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Editorial & Opinion

Nicaragua la rebelde, Nicaragua la indomable

Aldo Álvarez / Abogado y catedrático

jueves 7, junio 2018 - 12:00 am

Centroamérica ha sido siempre una región “caldeada”, explosiva, intranquila en términos sociales, por decirlo suave. Si bien en toda la América Latina existió casi desde el período post-colonial un sistema de reparto inequitativo de la riqueza, una súper concentración del poder económico y político en unas élites muy pequeñas y de pocas manos, así como Estados débiles casi al servicio de estamentos familiares y de intereses patrimoniales muy reducidos, en ninguna otra parte fueron tan brutales estas expresiones sociales, económicas y políticas como en Centroamérica, adonde las élites económicas tomaron tintes cuasi feudales y los sistemas políticos se diseñaron para que este status quo no se modificara en pos de una democracia de “papel”, simplemente formal mas no real. Para nada podía ser real, pues eso podía hacer peligrar ese sistema que permitió a esas élites hacer usos patrimonialistas de los Estados en detrimento de grandes, generalizados y empobrecidos estamentos sociales.

Durante el siglo XIX “destacados” miembros de las familias acaudaladas y con poder económico más elevado –principalmente del rubro agrario- se “turnaron” para gobernar estos países en forma directa –con el respaldo por supuesto de los cuerpos armados de cada país-, pero ya en las primeras décadas del siglo XX dejaron de intervenir directamente en los gobiernos y comenzaron a utilizar a los estamentos militares para que éstos con una mano “férrea” evitaran que el status quo social y económico cambiara, especialmente en contextos de cada vez más convulsión social, producto de más exclusión social y reparto inequitativo de la riqueza. Éstos se constituyeron en las dictaduras militares que durante gran parte del siglo pasado gobernaron con “puño de hierro”, reprimiendo en forma brutal las protestas y demandas sociales, las cuales se cobijaron muchas de ellas bajo el manto de ideologías foráneas, como por ejemplo el mentado “comunismo” inspirado en las luchas en Europa oriental y en la Unión Soviética, los llamados países del “socialismo real”.

Pero un hecho inédito inspiró la lucha de los movimientos sociales que ante más represión se tornaban más reaccionarios, y éste fue el triunfo de la revolución cubana en 1959, que derrocó al brutal régimen de Fulgencio Batista y el cual, una vez “alineado” con el eje soviético, ayudó a los movimientos centroamericanos a tratar de emular dicha revolución, siendo el primer país en lograrlo Nicaragua, adonde triunfa la revolución sandinista en 1979, 20 años después de la revolución cubana. Uno de los comandantes de aquella revolución era Daniel Ortega, miembro del Frente Sandinista de Liberación Nacional, FSLN –y que en buena medida inspiró el nombre del FMLN en El Salvador-. Ese alzamiento derrotó también a un terrible dictador: Anastasio Somoza Debayle, el tercero de la dinastía de los Somoza, un 19 de julio del 79. Luego el primer “presidente” de Nicaragua de la post-revolución fue precisamente el comandante Ortega –que en realidad presidía la Junta de Gobierno para la reconstrucción-, quien gobernó hasta 1990 cuando pierde las elecciones –más o menos democráticas- frente a Doña Violeta Barrios viuda de Chamorro.

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Dieciséis años después y luego de ir transformando gradualmente el partido FSLN en una partido personalista, al servicio de sus intereses particulares, así como de un cúmulo de alianzas perversas –como la que tejió con el defenestrado Arnoldo Alemán-, regresa a la presidencia de Nicaragua en 2006, y desde entonces se ha dedicado a ir sistemáticamente desmantelando la institucionalidad democrática, convirtiendo al sistema político nicaragüense en una triste autocracia, adonde mediante argucias y amaños, fue controlando poco a poco todas las instituciones clave del Estado, poniéndolas al servicio de los intereses de su familia, llegando hasta el extremo de hacer que la Corte Suprema de Nicaragua permitiera su reelección, haciendo una interpretación interesada y torcida del mismo texto constitucional, que expresamente prohibía la reelección. Pero su enfermiza y antidemocrática desviación por el poder lo llevó en la última reelección a designar como su candidata a vicepresidenta a su mujer, Rosario Murillo, quien fue electa como tal en unas elecciones muy cuestionadas, con un órgano electoral al servicio de los Ortega y un nivel de abstencionismo muy alto.

Pero a apatía de antes, el hartazgo y hastío hacia la autocracia de Ortega, hoy se ha transformado en rabia pura, que muy probablemente terminará con la salida de Ortega y su desequilibrada mujer, no sin antes este régimen aferrarse al poder y hacer un baño de sangre –apoyado por los círculos cuasi paramilitares que ha financiado, al mejor estilo de los círculos “chavistas” en Venezuela-. Si no muere producto de esta nueva “revolución” –irónicamente apoyada por el espíritu sandinista que derrocó a Somoza-, muy probablemente terminará siendo requerido por la Corte Penal Internacional, aunque busque asilo en Cuba. Y otra vez, será vanguardista de la lucha contra la opresión, la Nicaragua rebelde, la Nicaragua indomable. ¡QUE VIVA NICARAGUA LIBRE Y DEMOCRÁTICA!





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