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Editorial & Opinion

Los líderes que elegimos tienen gran influencia en nuestras vidas

Sherman Calvo / Publicista

viernes 15, diciembre 2017 - 12:00 am

Más allá de cualquier sombra de duda, votar es el deber y la responsabilidad de cada buen ciudadano y votar por los candidatos que promueven los principios y valores apegados a los mandamientos de la ley de Dios, en la vida, la familia, el matrimonio, o la fe, deben ser apoyados.  En nuestros días y en esta era, hay muchos que quieren retirar el nombre y el mensaje de Dios totalmente fuera del ojo público. Votar es una oportunidad para promover, proteger y preservar un buen gobierno. Dejar pasar esa oportunidad significa permitirles a aquellos que denigrarían los principios y valores en el camino de las vidas de los justos. Los líderes que elegimos – o no hacemos nada para quitarlos– tienen gran influencia en nuestras libertades. Ellos pueden elegir proteger nuestros derechos y libertades o pueden restringirlos. Ellos pueden dirigir nuestra nación hacia la rectitud o hacia un desastre. Los que creemos en el bien común, debemos ponernos de pie y seguir nuestro mandato de cumplir con nuestros deberes cívicos. La evidencia del dominio del pecado en este mundo está por todas partes. Mucho del sufrimiento en el mundo se debe al liderazgo ateo.  Muchos jóvenes  creyentes se preguntan ¿por quién debemos votar? ¿Debe un joven participar en política? Existen dos posiciones: la primera, los que consideran que los cristianos no debemos inmiscuirnos en la política; es decir,  debemos  optar por una posición apolítica y, la segunda, los que consideran que  debemos participar activamente en la política.  En mi opinión personal, respetando  el criterio de los demás, son más fuertes los argumentos de aquellos ciudadanos que consideran que la política en sí no es mala, los malos son los hombres que sin temor de Dios llegan a los cargos  públicos  sin  una verdadera visión y don de servicio.  “Cuando el justo gobierna el pueblo se alegra, mientras que cuando gobierna el impío el pueblo gime”. Los laicos  estamos llamados a ser luz en medio de las tinieblas. No hay incompatibilidad entre el ejercicio de la verdadera política y la fe, ojalá, Dios incline el corazón de todos los cristianos de El Salvador y el mundo a elegir a hombres y mujeres temerosas de Él. Les aseguro que el mundo sería mejor y habría menos corrupción y menos injusticia. El poder reside en el pueblo que vota, debemos participar en política o elegir a nuestros representantes. ¿Por quién votar? Creo que nuestra conciencia es dirigida por Dios, Él nos ha dado libre albedrío y a cada uno de nosotros nos corresponde decidir por quién hemos de  votar. Pero debemos orar  para que  al gobierno, a la Asamblea, a las alcaldías, a los cargos de elección popular,  lleguen personas capaces, decentes y honestas,  no aquellos que solo buscan satisfacer sus propias necesidades, alimentar su avaricia. A nivel nacional,  hay hombres y mujeres  que han sobresalido porque vienen defendiendo las causas, valores y principios siguientes: los derechos humanos, el bien común, la libertad religiosa, el bienestar social, la familia. Y hablando de familia, no es posible redefinir su concepto. La familia se funda en el más profundo sentido, en el matrimonio, unión perdurable de varón y mujer. “El matrimonio no es una unión cualquiera entre personas humanas… tiene una naturaleza propia, propiedades esenciales y finalidades” (Gaudium et spes no. 48). La familia es la célula básica de la sociedad, pues la sociedad está constituida por familias, y de cómo vaya la familia, va la sociedad. VOTEN LIBREMENTE, pero a la hora de marcar un rostro o una bandera, tengan presente que los líderes que elegimos – o no hacemos nada para quitarlos– tienen gran influencia en nuestras vidas. ¡Muchas bendiciones!




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