglesia de San Jorge llena de celebridades, con decenas de miles de personas en las calles y millones ante sus televisores en todo el mundo.

Los novios, cuyas manos permanecieron enlazadas durante gran parte de la ceremonia, pronunciaron sus votos matrimoniales ante el arzobispo de Canterbury, Justin Welby, líder espiritual de la Iglesia anglicana.

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Cuando Enrique dijo “I will” (Lo haré), se oyó un rugido de emoción en el exterior del castillo que llegó hasta la iglesia, provocando risas de los asistentes.

La reina Isabel II, abuela del novio, no dejó escapar ninguna emoción, y los novios estuvieron sonrientes y tranquilos.


Al acabar la ceremonia, la pareja se besó en las escaleras de la iglesia, en el momento más celebrado del día.

 

Enrique de Inglaterra llegó a pie a la iglesia cuando faltaba algo menos de media hora, acompañado de su hermano Guillermo, su padrino de boda.

La gente en las calles vitoreaba cada momento destacado del día, retransmitido en las pantallas gigantes.

Markle emprendió el camino a la iglesia en un Rolls-Royce Phantom IV, acompañada de su madre Doria Ragland.

El cantante Elton John, la presentadora de televisión Oprah Winfrey, los actores George Clooney e Idriss Elba, el exfutbolista David Beckham, o las exnovias de Enrique Chelsy Davy y Cressida Bonas, estaban en esta iglesia, tumba de reyes y escenario este sábado de su decimosexta boda real desde 1863.

“Fue maravilloso, me gustó todo”, explicó a la AFP la británica Elizabeth Chambers, haciendo hincapié en que fue todo “más natural” que en anteriores bodas reales.

La boda tuvo toques del mestizaje que encarna la pareja, como el encendido sermón sobre el amor del obispo estadounidense Michael Curry, que concluyó citando al líder negro de los derechos civiles Martin Luther King, o la versión de la canción “Stand By Me”, de otro King, Ben E., a cargo de un coro de góspel.

“¡Tenemos que descubrir el amor, el poder redentor del amor! (…) ¡Hermano, hermana, os quiero!”, aseguró el pastor, entre las risitas incrédulas de algunos miembros de la familia real, como la princesa Beatriz, prima del novio.

En las calles, había exclamaciones: “¡Magnífico!”, “¡Encantador!”, “¡Qué bonito!”.

– Gesto de alivio de Markle –
La ceremonia concluyó con el “God Save the Queen”, el “Dios salve a la reina”, el himno británico que la novia estadounidense cantó, como hicieron las miles y miles de personas congregadas en las calles.

Luego, la pareja se dio un baño de masas al recorrer las calles de Windsor en una calesa Ascot tirada por Milford Haven, Storm, Plymouth y Tyrone, cuatro caballos grises, como manda la tradición en la familia real.

Markle hizo un visible gesto de alivio cuando la carroza llegaba a su destino, el castillo de Windsor, donde lejos de los ojos de los medios y de la gente se celebrará un almuerzo ofrecido por la reina Isabel II.

Por la noche, en la mansión Frogmore, el padre del novio, el príncipe Carlos de Gales, ofrecerá una fiesta a la que asistirán unas 200 personas.

Tras toda la polémica suscitada por la ausencia de su padre Thomas Markle, la novia recorrió prácticamente sola todo el camino hasta el altar y tomó el brazo de su suegro, el príncipe Carlos, casi al final.

 

– Impulso a la imagen británica –
En las calles de todo el país se organizaron fiestas vecinales, al amparo del buen tiempo, y el día acabará bien regado por la muy graciosa concesión de permitir que los pubs cierren más tarde que lo habitual.

La jornada estuvo marcada por grandes medidas de seguridad, en un país que sufrió cinco atentados en 2017, con un balance de 36 muertos y decenas de heridos.

Atrás quedaron los tiempos en que una divorciada estadounidense -Wallis Simpson, cuya boda con Eduardo VIII le obligó a abdicar en 1936 después de un breve reinado de 11 meses- podía hacer temblar los cimientos de una institución que ha presidido la vida del país desde la noche de los tiempos, con una breve interrupción en el siglo XVII.

