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Editorial & Opinion

Los valores éticos son la base del sistema democrático

Eduardo Cálix / Embajador

Editorial & Opinion | Diario El Mundo

Viernes 30, Junio 2017 | 12:00 am

Privilegiar siempre el interés nacional es la premisa indispensable para consolidar exitosamente un sistema democrático. Un acuerdo en lo fundamental. Esto es, que haya orden, actuar en consecuencia, restablecer la relación de políticos y ciudadanos y evitar  graves patologías como la búsqueda del poder por el poder mismo y la no participación en el señalamiento y superación de las graves debilidades institucionales.

La historia nos enseña que cometer los mismos errores del pasado es un absurdo, pero también lo es no reconocer aciertos. La clave es utilizar lo que funciona y descartar lo malo. Es lo elemental para contraponer plataformas que nos hagan llegar al consenso, sin el cual nuestra transición seguirá aletargada.

Líderes que han conducido grandes reformas como Adolfo Suárez, Patricio Aylwin o Mikhail Gorbachov, “desdramatizaron la política”; gobernaron con madurez, pragmatismo, comunicación eficaz, y autenticidad. Alcanzaron acuerdos basados en: no hay enemigos a quienes se debe exterminar, sino adversarios con quienes se intenta buscar entendimientos; no todo debe ser partidizado; es preciso deslindar lo económico de lo político; la preeminencia del interés nacional.

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La democracia debe ser la base política que garantice el crecimiento económico y la existencia de una vida social regida por los derechos y las garantías constitucionales. El ejercicio de la política necesita sustentarse en el respeto a la ley, la tolerancia, la procuración del diálogo, la participación, la construcción de consensos, y el trato fundado en el respeto al disenso. El esfuerzo es mayúsculo e implica un auténtico liderazgo con sustento ético que privilegie la legalidad, preserve la paz y afiance el desarrollo; valores que forman un triángulo virtuoso interactivo, cuyos vértices se refuerzan mutuamente. No hay paz duradera sin desarrollo. Para que el desarrollo sea duradero debe basarse en la justicia. Y la justicia depende de la existencia de este ámbito de referencias éticas llamado democracia.

La misión más importante del sistema, desde el ágora de Atenas, es el equilibrio de fuerzas y el balance razonable de pesos y contrapesos. El gobernante está obligado a ejercer el poder considerando siempre las opiniones contrarias y con las limitantes del derecho para no abusar de él. La oposición debe nutrirse del amplio espectro que le brinda el derecho para desplegar su mayor potencialidad. De esa complementariedad surgen las condiciones para que haya entendimiento.

Quien administre la cosa pública pensando que el derecho regula la vida externa y la ética compete a la vida interna, es susceptible de alejarse del orden normativo e institucional. Ambos están ineludiblemente imbricados para darle sentido a la norma y a la convivencia en sociedad. De allí se deslinda el respeto al derecho ajeno y la concepción de la justicia como garante de una paz firme.

La gestión pública debe estar regida por estrictas normas que provengan no sólo del derecho sino también de una ética que lo fundamenta. La democracia no es sólo un sistema de gobierno, sino también una forma de vida a la que los valores dan consistencia, gobernabilidad y perdurabilidad. Lo primordial es situar la ética como cultura, es decir, como comportamiento cotidiano entre los ciudadanos.

El Salvador se encuentra en un momento de gran confusión y complejidad. O abordamos el problema para privilegiar una auténtica democracia que observe la norma y la ética como principios, o los niveles de violencia, irrespeto, intolerancia e impunidad nos mantendrán siempre a la zaga.

No podemos conformarnos con nuestra realidad; hay que transformarla. Ello obliga a modificar el discurso y hacer política con el propósito de tender puentes para el acuerdo y recuperar la credibilidad y la confianza.



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