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Editorial & Opinion

Más cemento y menos árboles dañan ambiente

Armando Rivera Bolaños / Abogado y notario

lunes 13, febrero 2017 - 12:00 am

La contaminación ambiental y su influencia nefasta en el cambio climático, causa la impresión que a muchas personas no les impacta ni en lo más mínimo. Parecieran no percatarse que ese camino lleva a la destrucción del mismo planeta que es nuestro único hogar donde nacimos, subsistimos, reproducimos y morimos.

No hay otra opción “B” a donde podamos irnos en caso el aire se vuelva irrespirable, se agoten las reservas de agua potable, cuando las tierras fértiles para el cultivo se conviertan en desiertos improductivos y no volvamos a escuchar el trinar de los pájaros al amanecer. Solo en ese dramático instante, que podría suceder pronto, la humanidad abrirá sus ojos a una realidad espantosa y entenderá, ya muy tarde, que el daño al medio ambiente será también su última visión antes de extinguirse como especie viviente, cumpliéndose aquella profecía que dice: “El hombre por su necedad en dañar el ambiente, será la última especie en haber aparecido sobre la faz de la tierra y la primera en desaparecer por su propia culpa”. Y para no caminar muy lejos, veamos algo de la historia ambiental de nuestra capital, San Salvador.

Cuando llegué a esta ciudad desde la zona oriental del país, contaba con una población de cien mil habitantes (mayo de 1951), que al sur limitaba con Casa Presidencial, Cuartel de Artillería “El Zapote”, el Museo Nacional y el Zoológico. Hacia el oriente limitaba con La Garita, las calles a Villa Delgado o Soyapango, y con la estación central de ferrocarriles; al poniente con La Cruzadilla, una zona residencial, que se remataba con la imagen al Salvador del Mundo y calle para Nueva San Salvador (Santa Tecla) y al norte, con la villa de Mejicanos, famosa por sus ventas de yuca con fritada.

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Lo interesante en aquel momento fue que, antes de llegar a La Garita, el gobierno del coronel Óscar Osorio derribó grandes paredones cubiertos de guayabales para construir la Colonia Guatemala, con viviendas para personas de escasos o medianos recursos. Toda la capital rebosaba de árboles, aún existían pequeñas fincas y quintas diseminadas en zonas como el barrio San Miguelito, San Benito  y laderas del volcán de San Salvador, etc.

Al instalarnos en la 7ª. Avenida Norte, a inmediaciones del inmenso Campo de Marte, que abarcaba muchos kilómetros a la redonda (por ejemplo, el actual Centro Judicial “Isidro Menéndez” era parte de su cabida superficial), con inmensas arboledas frutales, de sombra y florales, jardines, canchas, etc. Ni la sombra de lo que ahora se le llama “Parque Infantil”. Mataron ese gran pulmón citadino y hoy lo acabaron de reducir por culpa del Sitramss (Sistema Integrado de Transporte del Área Metropolitana de San Salvador). La 7ª. Avenida estaba sembrada en sus dos aceras con muchísimas palmeras que daban sombra y frescura. Hoy ni siquiera un palito de jutes podemos mirar.


Especial recuerdo guardo de los parques citadinos. El Centenario o el Cuscatlán eran verdaderos oasis de frescor para descansar en tardes calurosas. Parece que el señor alcalde municipal actual planea “remodelar el Cuscatlán”, pero Dios guarde, ojalá que no lo haga, porque podría derribar los últimos árboles de maquilihuats y madrecacao que “anantíos” perviven en ese sitio de recreación saludable.

En “el centro histórico”  gustábamos de  visitar el Parque Libertad, con su hermoso monumento a los próceres, erigido el 5 de noviembre de 1911 por el presidente mártir, Dr. Manuel Enrique Araujo. Entonces el Parque Libertad era un “bosquecito”, recubierto de frondosas palmeras, árboles de maquilihuats, flor de fuego, bálsamos y madrecacaos cuyas floraciones nos recordaban los cerezos japoneses. Había arriates con rosas, claveles y otras especies florales, mientras en los ramajes, miles de aves diferentes deleitaban con sus gorjeos y trinos.

Después, un alcalde “progresista” (ya existían dichos ingratos para ese tiempo) derribó centenares de árboles y enladrilló dicho parque, denominándolo como “la  Plaza Libertad”. Poco a poco, sin embargo, esa “plaza” fue recuperando algunas áreas con sembradíos de flores y arbustos, pero hoy desaparecieron de nuevo por orden del actual edil “progresista” y otra vez deslumbra el sol y angustia el calor. Eso no es progreso. Simplemente es daño ecológico. Y punto.




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