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Editorial & Opinion

¿Marchamos hacia el caos social?

Armando Rivera Bolaños / Abogado y Notario

martes 9, mayo 2017 - 12:00 am

El ambiente que contemplamos el “Día del Trabajo”, nos ha dejado con la triste impresión de que  según giran las agujas en el reloj electoral, las condiciones de confrontación, acusaciones e inculpaciones de reconocidos sectores de la vida nacional, van adquiriendo matices nada tranquilizadores que nos haga alentar la posibilidad de crear una conciencia de diálogo sereno, productivo y fraterno, que nos conduzca a buscar unidos la solución de los ingentes y graves problemas que afectan al país entero.

Desde la acera donde vi pasar dos de las varias manifestaciones “conmemorativas” de esa fecha tan especial, ambas coincidieron en demostrar el odio visceral contra la empresa privada, el sistema actual de  pensiones y la archiconocida “culpabilidad” de 20 años de gobiernos derechistas, o diciéndolo más claro y directo, de las pasadas administraciones areneras, que se ha constituido en un discurso recurrente, inagotable y hasta aburrido, tanto del gobierno actual como del partido efemelenista, que vienen a ser la misma horchata espesa pero en diferentes picheles.

Fuera de esas expresiones, no encontramos ni en las pancartas (por cierto, plagadas de errores ortográficos garrafales) ni en los discursos perifoneados de gentes que no sabemos si eran funcionarios, militantes u oradores “a sueldo”, siquiera la mínima esperanza de que se desea establecer una mesa de diálogo sincero, sin “cartas escondidas bajo las mangas” y pensando en el bien común de El Salvador y no en intereses partidarios.

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Nada de eso advertimos y consideramos que si continúa este clima de confrontación con visos de convertirse en acciones violentas, existe la negra perspectiva que pueden crecer en intensidad y dimensiones nada previsibles, por lo que, de suceder esta última perspectiva fatal, ya podemos irnos preparando para ver el idéntico holocausto social que ahora aflige al hermano pueblo venezolano. Pese a ello, lo digo con fe cristiana y con vocación patria, sigo aferrado a la idea de que la sensatez prevalecerá en los próximos meses y que podremos encontrar la vía pacífica para dirimir disensos entre las partes, los cuales son infaltables y hasta necesarios para que se desarrolle con efectividad la vida democrática de cualquier país. Solo en regímenes autoritarios, dictatoriales o tiránicos, no se permite disentir con lo que hace el gobernante.

Hay problemas que no podemos soslayar o achacárselos solamente a otros, o mucho menos, esconder la cabeza como los avestruces para “no verlos”, pero que siempre estarán frente a nosotros. Los problemas del país debemos analizarlos y encontrarles soluciones viables entre todos los salvadoreños, sin distinción de credo religioso o postura partidaria. Este constituye uno de los primeros deberes constitucionales de todo administrador de la cosa pública: la búsqueda de la armonía social.


Ningún mandatario, al ser juramentado e impuesto de su alto cargo, sigue perteneciendo al partido que lo llevó al triunfo electoral: pasa a ser el Presidente de la República, no el presidente de tal o cual partido. Solo esas  ambiciones mezquinas, o  intereses personales, que afloran desde los días del incipiente republicanismo del siglo XIX, hacen desvirtuar el rol presidencial por estos patios. Tenemos, para el caso, una deuda pública externa por el orden de los 18 mil millones de dólares, sin sumarle intereses elevadísimos; hemos caído a la nota “CCC” por parte de reconocidas Calificadoras de Riesgo Financiero que nos tienen al borde del precipicio fiscal.

La economía nacional no ha crecido con el porcentaje y volumen de otros países hermanos del área centroamericana (cuando hace varios lustros tuvimos la economía más pujante del Istmo); nos agobia el accionar del crimen organizado y la delincuencia común; no se ha encontrado solución a la galopante corruptela que aflora por todos lados de la administración pública; no se han mejorado los sistemas aduaneros ni la recaudación fiscal, permaneciendo muy activos la elusión, la evasión y el contrabando; no se atisba aún una depuración judicial enérgica y profunda; continúan altos índices de pobreza, marginalidad y desempleo juvenil; bueno, podríamos llenar páginas y páginas solo con mencionar problemas, que aunque difíciles, son remediables, pueden disminuirse en todo caso, especialmente, si gobierno y empresariado se unen en un esfuerzo común y provechoso. Oigamos las voces de la conciliación y la racionalidad.




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