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Editorial & Opinion

Madre en tu día

Rafael Domínguez / Periodista

miércoles 10, mayo 2017 - 12:00 am

Ser Madre no es dar a luz solamente. Madre es amar con todas tus fuerzas y para siempre a algo que creció en ti, que te fue dado como regalo pero que no te pertenece; es la relación de amor más fuerte que existe después del amor de Dios para con nosotros; ser Madre es el misterio revelado, de la creación, lo más importante.

Ser Madre es ser utilizada para un fin más grande, crear y dar la vida; ser Madre es pasar del amor de pareja a un estado superior de amor, donde tu propia sangre y carne toman vida, para reflejar el amor con el que procreaste y con el que te procrearon; ser Madre es la continuidad de la familia, de la vida y de la herencia; ser Madre es, ante todo, un sacrificio.

La maternidad hoy día se ve amenazada por la frivolidad con la que la sociedad está empujando la vida familiar; hay tal trivialización que hasta joyas con embriones humanos se están vendiendo, como pequeños insectos atrapados en ámbar; así estamos asesinando no nacidos y por ende la maternidad, un concepto de creación, de amor casi perfecto, de entrega total, porque una madre no lo es solo por llevar en el vientre nueve meses a una nueva persona, sino porque está dispuesta a todo para ver esa nueva persona crecer, aprender y vivir; el concepto de la madre no es tener hijos, sino dar a esos hijos su vida, su calor, su educación, su comprensión y su protección.

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Dichoso el que tuvo o tiene una madre que le ama o que le amó por sobre muchas cosas, que se entregó y sacrificó por ti, esa mujer que dejó sus noches para amamantarte, cuidarte y que sufrió contigo y por ti en cada momento de enfermedad o problema en el que tú caíste; dichoso el que recibió ese amor, el que logró reposo en esos brazos siempre abiertos, esos que nunca te negaron espacio; dichoso el que tuvo o tiene una, madre que dejó todo por apoyarte, para que tú seas lo que hoy eres.

Yo la tuve y me siento dichoso al recordarla: una mujer valiente, madre de seis hijos, emprendedora, luchadora, nunca débil, nunca sumisa, nunca la última y nunca la primera, sino siempre en su lugar; una Madre que entregó principios y también sus secretos, que fundidos en abrazos se convirtieron en destino.


Puede que también haya muchos que no han tenido o no tuvieron una madre con esos atributos, pero ese no debe ser motivo para sufrir, al contrario, debe ser motivo para comprender, perdonar y aceptar, pero sobre todo para buscar la manera de educar a las futuras madres a que esa responsabilidad es total y para siempre, a que se comprenda en la sociedad que el impacto de una madre en la vida de sus hijos es el impacto en la nación, que de ella dependen los futuros ciudadanos, los que hacen el bien o los que se pierden en el mal; de esas madres depende el futuro y el presente, que son ellas las que llevan en su vientre la esperanza o la condena del país.

A todas las Madres salvadoreñas en su día quiero extenderles mis felicitaciones, porque decidieron quizá en medio de la presión o del riesgo de las consecuencias, dar a luz, mantener una vida, crear una familia y amarla; gracias por su dedicado esfuerzo de cada día, con el que se cubren nuestros sueños y se forjan nuestras aspiraciones.

También a la Madre desconocida, la que murió en ese esfuerzo y no conoció a sus hijos, a la Madre ausente, la que se fue, la que pensó que era mejor la distancia y partió con el corazón roto. A todas las madres que aman a sus hijos a pesar de las condiciones o incluso cuando los hijos no hemos honrado su nombre, a todas las madres salvadoreñas, ¡felicidades!




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