Markle es la primera mulata de la familia real que se recuerda, acercando más que nunca el palacio de Buckingham a los barrios jamaicanos de Londres, donde el enlace ha despertado también interés.

La boda es una gran operación de relaciones públicas para la Casa Real británica, que podía haber optado por la privacidad que sus jóvenes miembros suelen reclamar, pero que ha preferido echar mano de la pompa y circunstancia que la hacen atractiva.

Desaparecido el Imperio, con el Brexit en el horizonte, y un gobierno británico que suscita pocas simpatías en el mundo, Isabel II y su clan están ahí para mantener la frente alta, como demuestran las miles de personas de todo el mundo, y en particular de las antiguas colonias, que viajaron hasta Windsor y cuyas banderas se mezclaban con las Union Jacks.

– “Stand By Me” –
La ausencia de Thomas Markle, por razones de salud y tras conocerse que se había prestado a escenificar unas fotos para unos paparazzi, marcó los prolegómenos de la boda.

La ceremonia se ajustaba a las tradiciones de la Iglesia de Inglaterra, con algún toque diferente, como el coro de gospel que cantará “Stand By Me”, y el sermón de un pastor estadounidense, más enérgico y grandilocuente de lo habitual por estos lares.

Atrás quedaron los tiempos en que una divorciada estadounidense -Wallis Simpson, cuya boda con Eduardo VIII le obligó a abdicar en 1936 después de un breve reinado de 11 meses- podía hacer temblar los cimientos de una institución que ha presidido la vida del país desde la noche de los tiempos, con una breve interrupción en el siglo XVII.

– En tiempos de Brexit, siempre queda Isabel II –
Markle será la primera mulata de la familia real que se recuerda, acercando más que nunca el palacio de Buckingham a los barrios jamaicanos de Londres, donde el enlace ha despertado también interés.

“Está muy bien que esta persona llegue a la familia real, nos da sentido de pertenencia”, dijo a la AFP la tendera caribeña Esme Thaw en su comercio de Brixton, el popular barrio de Londres.

La boda es una gran operación de relaciones públicas para la Casa Real británica, que podía haber optado por la privacidad que sus jóvenes miembros suelen reclamar, pero que ha preferido echar mano de la pompa y circunstancia que la hacen atractiva.

Como manda el boato, la boda tendrá lugar en una lugar altamente simbólico, la iglesia de San Jorge del castillo de Windsor, un templo gótico originalmente del siglo XIII, donde está enterrado Enrique VIII, templo de la Orden caballeresca medieval de la Jarretera, que integran, entre otros, Isabel II, Felipe VI de España y el emperador japonés Akihito.

Desaparecido el Imperio, con el Brexit en el horizonte, y un gobierno británico que suscita pocas simpatías en el mundo, Isabel II y su clan están ahí para mantener la frente alta, como demuestran las miles de personas de todo el mundo, y en particular de las antiguas colonias, que viajaron hasta Windsor y cuyas banderas se mezclaban con las Union Jacks.

– Desfile de famosos –
La novia lucía un sencillo y elegante vestido blanco de seda diseñado por la británica Clare Waight Keller para Givenchy, con escote de barco, manga francesa y un velo de cinco metros bordado y sujeto con una tiara de diamantes prestada por la soberana.

Enrique de Inglaterra vestía uniforme de gala militar de su regimiento de caballería, el Blues and Royals, y llegó a pie a la iglesia acompañado de su hermano Guillermo, su padrino de boda.

El cantante Elton John, la presentadora de televisión Oprah Winfrey, los actores George Clooney e Idriss Elba, el exfutbolista David Beckham, la tenista Serena Williams o las exnovias de Enrique Chelsy Davy y Cressida Bonas, estaban entre los 600 invitados a este templo, tumba de reyes y escenario este sábado de su decimosexta boda real desde 1863.

Entre los hombres predominaba el chaqué oscuro, combinado con chaleco brillante y corbata; ellas lucían coloridos vestidos y espectaculares sombreros.

Isabel II nombró a Enrique duque de Sussex, conde de Dumbarton y barón de Kilkeel, respectivamente, un titulo nobiliario inglés, otro escocés y el tercero norirlandés, como manda la tradición.




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