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Editorial & Opinion

Los “falsos demócratas” y la ideología sin alma

Sherman Calvo/Publicista

viernes 6, octubre 2017 - 12:00 am

Es fácil diagnosticar una democracia enferma, como muchas del continente, pero su cura es muy difícil, sobre todo con una enfermedad tan avanzada, como es el caso de Venezuela y demás países del Alba.

Síntomas inequívocos: los elevados casos de prevaricación, tráfico de influencias y una corrupción galopante, la falta de elecciones libres, o la ausencia de financiación transparente y democracia interna en los partidos políticos. Sin embargo, quizás el síntoma más grave que caracteriza inequívocamente una democracia precaria, es la carencia de independencia de los poderes y de una democracia liberal; entendida ésta como un sistema político con elección libre de representantes, y siempre que logre instaurar un Estado de Derecho que permita garantizar los derechos individuales de los ciudadanos.

Los males de nuestra democracia son serios y ya están bien enraizados. Su verdadero problema, y solución al mismo tiempo, somos nosotros. Nosotros somos quienes, voto a voto (o no votando), hemos propiciado el problema institucional que ha venido creciendo. Nosotros somos quienes confundimos democracia con alternancia en el poder. Nosotros somos quienes hemos decidido votar por nuestros representantes en la Asamblea. Y los que NO acuden a las urnas, tengan presente que ese NO voto,  podría cambiar la aritmética, restar a la democracia participativa.

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Nosotros, siendo imperfectos, colocamos en el gobierno a otros imperfectos que nos dicen “encontrarán soluciones excepcionalmente perfectas a nuestros problemas”. Nosotros somos los que vamos a votar sin leer ningún programa electoral, sin analizar cada rostro y cada cabeza, las siglas nos bastan, sin importarnos las tropelías cometidas bajo sus alas.

De esa manera, es imposible que una democracia funcione. Siendo la democracia como es, un sistema imperfecto, se necesitan principios insobornables para mantener su esencia: la participación de los ciudadanos en el diseño de sus propias vidas y entorno.


La democracia nace como respuesta al abuso de poder. El bien común y la igualdad ante la ley. No estamos  defendiendo ninguno de esos principios como debe ser. Y en medio de todo esto, la  libertad de expresión atada al poste. Se teme que sin democracia acabemos todos en “un todos contra todos”, como ya está ocurriendo.

Es por ello que los más apasionados adoradores del “ídolo democrático”, sean también apasionados detractores de la libertad del mercado, lo que, en definitiva viene a constituir un rechazo de la libertad en su conjunto. Creen en la tela de araña de la regulación opresiva lentamente tejida por los populistas. No les importa si al establecer tan férreos controles se desincentive el mercado, el empleo, la productividad, la creatividad, la innovación, el progreso. Lo importante es que la araña estatal tenga su parte. La idea de libertad de estos “falsos demócratas”, de nuevo molde, es clara: ser libre es poder votar, poder marcar una papeleta y meterla en una urna en cada proceso electoral, ofreciendo a cambio, el “Paraíso de la abundancia”.

Retomando algunos conceptos del europeo, Roberto Esteban Duque, “cualquier proyecto político contrario a los valores que constituyeron el espíritu de la Constitución y ajeno a los principios de la común herencia de la civilización cristiana, significará la constatación resignada de una democracia reducida a escombros, pura ideología sin alma, un alejamiento del voto consciente”. De igual forma, cualquier proyecto político afín a la defensa de los principios de moralidad y de derecho, con la primacía de la moral en la vida política y en las relaciones sociales y económicas, capaz de respetar las raíces de  nuestra historia, que manifieste que el hombre necesita unos bienes estables y verdaderos, un especial cuidado en la protección de la vida humana y una permanente tensión hacia la verdad, merecerán el crédito del voto responsable.




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