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Editorial & Opinion

Mi respuesta a un agravio

Instituto Iberoamericano de Derecho Constitucional / Autor: René Fortín Magaña

viernes 13, abril 2018 - 12:00 am

De todos los agravios que he sufrido en mi vida, ninguno me ha dolido tanto como los insultos contra El Salvador -¡mi patria!- que, sin miramiento alguno, ha proferido el presidente de los Estados Unidos de América.

Ese personaje desconoce, evidentemente, lo que es nuestro país, su calidez y respeto por el derecho de los demás, a pesar de los sufrimientos que padece. Ignora la calidad de nuestros empresarios y  trabajadores, que aquí y en todas partes se distinguen por su laboriosidad.

Da gusto ver como los hombres de empresa y obreros, mejoran la realidad e imagen de las ciudades con elegantes edificios y funcionales lotificaciones. Igual satisfacción nos brindan los maestros de obra y sus  operarios, nuestras esmeradas amas de casa y las empleadas domésticas, listos desde las seis de la mañana a empezar una nueva “jurnata di sole”.

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Igual sentimiento produce el desfile matutino de nuestros obreros y campesinos, con sus respectivos utensilios de trabajo: la coyunda, el yugo, la plomada, la escuadra, la niveladora, el yunque y el martillo, ansiosos de poner de manifiesto, con ellos, su fuerza y voluntad.

Estoy seguro de que cumplen su oficio cien veces mejor que los similares foráneos en otras latitudes. No saben los promotores de la “ley del rifle”, la magnitud de la riqueza humana que se tiene y desconocen cuando deciden maltratar a un salvadoreño. Conozco el caso de un compatriota trabajador que, siendo un as de su oficio, motivó las súplicas, ruegos y hasta sollozos de su patrono sajón, que sufrió para que “la migra” no lo deportara por el camino del averno. ¿Dónde y cuándo iba a conseguir otro como él? Los sajones tendrán muchas virtudes, pero no se comparan en su desempeño en el terreno, para el trabajo duro no hay como los latinos, y menos como los salvadoreños, quienes sabiéndose valiosos marchan con dignidad, aun sin trabajo ni beneficio en perspectiva.


Los detractores están privando a los Estados Unidos de la alta calidad de sus servicios. Es cierto que las etnias tienen diferencias en su variedad, pero en cada una de ellas hay méritos y fortalezas que faltan a las otras. Es precisamente en la conjunción de sus singularidades que se forma el crisol que da fondo y forma al mundo en  que vivimos.

Si entre las características del presidente referido estuvieran el respeto, el arrepentimiento y el aprecio de la verdad, no continuaría profiriendo palabras irreproducibles en estas páginas, sino ofreciendo las disculpas del caso.

Frente a sus epítetos, ante los que no reacciona el gobierno, enarbolo el estandarte de la dignidad de la patria, para dejar constancia, por lo menos, del rechazo nacional a la inmerecida injuria que, fuera de todo rigor diplomático, nos ha largado el presidente de la aludida potencia.

Hemos tenido la oportunidad de elegir a diputados y alcaldes, acontecimiento político que con su significativo resultado da lugar a negar con hechos palpables el veneno de las palabras prepotentes.

Voy a repetir algo que pienso y sostengo: la única aristocracia aceptable es la del talento y la probidad. No hay otra. La riqueza mal usada no es aristocracia, es oligarquía.  La prepotencia de los multimillonarios, que ven de menos a los demás, hace que ellos no reciban las muestras del respeto que podrían gozar.

En medio de los insultos de potentados incultos, yo lanzo ¡tres hurras por los trabajadores salvadoreños! haciendo votos para que pronto, muy pronto, nos establezcamos en el círculo de los países con elevados índices positivos de desarrollo humano sostenible. Hechos no palabras. Y dos gotas de orgullo del salvadoreño para que se reconozca el concepto de su valía de hombre de nobleza innata. Aprestémonos a demostrar los valores de nuestra nacionalidad mediante los resultados tangibles de la solidaridad, y recibamos con los brazos abiertos a los queridos hermanos que retornan a la patria amada con la frente en alto, dispuestos a reedificar sus vidas y a consagrarlas animosos a su feliz porvenir.




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