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Editorial & Opinion

Maldito realismo

Ana Giralt/Periodista

viernes 23, diciembre 2016 - 12:00 am

OPINION

La Navidad es mi época favorita del año. Pertenezco a ese grupo cursi que la adelanta dos meses. Desde octubre, en mi casa predomina el verde, rojo y blanco.

La he venido usando como el pretexto para poner a cero el cronómetro e iniciar el camino sin tanto tropiezo. Ponerme en paz con lo que me perturba y reforzar mi relación con quienes sí deseo que estén a mi lado.

Por años y de manera consciente he permitido que tenga en mí un efecto narcótico, porque ha logrado adormecerme e introducirme en algo así como un estado de irrealismo que ha hecho creer que todo y todos están bien.

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Tristemente, este año ocurrió lo contrario. Por más que he intentado abstraerme, las bofetadas de realismo me recuerdan que no hay época que valga cuando se está inmerso en una sociedad desigual, violenta y económicamente injusta.

No hay forma de sentir paz y amor por el prójimo, cuando éste anda suelto en las calles asesinando a padres con hijos, a jóvenes que horas antes  habían departido tiempo de calidad con su familia o sacando obligada a una mujer de su casa para matarla a balazos.


Que me disculpen los creadores de esos spot navideños que aconsejan que la “navidad invada nuestros corazones”, pero resulta una propuesta imposible de cumplir cuando estas a punto de cerrar el año con la expectativa de que el que viene puede ser peor del que se va.

Nada bueno se puede esperar cuando tu país es gobernado por destacados improvisadores que solo saben imponer su voluntad;  quienes tiene como contraparte a un grupo de personas que no terminan de reinventarse porque siguen sin superar sus derrotas; y otras a las que no le importa recular y moverse a criterio de intereses foráneos.

Vamos a 2017 sin un presupuesto nacional de gastos aprobado y con la amenaza de un desempleo masivo en uno de los sectores clave: el agro.

De qué sirve incrementar un salario si los empleadores no prometen plazas disponibles. Es obvio cuando se toman medidas para generar efímeras percepciones de mejoras, consciente que la inmediata consecuencia será desastrosa.

Los niveles de confrontación están hundiendo al país y es imposible no preocuparse, porque los directamente afectados terminarán siendo los honrados que trabajan para vivir.

La mínima esperanza de que algo puede cambiar se esfuma si lo que se avecina es la posibilidad de un nuevo impuesto cobijado con la manta de “examen obligatorio sicológico” o cuando el partido que gobierna no muestra ningún intento por superar las diferencia con los otros poderes del Estado, y por el contrario, amenazan con medidas que solo sirven para llenar un espacio en los periódicos o unos minutos en televisión. Basta con el populismo. El país requiere un abordaje serio, constitucional y por consenso de sus problemas mas graves.

Me superó el maldito realismo. Y posiblemente, a usted también. Lo más triste es la realidad cada vez será más dura y cruel, y por más que lo evitemos, seguiremos conformándonos a vivir con la impotencia que genera la mediocridad.

 




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