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No hay ni habrá país alguno que se haya desarrollado o esté en vías claras de lograrlo, sin que se haya planteado para ello un plan nacional de desarrollo, adonde se sienten las bases programáticas y los grandes lineamientos a seguir para lograr dicho objetivo. Así de simple.

El plan nacional de desarrollo debe de adoptarse por todas las fuerzas vivas del país, por todos los sectores productivos, académicos, financieros, etc. El plan nacional de desarrollo es el “punto de inflexión” con el que se puede medir el “antes y el después” de una sociedad atrasada, cerrada, pobre, violenta, precaria y conflictuada, a una sociedad avanzada, abierta e incluyente, adonde los problemas de país se resuelven en ese espacio que facilita la democracia, y adonde todo está condenado irremisiblemente al diálogo, al acuerdo, a la negociación y a la calma y pacífica resolución.

Así pues, el plan nacional de desarrollo describe el país y el Estado que se desea en determinado tiempo futuro, delimitando las cosas, los procedimientos, las medidas y las decisiones políticas que se necesitan tomar para lograrlo. Pero como es un plan concebido y diseñado para largo plazo, es obvio que trascenderá varias administraciones de gobierno, probablemente de signo ideológico diverso, con visiones distintas sobre la economía, la política, el papel del Estado y hasta el tipo de desarrollo particular deseado. Pero es precisamente ahí, adonde entra a funcionar la esencialidad del instrumento y cobra significado lo de “Plan nacional de Desarrollo”. Estas administraciones de signo ideológico diverso, así como todos los actores sociales, acuerdan ceder parte de sus particulares aspiraciones, en pro del logro de un objetivo comúnmente construido, a sabiendas que no se puede lograr el completo deseo de un solo grupo, y que luchar “hasta la muerte” para lograrlo, no hace más que alimentar el conflicto social que impide precisamente poder llegar a ese punto de inflexión, adonde se puedan sentar las bases de un objetivo común, de un país desarrollado y de un Estado moderno y avanzado, con un sistema democrático en pleno funcionamiento y con institucionalidad sólida y fuerte.

Pero si sobre lo dicho nos queda claro que dicho plan de nación es la única herramienta que nos puede sacar adelante del subdesarrollo y la pobreza, de la polarización estéril y absurda entre dos máquinas electorales –de fundamento y extracción hoy día más económica que ideológica-, de la violencia social espantosa que nos aqueja, cualquiera válidamente se podría preguntar: ¿Y por qué no existe dicho plan de nación? Pues aunque parezca inverosímil, no existe porque nadie, ninguna fuerza social, política o económica, ningún gobernante de turno -nunca ha habido un Estadista en este país- han tenido la capacidad ni la voluntad de convocar a las fuerzas vivas del país para realizar este punto de inflexión en nuestra historia y de una buena vez el rumbo de esta nave a la deriva en que se ha convertido nuestro país; adonde cada administración que va llegando elabora su propia y particular manera de administrar crisis, y así nos la pasamos, de crisis en crisis, sin “ton ni son”.

De esta manera, el país no va hacia ninguna parte, y no vislumbro en el horizonte que esto cambie. La manera de comportarse de esta clase política, la retórica con que interactúan el gobernante con algunos sectores económicos y sociales de este país, la forma en que se irrespeta la institucionalidad democrática, la forma en que no se resuelven los problemas sociales, la falta de diálogo permanente como medio de resolución de conflictividad social y la exclusión de amplios sectores sociales en la toma de decisiones, me hace pensar que no se están creando las condiciones para que se llegue a este punto de inflexión que nos catapulte al desarrollo.

Recientemente la ONU nombró, a solicitud del Gobierno, a un representante para verificar un diálogo en El Salvador que conforme una agenda y posteriormente un “segundo acuerdo de nación” –suponiendo que le llamemos como tal a los acuerdos de paz de 1992-. Sin ser pesimista ni tratar de aparentar que no deseo fervientemente dicho Acuerdo de Nación, me temo que las condiciones subjetivas de los actores políticos nacionales no están dadas para lograrlo, pues si gobierno y oposición no se pueden poner de acuerdo en algo tan elemental como el presupuesto de este año, imaginémonos sobre un gran acuerdo de nación ¡y en año pre-electoral! Por ello yo lo veo muy, pero muy complicado. Primero Dios y me equivoque…



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